El olor del café de la cantina la golpeó a la altura del segundo escalón.
Alba se detuvo con una mano en la barandilla y respiró por la boca, despacio, mientras los estudiantes la esquivaban en la escalera con sus mochilas y sus prisas. Era martes, eran las nueve y cuarto, y llevaba tres días con el estómago de alguien que ha pasado una semana en un barco. Se dijo que era el estrés. Las entregas se habían acumulado, había dormido mal, y la semana anterior se había comido unas gambas dudosas en casa de su tía. Todas las explicaciones eran razonables. Subió los peldaños que faltaban con la mirada fija en el suelo.
Pareces un fantasma dijo Valeria, que la esperaba en la puerta del aula con dos vasos de cartón. Te he traído un té. Sin azúcar, para ti, que eres rara.
Gracias.
¿Sigues con el estómago raro?
Es la ansiedad de las entregas.
Claro. Valeria le puso el vaso en la mano y la miró con una atención que a Alba le incomodó. Es la tercera vez que me dices que es la ansiedad.
Porque es la ansiedad.
Vale.
Entraron. El profesor de las nueve hablaba de algo con diapositivas y una voz que invitaba a la siesta, y Alba tomó apuntes con una letra que se le iba haciendo más pequeña y más torcida. A mitad de clase, el olor del rotulador de la pizarra le pareció insoportable. Salió al pasillo con una excusa murmurada, se apoyó contra la pared fría, cerró los ojos y contó hasta veinte.
Fue entonces, con la frente pegada a la pintura, cuando el cálculo se le coló en la cabeza sin avisar, como una gotera.
No se había movido de allí en un minuto cuando lo terminó de hacer. Fiesta del Ámbar, viernes. La última semana de agosto. Hoy era el uno de octubre. Contó otra vez, con los dedos, como una niña, y la cifra que le salió no cambió porque ella lo deseara.
Seis semanas. Y no recordaba la última vez que había tenido que preocuparse por el calendario.
La farmacia estaba a dos calles de la universidad, un local pequeño con un letrero verde y una dependienta de pelo canoso que le sonrió sin ninguna curiosidad. Alba se había preparado una frase, algo neutro, algo que sonara a mujer adulta comprando un artículo cualquiera. Cuando llegó al mostrador, la frase se le deshizo.
Una prueba de embarazo, por favor.
¿De las rápidas?
Sí. Las que sean.
La mujer sacó una caja del cajón con una naturalidad tan tranquila que Alba se lo agradeció casi con lágrimas. Pagó con monedas sueltas, la guardó en la mochila entre dos cuadernos y salió. Caminó de vuelta con la sensación de llevar una bomba escondida. Se cruzó con un grupo de chicas que reían, con un hombre que paseaba un carrito, con una mujer embarazada que llevaba una bolsa del supermercado. Esquivó la mirada de todos.
Decidió no hacerlo en la universidad. Tomó el autobús a casa, subió los tres pisos a pie, saludó a su madre, que estaba en la cocina picando cebolla, con un «hola, mamá, me duele la cabeza, voy a echarme un rato», y se encerró en el baño con la llave puesta.
El baño de su casa era estrecho, con azulejos blancos y verdes de otra década y un espejo con el marco de madera hinchado por la humedad. Alba leyó las instrucciones tres veces, aunque las entendió a la primera. Siguió cada paso con las manos poco firmes. Dejó la prueba sobre el borde del lavabo, boca arriba, y se sentó en la tapa del inodoro a esperar los tres minutos que indicaba la caja.
Lo que más le sorprendió fue lo ruidoso que se volvió todo. El goteo del grifo, que su padre decía haber arreglado y que, evidentemente, no estaba arreglado del todo. El zumbido del extractor. La radio de la cocina, filtrada por la pared. Su propio pulso en las sienes. Se mordió el interior de la mejilla. Pensó en tonterías: en que debía devolver un libro a la biblioteca, en que no había sacado la ropa de la lavadora. Pensó que, si no miraba, el resultado todavía no existía, y se quedó inmóvil, con los ojos fijos en las baldosas, hasta que el reloj del móvil marcó que habían pasado cuatro minutos.
Se levantó.
Dos rayas.
Las dos rayas, nítidas, de un rosa intenso que no admitía discusión.
Alba parpadeó. Cogió la prueba, la acercó a la luz, la giró, volvió a mirar la caja, comprobó el dibujo de la instrucción como si hubiera podido interpretarlo mal. No había interpretación posible. Se apoyó contra la pared de azulejos, y durante unos segundos lo único que sintió fue una especie de vacío blanco, de silencio dentro de la cabeza.
No, pensó. Esto es un error. Estas pruebas fallan.
Sacó la segunda del paquete. Venían dos. Repitió el procedimiento con una exactitud casi ridícula, como si el cuidado pudiera cambiar el veredicto, y esperó otra vez los tres minutos eternos, esta vez de pie, con los brazos cruzados y la espalda pegada a la puerta. Cuando miró, el resultado era el mismo.
Se dejó caer en el suelo. Las baldosas estaban frías contra las piernas desnudas. Se llevó las manos a la boca y se quedó así, sin llorar, sin respirar apenas, mientras el grifo seguía goteando con su indiferencia de siempre.
Llamaron a la puerta.
¿Alba? ¿Estás bien, cielo? La voz de su madre, tranquila, al otro lado. Te estás tardando.
Estoy bien. Me estoy lavando la cara.
¿Quieres una infusión?
No, mamá. Gracias. Salgo en un momento.
Esperó a oír los pasos alejarse. Después recogió las pruebas con dedos torpes, las envolvió en papel higiénico y las guardó en el fondo de la mochila, bajo los cuadernos. Se lavó la cara de verdad. Se miró en el espejo hinchado, y la chica que le devolvió la mirada tenía los mismos ojos de siempre, la misma boca, el mismo pelo mal recogido. Nadie habría notado nada. Esa fue, tal vez, la parte más extraña: que el cuerpo guardara un secreto de tamaño tan enorme sin darle un solo signo exterior.
Esa noche no cenó. Dijo que tenía trabajo y se encerró en su cuarto con la luz apagada y el portátil cerrado. Se tumbó en la cama de lado, con las rodillas contra el pecho, y miró el rectángulo de la ventana. Los vecinos de enfrente veían la televisión; se distinguía el parpadeo azul sobre las cortinas.
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Editado: 30.10.2026