El salón de recepciones "El Olimpo" resplandecía bajo una luz artificial que pretendía ser elegante, pero que a ojos de Kevin solo acentuaba el calor asfixiante de la noche. Era la fiesta de despedida de la secundaria, el puente dorado hacia la preparatoria. Los padres de familia se habían lucido; el buffet era abundante, las luces robóticas bailaban al ritmo del último éxito de moda y las mesas lucían manteles impecables pagados con el esfuerzo de meses. Todo estaba diseñado para que los recién graduados se dieran los gustos que merecían. Todos celebraban. Todos reían. Menos él, que cargaba con el sabor amargo de su propia inmadurez en la boca.
Apenas media hora antes, en las afueras del local, el mundo de apariencias de Kevin se había desmoronado. Su mente, aún incapaz de medir el peso de sus actos o de definir la empatía, lo había llevado a jugar una doble apuesta peligrosa: invitar a salir a la chica más popular de su salón y, en un despliegue de soberbia, citar también a una joven del otro grupo. Para él, era un juego de azar donde siempre ganaba. Para ellas, fue la confirmación de que Kevin no era más que un fraude.
El encuentro en la entrada fue catastrófico. Las dos chicas coincidieron en el umbral, descubrieron el engaño en cuestión de segundos y, sin dudarlo, lo mandaron directo a la mierda frente a un par de compañeros que entraban al evento. Le gritaron su verdad en la cara, exponiendo la basura que había sido al jugar con sus sentimientos. A Kevin, sin embargo, el dolor ajeno le importó poco. Lo que realmente le escocía era el orgullo herido y el miedo al ridículo. Por eso, tras tragarse la humillación a oscuras, se acomodó el saco del traje, forzó su mejor sonrisa de ganador y entró al salón buscando desesperadamente a cualquiera para disimular que todo iba de maravilla. No podía permitir que la noche de su gloria fuera recordada como la noche en que lo dejaron plantado por mentiroso.
Al acercarse a la mesa principal, la realidad lo golpeó en forma de preguntas. Sus amigos lo esperaban con la guardia alta, ansiosos por conocer a la famosa pareja sorpresa que tanto había presumido los días anteriores.
—¡Hey, Kevin! —gritó Luis, acercándose a la mesa mientras se movía torpemente al ritmo de la música, sosteniendo la mano de su enamorada—. ¿Dónde está esa buena moza que dijiste que traerías a la fiesta? ¡Nos tienes a todos con la intriga!
Kevin sintió un vuelco en el estómago. La adrenalina de la mentira lo hizo trastabillar.
—Pues... me fallaron —soltó Kevin, con la voz un tanto atropellada y una risa falsa que intentaba sonar desinteresada.
Edwin, el más aplicado y observador de la clase, arqueó una ceja mientras acomodaba sus lentes, captando de inmediato la inconsistencia en sus palabras.
—¿Te fallaron, en plural? ¿Acaso trajiste a más de una, Kevin? —preguntó Edwin con una mezcla de curiosidad genuina e inocencia.
El sudor frío bajó por la nuca de Kevin. Sus manos se volvieron torpes y se apresuró a corregir el rumbo antes de que su secreto saliera a la luz.
—No, no... —balbuceó, sintiendo las miradas del grupo—. Digo que me falló esa mujer y... bueno, surgieron cosas de último momento. Ya saben cómo son.
El tono nervioso de Kevin hizo que sus amigos malinterpretaran la situación. Pensaron que el muchacho simplemente estaba pasando por un momento triste debido al desplante, un golpe de mala suerte en una noche tan importante. Nadie imaginaba la escena de gritos que acababa de ocurrir a unos metros de distancia.
Diego, que siempre se jactaba de ser el más descriptivo y analítico cuando se trataba de las mujeres del colegio, le dio una palmada solidaria en la espalda.
—No te me achiques, hermano. Margot trajo a varias de sus amigas de la otra sección y están solas en la mesa del fondo. Puedes entrarle a una, hoy es noche de celebrar, no de llorar por una sola.
Kevin asintió, agradeciendo internamente la salida de emergencia que le ofrecían. Caminó hacia el grupo de Margot y comenzó a desplegar su habitual palabrería elocuente. Hablaba, sonreía y bromeaba, pero su mente no estaba allí. Mientras sus labios se movían de forma automática para mantener su fachada de chico seguro e hipócrita, sus ojos se desviaban constantemente hacia otra dirección. Hacia Silvia.
Silvia era la enamorada de Edwin. Era una chica hermosa, de esas que captaban la atención de cualquier habitación sin esforzarse, pero cargaba con una ingenuidad peligrosa: no sabía poner límites. Kevin lo sabía perfectamente. En más de una ocasión, aprovechando la confianza del grupo, se había acercado a ella para coquetearle a espaldas —y a veces en las narices— de Edwin. Le decía comentarios subidos de tono sobre lo mucho que le gustaba su cuerpo o el tipo de mujer que era, probando hasta dónde podía estirar la liga.
La música cambió a un ritmo más lento y la oportunidad perfecta se presentó. Kevin se alejó un momento de las amigas de Margot, tomó un vaso de licor de la barra y se paró justo al lado de Silvia, quien miraba la pista de baile mientras Edwin conversaba distraído con otros compañeros sobre los exámenes de admisión de la preparatoria.
Kevin levantó el vaso, fijando sus ojos oscuros en los de ella.
—Por ti —le susurró en voz baja, dedicándole un sorbo de su trago en nombre de ella.
Silvia, en lugar de frenarlo, le siguió la corriente con una sonrisa cómplice. Lejos de importarle que Edwin estuviera a escasos metros, disfrutaba de la atención prohibida. Para Edwin, la escena era inofensiva; confiaba ciegamente en su amigo y en su novia, asumiendo que todo era parte de la diversión sana de la fiesta. Al ver que no había barreras, que el terreno estaba libre, Kevin decidió mostrar una vez más la clase de basura que podía llegar a ser. Se inclinó un poco más hacia ella, dejando que el olor a alcohol acortara la distancia.
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Editado: 01.10.2026