Dea Flava

Capítulo 19

—Aquella vez no mencioné nada sobre eso, niña; me pregunto de dónde es que la has sacado.

La Gran Madre llevaba una túnica de seda llena de capas sobre la falda: unas eran de tul, otras con hilos de oro. También traía consigo un collar lleno de rubíes con tanzanitas como broches para sostenerlo.

Lemun se detuvo a observar el collar y se le hizo que la similitud con el cabello de su padre era idéntica. No se formó en su rostro una sonrisa; estaba decidiendo si hacerlo o no y movía sus labios como una serpiente.

Las capas del rostro de la Gran Madre y su magnífica corona de halo estaban decoradas con criolias y oro por todos lados, con pequeños animales nacionales de Soik.

—Eso no es de importancia, majestad.

—Por supuesto que lo es —la Gran Madre acercó a la niña hacia ella solo moviendo unos dedos y haciendo que el crour abrazara a la pequeña despacio.

Mimi se resistió, viendo de reojo a Lemun. Fue muy tarde, porque la reacción de la princesa llegó cuando Mimi ya estaba a un lado de la Gran Madre, siendo vista de pies a cabeza.

Lemun suplicó con los ojos a su padre, pero este negó cerrando los ojos, decepcionado porque no podía hacer nada.

—¿De dónde has salido, pequeña?

Mimi no podía entender las dulces palabras con suavidad de algodón que salían de los labios de la Gran Madre, pero se le hacía reconfortante escucharla, como si fuera la melodía de un piano.

La Gran Madre notó la mudez de la niña. Sus capas se metieron al viento de la tormenta; ella alzó la vista.

—Al parecer el viento y el clima se han puesto rebeldes: en una estación donde no hay tormentas en el cielo, las hay; en un lugar donde no hay mortales de tu especie, ahora te veo a ti.

—Madre… Gran Madre —Lemun dio pasos largos hasta llegar a Mimi y sostenerla del hombro—. Mimi no tiene la culpa; cúlpalme a mí si lo deseas, pero deja a Mimi.

—Así que se llama Mimi.

La niña asintió con una sonrisa y sus pestañas plateadas revolotearon como las alas de una mariposa. Sus ojos castaños, casi negros en la oscuridad de la noche, habían despertado del agotador sueño que le había dado.

—Mimi hlou niker J̣̌ůlï ño i ŋę, iäma —las sílabas del mei con el mo combinado se le hicieron parecidas a Mimi, pero no comprendió nada al final. La Gran Madre siguió hablando—: üüy űọ… —Mimi solo la vio con los ojos grandes y redondos—. /zɛ, ˈ𝼅eɪ̯𝼅aʊ̯ ˈʤɑɫɪʤ?

«El, lyeilyau jälij?», repitió Mimi en su mente.

La Gran Madre envolvió la cabeza de Mimi y alejó a su hija suavemente hacia su padre.

—¡Gran Madre, por favor! —suplicó Lemun.

—Tranquila, no le hará nada; Lem, hija mía, tranquila —el consorte real la tomó de los hombros, relajándola.

La soberana se introdujo en el cerebro de Mimi: en sus recuerdos, en su pasado, en su nombre. Solo veía oscuridad en ella, en sus pensamientos y en su alma. No existía nada. Cuando activó su bendición del olfato, cerró sus oídos y olió que Mimi tenía el miedo, las cerezas, el olvido y el abandono en su ser.

Ese era su olor, tan fuerte, tapado con el aroma de las cerezas que bien desprendía Lemun en su cabello y en su piel.

«¿Quién eres y de dónde vienes?», volvió a preguntar. Viajó hasta su amígdala, en el hipocampo donde tenía recuerdos olvidados.

Era viscosa, pero siempre delicada por ser una niña.

Volvió a hacer la pregunta: «¿Quién eres y de dónde vienes?», agregando una más: «¿Quién te ha hecho este daño?».

De pronto escuchó a una Mimi delicada y frágil, arropada con paja y a un lado de ella estiércol y cadáveres de varias personas con la piel oscura. Muchas de ellas tenían el cabello lacio tan largo hasta sus pies que cubría sus partes.

Muchos de ellos no tenían rostro porque eran comidos por las ratas; otros estaban siendo atrapados por personas de color blanco dentro de sus partes, aun estando muertos. Mimi fingía estar muerta, pero inclusive los que están en el más allá recibían tal castigo.

Entró en su religión, en donde se adoraba a un dios llamado Œ. Mimi estaba suplicando de rodillas, pidiendo que por favor todo esto terminara; pero Mimi se rindió porque su dios la había olvidado entre esos rincones oscuros de barro.

La niña también estaba con una mujer mayor, un hombre sin una pierna, otro sin un ojo y otro niño de la misma edad de ella. Todos decían a su vez que solo venían a pedir paz, solo eso: que les devolvieran al menos un poco de las tierras porque ya no tenían qué comer.

—Es un intercambio, solo uno, por favor —pedía a llantos el niño de cabello rizado y pestañas plateadas como Mimi.

El idioma que usaba era el antiguo mei y mo. La Gran Madre sabía que venía de ahí, pero ¿solo era una niña huérfana?

«¿Quién eres?».

Vió otro fragmento: Mimi sonreía y hablaba, pero antes de ver hacia dónde miraba exactamente, una mano cálida sostuvo las manos de la Gran Madre y ella salió de la mente de la niña.

Mimi veía a la Gran Madre y su mano presionaba los dedos largos y blancos contra la piel cálida y oscura de la pequeña.



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En el texto hay: fantasia, inmortales, imperio

Editado: 30.10.2026

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