El edificio estaba en una calle ancha y arbolada, con una fachada de piedra clara y un portal tan silencioso que los tacones de Alba sonaron como una falta de respeto sobre el mármol. Un portero de uniforme saludó a Damián con un «buenas noches, señor» que él devolvió con un gesto vago. En el ascensor, ella se vio de reojo en las puertas pulidas.
Estás bien dijo él.
Lo dices por cortesía.
Lo digo porque llevo toda la noche intentando no mirarte demasiado, y este ascensor no ayuda.
Ella se rio, con un nudo ligero en el estómago, y no contestó.
El piso era más grande que todo el edificio donde vivía ella. Suelos de madera oscura, una pared de libros que no parecían decorativos, ventanales de punta a punta sobre una ciudad convertida en un mar de luces diminutas. En una esquina, un piano de cola cubierto con una funda gris.
No es mío, en realidad dijo Damián, adelantándose a la pregunta. Es una propiedad de la familia. Vengo cuando no quiero ir a casa de mis padres.
Qué situación tan terrible.
No seas irónica.
Es que tu «pequeño refugio» tiene un piano.
Ni siquiera sé tocarlo.
Eso es todavía peor.
Salieron al balcón con dos vasos de agua helada. A esa altura el ruido del tráfico llegaba amortiguado, y el aire de la madrugada olía a asfalto fresco y a jazmín de alguna terraza vecina. Alba apoyó las manos en la barandilla. Sintió que él se acercaba hasta que sus hombros casi se rozaron, y supo, por la forma en que se quedó quieto, que no daría un paso que ella no diera primero.
Lo miró. Él la miró. Esta vez no hubo ninguna frase ingeniosa.
Le preguntó en voz muy baja, ya en la puerta del dormitorio, si estaba segura. Ella lo besó otra vez, como única respuesta, y la ciudad entera siguió brillando al otro lado del cristal sin que nadie la mirara.
Despertó con la luz.
Era blanca y cruel, y le caía directamente sobre los párpados por un resquicio de la cortina. Tardó unos segundos en situarse. Las sábanas eran más suaves que cualquiera que hubiera tocado en su vida. El techo, demasiado alto. A su lado, boca abajo, con un brazo colgando por el borde del colchón, dormía un hombre cuyo apellido todavía no conocía.
Se vistió sin hacer ruido, con la torpeza de quien intenta no despertar a un animal grande. El vestido colgaba de una silla con una dignidad inesperada; un zapato estaba junto a la puerta y el otro, misteriosamente, bajo la cama. En el baño de mármol se lavó la cara con agua fría y se obligó a mirarse. Estaba avergonzada, un poco. Aturdida, bastante. Pero no arrepentida, y eso la sorprendió más que todo lo demás.
Al salir, Damián estaba sentado en el borde de la cama, con un pantalón de chándal y el pelo húmedo, sosteniendo dos tazas.
He hecho café. Es horrible, no sé usar esa máquina. Le tendió una. No sabía cómo lo tomas.
Solo.
Se sentó en la butaca de la esquina, a una distancia prudente. El café estaba amargo y casi frío; se lo bebió con gratitud.
Podría decir que fue una noche increíble empezó él, pero suena a frase de manual.
Un poco.
Entonces diré que lo pasé muy bien. Y que me caíste bien. Mucho.
Tú también me caíste bien admitió Alba. Y lo pasé bien.
Él asintió despacio. Algo se le asentó en la cara, mezcla de alivio y de una melancolía que no combinaba con su sonrisa.
Tengo que decirte algo y no quiero que suene mal. Mi vida es complicada. Mucha gente depende de que yo me comporte de cierta manera, y casi nunca lo hago. No soy alguien a quien le convenga que le pidan más de lo que puede dar.
Damián. Dejó la taza en la mesita. No te pido un teléfono ni una cena. Fue una noche buena y ya está. Yo también tengo mi vida, y no encaja con la tuya.
No sé si me gusta lo fácil que lo dices.
No es fácil. Es honesto.
Se quedaron mirándose. Durante un segundo, Alba sintió una grieta mínima, una puerta que todavía podía abrirse si uno de los dos empujaba. Ninguno empujó.
Te llevo a casa. El conductor está abajo.
Prefiero un taxi. De verdad.
Él la acompañó hasta el recibidor. Bajo la luz de la mañana el piso parecía otro, más frío, con aquel piano mudo vigilándolo todo. En una mesa lateral había un montón de correo sin abrir, y Alba, sin pretenderlo, leyó un nombre en uno de los sobres: D. Altamira. Le sonó vagamente a un rótulo en una avenida, a una página de periódico que había pasado de largo. Lo olvidó antes de que él abriera la puerta.
Gracias por el agua. Y por el balcón.
Gracias a ti por la lección sobre las deudas de conversación.
Él levantó una mano, como para tocarle el pelo, y la dejó caer. Alba sonrió, sin amargura.
Cuídate, Damián.
Cuídate tú, Alba.
Cuando la puerta se cerró, Damián se quedó un buen rato de pie en el recibidor, con la taza ya vacía en la mano.
Era absurdo. Había despedido a decenas de mujeres en aquel mismo umbral, con las mismas frases amables y vacías, y nunca había sentido que el piso se volviera más grande después. Fue a la cocina, dejó la taza en el fregadero y volvió al dormitorio con la idea de abrir las cortinas. Sobre la mesita de noche, medio escondido bajo el reloj, brillaba un pendiente pequeño de plata.
Lo recogió. Pesaba casi nada. Lo hizo girar entre los dedos y comprendió, con una punzada de fastidio hacia sí mismo, que no sabía su apellido. Ni dónde vivía. Ni qué estudiaba. Sabía que se llamaba Alba, que había suspendido dos veces el carné de conducir y que quería ver el mar en invierno. Era mucho y era nada.
El teléfono vibró sobre el escritorio. Leyó la pantalla y se le endureció la mandíbula.
Buenos días, padre.
Son las once y diez. Tu madre ha preguntado dos veces si vendrás a comer mañana.
Iré.
Con la camisa planchada y sin resaca. Los Montenegro vienen a las dos. La voz de Ernesto Altamira nunca se alzaba; no lo necesitaba. Quiero que hables con Fernando sobre lo de la fusión. Con interés, Damián. No con tu cara de funeral.
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Editado: 30.10.2026