De repente, muchos humanos perdieron la forma. Yo soy Zeta Jones, y fui la responsable de aquella catástrofe que alteró al mundo.
Al principio tuve unos sueños extraños donde pude ver a cientos y a miles de personas al mismo tiempo y entender todos sus conflictos a la vez. En ellos aparecieron personas a las que jamás había visto sus rostros, eran desconocidos, pero mi mente tenía un conocimiento inexplicable de sus vidas. Eran hombres malvados, individuos que habían destruido la inocencia de niños indefensos y que habían convertido el sufrimiento ajeno en una costumbre.
Eran pedófilos.
Quizá se pregunten si los conocía, si había investigado sus vidas o si alguien me había hablado de sus crímenes. No. Jamás había visto a ninguno de ellos. Simplemente aparecieron en mis sueños y, con todos sus pensamientos impostados en mi cabeza. Por ello fue que decidí convertirlos en pan para que otros se los comieran.
No buscaba castigar a inocentes.
Jamás imaginé que mis sueños pudieran hacerse realidad.
A la mañana siguiente, las noticias estaban inundadas de imágenes. Las redes sociales se habían convertido en una galería de los horrores que sacudieron el mundo, un desfile de acontecimientos que parecían concebidos por una imaginación enferma. Le echaron la culpa a dios por ese castigo. También le echaron la culpa al diablo. Pero yo no soy dios ni el diablo. Solo soy una simple persona que obtuvo poder y castigó a los que se lo merecían.
Al principio, contemplé aquellas imágenes con el asombro de quien presencia una desgracia ajena.
Después reconocí los rostros.
Fue entonces cuando comprendí que mi poder había evolucionado.
No conocía una facultad semejante. En las películas, basta con pronunciar una palabra o mover un dedo para que una cosa se transforme en otra. La realidad obedece con una facilidad casi infantil. Mi poder, sin embargo, no funcionaba de aquella manera. Yo no señalaba a una persona para ordenarle que se convirtiera en pan.
Tampoco pronunciaba encantamientos. Mi mente debía realizar un procedimiento para que todo eso se hiciera posible.
Y aquel procedimiento es tan complejo que todavía me resulta difícil explicarlo sin que mis propias palabras parezcan una invención.
Cuando decidí transformar al primer ser humano en pan, mi pensamiento concebía una preparación completa. Todo ocurría en el aire de donde estaba la figura física. El cuerpo comenzaba a perder su estructura original. La piel se separaba en rollos que se deshacían y se molían y se calentaban; la carne se fundía y se integraba entre sí hasta hacerse una masa roja de carne molida. La sangre se incorporaba a la mezcla de piel con fibras de carne. Y un elemento adicional se unía a la masa, le llamo elemento de formas. El elemento de formas lo tenía en diferentes colores. Cada elemento convertía una forma humana en algo diferente. El elemento blanco convertía la masa de carne y grasa en harina. Unos seres humanos podían convertirse en objetos, y otros podían ser comestibles.
El proceso de los comestibles continuaba sin interrupciones. La mezcla se trituraba, se unía y adquiría una consistencia semejante a la masa de harina humedecida. Yo podía percibir sus cambios como si conociera de antemano cada etapa de aquella receta. No necesitaba tocarla ni disponer de instrumentos. Mi pensamiento dirigía el procedimiento y la materia respondía a la receta.
Entonces comenzaba el amasado.
La masa se trabajaba hasta volverse uniforme, flexible y consistente. Desaparecían las irregularidades; todo se integraba en una sola pieza, preparada para recibir la forma que yo había concebido. Era un trabajo minucioso, aunque no pudiera realizarlo con las manos. Mi mente hacía cuanto habría hecho un panadero sobre una mesa, con la diferencia de que yo trabajaba sobre la materia misma de un ser humano.
Cuando la masa estaba lista, llegaba el momento de moldearla. Yo le daba la forma de una hogaza, de una barra o de cualquier otra pieza de pan que mi imaginación eligiera. Pero todavía no había terminado. Una masa cruda no es pan, y mi poder parecía conocer esa diferencia mejor que yo.
Faltaba el horneado.
Entonces el aire adquiría una función distinta. Mi mente reproducía las condiciones necesarias para la cocción: el calor envolvía la masa, penetraba en ella y transformaba su consistencia. La superficie comenzaba a endurecerse mientras el interior adquiría la textura propia del pan cocido. El color cambiaba gradualmente, el aroma se desarrollaba y aquella materia terminaba por alcanzar el aspecto de una hogaza gigante recién horneada.
No había bandejas ni hornos que pudiera señalar. Sin embargo, el proceso de cocción se completaba con la misma precisión que si la pieza hubiera permanecido dentro de un horno verdadero. Mi poder no se limitaba a fabricar una forma semejante al pan; reproducía cada una de las etapas necesarias para obtenerlo.
Al finalizar, el resultado era un pan auténtico en sus propiedades: tenía corteza, miga, aroma, textura y sabor. Incluso conservaba aquella tibieza agradable que distingue al pan recién hecho.
Y sobre todo, se volvía comestible.
Eso era lo más perturbador de todo. La transformación no producía una figura de pan ni una ilusión destinada a engañar a los sentidos. El resultado podía partirse, olerse y comerse como cualquier otro pan común que se puede comprar en una panadería. La realidad aceptaba aquella preparación imposible sin revelar el procedimiento extraordinario que la había producido.
Mi poder no decía: «Conviértete en pan». Mi poder elaboraba el pan. Y yo era capaz de dirigir cada etapa de aquella elaboración con el pensamiento.
Todavía desconozco por qué mi mente puede hacer algo semejante. No sé de dónde procede esa facultad ni qué leyes la gobiernan. Solo sé que, cuando imagino el procedimiento con suficiente claridad, la transformación se desarrolla hasta alcanzar su resultado final.