Durante la primera media hora, Alba no hizo otra cosa que mirar. Se sentía como una turista en un país cuyo idioma entendía a medias: reconocía las palabras, pero no la gramática. La gente se saludaba con besos en el aire, se pasaba copas sin mirar quién las recibía, hablaba de viajes a lugares que ella solo había visto en pantallas y reía con una soltura que no parecía costarles nada. Nadie le prestaba atención, y descubrió que eso, en lugar de incomodarla, le resultaba liberador. Nadie esperaba nada de ella. Nadie sabía que tenía una entrega el lunes, un grifo que goteaba o una madre que le recordaba que comiera.
Valeria, en cambio, parecía haber nacido en aquel sitio. Cruzó la sala con su paso de siempre, esquivando bandejas, y en menos de diez minutos ya había conseguido dos copas, un taburete en la esquina de la barra y una conversación con un chico de camisa blanca que aseguraba haber estudiado en Londres. Alba se quedó a su lado con su copa en la mano, un gin tonic que sabía a pepino y a algo más fuerte de lo que había previsto, y sonrió cuando tocaba sonreír.
Este le dijo Valeria al oído, señalando al de la camisa blanca con la barbilla es insoportable. Pero tiene un amigo que no lo es, y el amigo viene hacia aquí. Compórtate.
Yo siempre me comporto.
Eso es lo que me preocupa.
El amigo resultó ser agradable y completamente aburrido. Hablaba de un fondo de inversión con el entusiasmo de quien relata la trama de una película que lo emocionó, y Alba asentía con la cortesía de quien no entiende ni una palabra. En algún momento, Valeria se le acercó, le robó el vaso vacío y le dijo que iban a bailar. Alba miró al chico, que seguía explicando algo sobre rendimientos, murmuró una disculpa vaga y se dejó arrastrar.
Bailaron cerca del centro de la pista, donde el aire era más caliente y las luces giraban con más fuerza. Al principio Alba se movía con timidez, atenta a sus propios brazos, a sus propios pies, pero la música tenía una insistencia que terminaba por vencer cualquier resistencia, y poco a poco algo en ella se aflojó. Cerró los ojos un momento. Notó el borde del vestido contra las rodillas, el sudor fino en la nuca, la mano de Valeria sosteniendo la suya. Cuando abrió los ojos, su amiga la estaba mirando con una sonrisa enorme y le gritó algo que no pudo oír. Se rio, sin saber de qué, y se rio todavía más al darse cuenta de que no importaba.
Cuando la canción terminó, tenía la garganta seca y las mejillas ardiendo.
Voy a por agua gritó. ¿Quieres algo?
¡Otra copa! ¡Sorpréndeme!
Alba se abrió paso hasta la barra, que ahora estaba mucho más llena. Había un hueco pequeño junto a una columna forrada de espejo, y se apretó en él, haciéndole una seña a un camarero que pasó de largo sin verla. Lo intentó otra vez. Y otra. Un grupo de chicas con vestidos dorados le cerró el paso con una carcajada. Alba suspiró, apoyó los codos en la madera pulida y se resignó a esperar.
Si levantas dos dedos y miras fijamente a la botella de ron, funciona mejor.
La voz llegó desde su izquierda, grave y tranquila, con un punto de ironía que no sonaba ensayado. Alba giró la cabeza.
Era un hombre joven, algo mayor que ella, de pelo oscuro peinado hacia atrás con descuido y una chaqueta de lino azul marino que llevaba abierta sobre una camisa sin corbata. Tenía los ojos de un color entre gris y verde, y la expresión de alguien que lleva rato observando a la gente desde cierta distancia, divertido y, al mismo tiempo, un poco cansado de la función. Sostenía un vaso corto con una sola piedra de hielo que giraba despacio.
¿Perdona?
Los camareros de aquí responden a las señales de las botellas, no a las de las personas. Es una cuestión de jerarquías. Levantó dos dedos hacia el fondo de la barra, sin mirar a nadie en concreto, y un camarero, como si lo hubieran tirado de un hilo, apareció frente a ellos. ¿Ves?
Eso ha sido… un poco ofensivo dijo Alba, aunque no pudo evitar sonreír.
Totalmente. Pero eficaz. Se volvió hacia el camarero. Un gin tonic con pepino, y lo que pida la señorita.
No hace falta que…
Es la tarifa del consejo. Se paga con conversación o con una copa, no admito otras formas de pago.
Alba lo miró, entre divertida y precavida. Tenía esa seguridad natural de los que han crecido sin preguntarse si merecen ocupar el espacio que ocupan, y que a ella siempre le había parecido un misterio fascinante y un poco irritante. Pidió agua mineral y otra copa para Valeria, y él, con una media sonrisa, añadió un segundo gin tonic para sí mismo.
Entonces la tarifa es conversación dijo ella.
Me parece justo. ¿Cómo te llamas?
Alba.
Alba. Lo repitió despacio, como probando el sabor de la palabra. Es un buen nombre.
Es el nombre de mi abuela, que era una mujer muy práctica.
Entonces es un buen nombre para alguien que sabe esperar en una barra durante diez minutos sin perder la compostura.
¿Llevas diez minutos mirándome?
Llevo diez minutos mirando cómo pasaba el camarero junto a ti sin verte. Es una cosa distinta. La sonrisa se le ensanchó un poco, con un punto de picardía. Aunque admito que el espectáculo tenía ciertos méritos.
Alba soltó una risa corta, incrédula, y se apartó un mechón de la cara. No era la clase de frase que habría esperado de un desconocido en un sitio así. Era ligeramente descarada, pero la había dicho sin ninguna vulgaridad, con una especie de desparpajo que tenía más de juego que de seducción.
Tú no me has dicho tu nombre observó.
Damián.
¿Y de qué trabajas, Damián?
Él giró el vaso entre los dedos y tardó un segundo en responder, un segundo en el que Alba creyó percibir una pequeña vacilación, un gesto fugaz que no supo interpretar.
Digamos que trabajo en el negocio familiar. Un negocio bastante aburrido.
¿Y tú?
Estudio.
Qué envidia.
No lo dirías si vieras mis fechas de entrega.
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Editado: 11.10.2026