Entre el viento que recorría los ventanales de la sala de la Gran Madre, ella se posicionaba en su trono cubierto de oro puro. Con destellantes zafiros Sauso. Su mano estaba colocada en un cojín bien envuelto de plumas de color celeste. A un lado del trono, un guardia con ojos traslúcidos de morado miraba sin tratar de respirar mucho y evitar el hambre que tenía al ver cómo alrededor de quien estaba frente a él se hallaban papas y patas de cordero bien asado.
La Gran Madre, quien estaba cubierta de las telas en su rostro, suspiraba lentamente al inhalar el olor que provocaban los espárragos que sacaban humo de los platos alrededor de la mujer que estaba frente a ella.
La mujer estaba en una posición de reverencia profunda hasta rozar su frente al suelo de mármol frío sin atreverse a alzar la mirada.
La Gran Madre se estaba deleitando en su cabeza con a cuántos más le faltaba recibir en la estación flor hasta que esta acabase. Todos venían dándole grandes ánimos o bendiciones, aunque sonara irónico, por el nuevo Sacarsieber que había empezado, que ya llevaba más de cuatro semanas humanas, apenas siendo 18 yar.
Los humos flamantes de alrededor de la dama comenzaron a danzar tomándose de la mano. Tenían forma de seres humanos diminutos y, con los colores de los shutter que era un verde bosque, los pies de los danzantes brillaban en una luz tenue.
Los caminantes entrelazaron sus brazos, yendo en dirección contraria. Eran de un color blanco traslúcido. La mujer movió sus manos y las extendió hacia enfrente sin alzar su frente del suelo. El frío del mármol se había comenzado a tornar caliente en su mente; tenía los ojos cerrados. Sus pestañas verdes rozaban el mármol con el movimiento tembloroso de sus ojos; dentro de los párpados cerrados, sus ojos verde bosque trataban de asimilar que el lugar era bosque, tierra, pájaros cantores, aire frío y húmedo a la vez. Su cuerpo sentía que flotaba, aunque en realidad estaba pegado al suelo; sus piernas, que estaban bajo su abdomen, comenzaban a sentirse dentro de su constitución inmortal de shutter. Cerró bien los ojos, los apretó con fuerza, porque la distracción de otros sonidos se le estaba atribuyendo a sus oídos.
Tenía que escuchar a los huitzitzilin; de no hacerlo, su bendición se apagaría antes de terminar la ceremonia.
Respiró desde el aire que inhalaban de su línea inmortal, que hacía que la sangre vino y la sangre verde bosque se mezclaran en ella. Respiró más hondo, hasta sentir la espesa y densa sensación de un perejil en su garganta. Donde los mortales tenían una lengua, ella sentía las ramas del perejil; donde tenían las papilas gustativas, ella sentía un poco el sabor a trozos de tierra.
El aire se introducía dentro de su sangre verde y vino, pero nunca llegando a mezclarse. No era una pura sangre, así que no podía, y lo sentía porque el aire brotaba en golpes en su línea inmortal. Pequeñas pulsaciones que hacía su seuso.
Dejó de inhalar aire y de nuevo trató de oír; su bendición se iluminó dentro de sus ojos cerrados.
Aún más intensos.
Escuchó desde lo lejos el sonido “zum zum” de las alas, con los picos abriéndose en una parte de algún pequeño bosque que podría ser que quedaba. No era la estación bum y los bosques ocultos eran difíciles de encontrar. Movió en círculos su cabeza escuchando a los huitzitzilin. Llegando hasta a oír a algún insecto a un lado, las alas volaron y el pajarito se fue hacia abajo en picada. Hasta que se encontró con otro igual a él. Su verde bronce del cuerpo brillando con los colores morados y azules de su cuello y la cabeza brillaron a la par. Tomaron sus alas como si fueran de la mano, bailaron en el aire en picada hasta casi llegar al suelo y alzarse en vuelo hacia arriba hasta donde el sol se encontraba brillando en su punto más iridiscente.
Los colores metálicos de las plumas brillaron y las dos aves volaron hacia atrás en forma de una aprobación genuina de que la mujer ya era lo suficientemente capaz. La mujer escuchó el sonido de sus mil palpitaciones de un corazón que llevaba en su pecho. Uno de los huitzitzilin danzó hacia un lado y luego hacia atrás y tomó el ala de su compañero; justo en ese momento llegó otro igual a ellos con un destello pequeño de rojo rubí en su cuello y este llevaba un poco de néctar de una criolia en su pico.
En su pata llevaba la flor, y esa flor tenía el sonido de un agua de manantial cayendo. Fue lo último que escuchó cuando poco a poco fue alzando su frente con las manos bien extendidas aún hacia enfrente. Tenía los ojos cerrados, pero la bendición apagada. Fue abriendo los ojos, sus pestañas castañas rozaron su párpado y sintió el aire gélido en su mejilla. Solo en la derecha, porque en la izquierda le brotaba una bruma de fuego líquido.
Respiró hondo, antes de alzar la mirada y ver a la Gran Madre sentada en ese trono. Tan recta y sin movimiento. Cuando abrió los labios para tratar de hablar, su soberana la interrumpió.
—Second shutter, desde hoy dejarás de ser llamada de ese modo y te convertirás en la siempre Prim shutter, porque aquí siempre fuiste Prim shutter y solo has existido tú desde mi nacimiento hasta mi muerte; si se ha de modificar esto, nunca has sido Prim shutter, mucho menos second shutter, has sido la nada y el vacío. Nunca existió otro prim shutter, porque tú siempre has sido Prim shutter —sentó cátedra, en melodías con ecos entre el mármol y los cristales y las arañas de luz del techo.
—He escuchado su honor, mi Gran Madre —respondió la mujer, que ahora ya tenía un nuevo nombre: Prim shutter, porque nunca existió ella como Second shutter. Se reverenció aún con las manos extendidas.