Dea Flava

Capítulo 22

El barco de Muuk'kin estaba revoloteando de arriba abajo debido a las tormentas que azotaban las aguas del mar. La lluvia arrasó con tres de los cincuenta barcos que estaban dispuestos a ir a la guerra una vez más en la región donde se encontraba Perxia.

Una muy buena estrategia, ya que, por lo que se habían enterado, no habían llegado las provisiones necesarias para alimentar a todo un ejército desde hacía un mes.

El rostro del joven estaba mojado y veía bastante borroso cuando tomó el visionero para ver cuánto más le faltaba para llegar. Más o menos calculaba que estaría ahí dentro de un mes, o quizá menos, si es que los tornados se tranquilizaban. Aunque, por cómo parecía, podría morir antes de eso.

Bajó el visionero, que era un tubo de obsidiana de cueva, con un cristal de aumento en diferentes dimensiones. Conforme movía el círculo que tenía arriba, podía escoger qué punto del mar ver sin tener que moverse.

Le comenzaron a dar náuseas. Se agarró del estómago y su cabello, pegado a la piel, le estorbaba de tan largo que estaba.

Había oído que los hombres del oeste no llevaban el cabello largo. Muchas veces asociaban el cabello largo con las mujeres.

El líquido caliente subió por su esófago hasta que salió expulsado, de un color carmesí. ¿Era sangre o era el betabel que había comido antes de partir?

Se limpió con una mano mientras veía al cielo, entrecerrando los ojos.

—Si la Dea flava es real, te pido a ti, Diosa dorada, que, por favor, quites esta tormenta en el agua y dejes pasar a todos mis hombres a tus tierras prometidas para conseguir la paz.

Una gota entró en su ojo, provocándole ardor. Se pasó la palma por la cara.

—Capitán, tengo una carta —dijo uno de los marineros, que temblaba por el frío—. La leí en el camarote y, al parecer, han dicho que su madre pereció en batalla contra los enemigos. Y la nueva Sajal ha tomado su lugar.

La tormenta se volvió más feroz.

—¿Quién? —gritó Muuk'kin, tratando de ver al marinero, que estaba tapado de pies a cabeza con un enorme cuero de piel de lobo.El barco de Muuk'kin estaba revoloteando de arriba abajo debido a las tormentas que azotaban las aguas del mar. La lluvia arrasó con tres de los cincuenta barcos que estaban dispuestos a ir a la guerra una vez más en la región donde se encontraba Perxia.

Una muy buena estrategia, ya que, por lo que se habían enterado, no habían llegado las provisiones necesarias para alimentar a todo un ejército desde hacía un mes.

El rostro del joven estaba mojado y veía bastante borroso cuando tomó el visionero para ver cuánto más le faltaba para llegar. Más o menos calculaba que estaría ahí dentro de un mes, o quizá menos, si es que los tornados se tranquilizaban. Aunque, por cómo parecía, podría morir antes de eso.

Bajó el visionero, que era un tubo de obsidiana de cueva, con un cristal de aumento en diferentes dimensiones. Conforme movía el círculo que tenía arriba, podía escoger qué punto del mar ver sin tener que moverse.

Le comenzaron a dar náuseas. Se agarró del estómago y su cabello, pegado a la piel, le estorbaba de tan largo que estaba.

Había oído que los hombres del oeste no llevaban el cabello largo. Muchas veces asociaban el cabello largo con las mujeres.

El líquido caliente subió por su esófago hasta que salió expulsado, de un color carmesí. ¿Era sangre o era el betabel que había comido antes de partir?

Se limpió con una mano mientras veía al cielo, entrecerrando los ojos.

—Si la Dea flava es real, te pido a ti, Diosa dorada, que, por favor, quites esta tormenta en el agua y dejes pasar a todos mis hombres a tus tierras prometidas para conseguir la paz.

Una gota entró en su ojo, provocándole ardor. Se pasó la palma por la cara.

—Capitán, tengo una carta —dijo uno de los marineros, que temblaba por el frío—. La leí en el camarote y, al parecer, han dicho que su madre pereció en batalla contra los enemigos. Y la nueva Sajal ha tomado su lugar.

La tormenta se volvió más feroz.

—¿Quién? —gritó Muuk'kin, tratando de ver al marinero, que estaba tapado de pies a cabeza con un enorme cuero de piel de lobo.

En Mei, entre menos ropa uses, más hombre eres; entre más, menos culpan eres. Eso iba para las mujeres igual.

Ignoró eso por un momento y el marinero trató de hablarle más fuerte, pero el tornado era voraz.

El barco se movió salvajemente, haciendo que ambos cayeran.

—Su hermana, mi capitán. Ella es la nueva Sajal.

En Mei, entre menos ropa uses, más hombre eres; entre más, menos culpan eres. Eso iba para las mujeres igual.

Ignoró eso por un momento y el marinero trató de hablarle más fuerte, pero el tornado era voraz.

El barco se movió salvajemente, haciendo que ambos cayeran.

—Su hermana, mi capitán. Ella es la nueva Sajal.



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En el texto hay: fantasia, inmortales, imperio

Editado: 30.10.2026

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