Llegar hasta Damián Altamira resultó más difícil que llegar hasta el presidente de un país.
Lo intentaron primero por la vía directa. Valeria buscó el teléfono de la oficina central del Grupo Altamira y Alba llamó dos veces desde una cabina de la universidad. La primera vez, una voz de recepcionista le preguntó con quién deseaba hablar y, al oír el nombre, le informó con exquisita amabilidad de que el señor Altamira no atendía llamadas personales. La segunda vez, la derivaron a una asistente que le pidió el motivo de la consulta, el nombre completo, el número de contacto y el nombre de «la empresa a la que representaba». Alba colgó sin contestar.
Fueron después a la torre del grupo, un edificio de cristal azulado en el distrito financiero, y no pasaron del mostrador de seguridad. Un guardia las miró de arriba abajo, anotó algo en una libreta y les sugirió, sin ninguna hostilidad, que escribieran una carta. Salieron a la acera bajo un sol blanco, entre hombres con trajes y mujeres con tacones, y Valeria resopló.
Esto es como pedir audiencia al Papa.
Hay otro camino dijo Alba despacio.
¿Cuál?
Joaquín.
Joaquín no las recibió con mucho entusiasmo. Lo encontraron un jueves por la tarde a la puerta del Ámbar, todavía sin abrir, fumando junto a un contenedor con la camisa desabotonada y cara de pocos amigos. Cuando las vio, soltó una palabrota en voz baja.
Os dije que lo que pasa en el Ámbar…
No hemos venido a hablar de eso lo cortó Alba. Necesito hacerle llegar un mensaje a Damián. Solo eso. No quiero dinero, ni fotos, ni nada. Es personal.
¿Damián Altamira? Joaquín se rio sin alegría. Yo apenas le sirvo copas dos veces al mes.
Pero lo ves.
De vez en cuando.
Entonces dile que Alba quiere hablar con él. La del balcón. Dile que es importante. Le tendió un papel doblado. Mi número está ahí. Que lo use él, o quien sea.
Joaquín miró el papel, miró a Alba, y algo en su rostro cambió, como si de pronto hubiera atado un cabo que no esperaba. No preguntó. Guardó la nota en el bolsillo de la camisa.
Haré lo que pueda. No prometo nada.
Pasaron cuatro días. El quinto, un lunes por la noche, sonó el teléfono de Alba. Era un número desconocido, y la voz de un hombre mayor, seca y correcta, le dijo que llamaba en nombre del señor Altamira, que el señor Altamira recordaba a la señorita con gusto, y que estaría disponible el miércoles a las cinco de la tarde en el salón privado del hotel Meridiano, si ella tenía a bien acudir. Alba repitió la dirección, apuntó la hora y colgó con las manos temblando.
«Con gusto» —dijo Valeria, cuando se lo contó. Qué fina es esa gente para no decir nada.
El salón privado del Meridiano tenía las paredes forradas de madera clara, una alfombra de color arena y una mesa baja con servicio de té para dos que nadie había tocado. Alba llegó diez minutos antes, con el único vestido que consideraba formal y una chaqueta prestada, y se sentó en el borde de un sofá demasiado blando. Sobre la repisa había un jarrón con lirios blancos. Olía a flores caras y a silencio.
Había ido al médico dos días antes. Ocho semanas, le habían dicho, con una sonrisa profesional, y le habían enseñado en una pantalla un punto diminuto y titilante que ella miró sin entender y entendió de golpe, con una claridad que le cerró la garganta. Desde entonces ya no podía fingir que esto era un asunto abstracto. Lo sabía por el cuerpo, por las mañanas, por una vigilancia que ya no la abandonaba. Se había prometido mantener la calma. Se había prometido, sobre todo, no suplicar.
La puerta se abrió y entró Damián.
Venía solo, de traje oscuro, sin corbata, con el pelo más corto de lo que ella recordaba. Se detuvo a dos pasos y se quedaron mirándose. Tenía ojeras. Parecía un poco más delgado, un poco más cansado, y sin embargo sonrió, con aquella sonrisa torcida que Alba había guardado sin darse cuenta.
Alba dijo. No esperaba que me escribieras.
No te escribí. Te mandé un recado a través de un portero.
Es lo mismo, con mejor estilo. Se sentó frente a ella, en el sillón opuesto, y señaló la tetera. ¿Te sirvo algo?
No, gracias.
Seguro que has venido a buscar esto. Se llevó la mano al bolsillo interior de la chaqueta y sacó, con cuidado, un pendiente de plata. Lo encontré en la mesita. Lo guardé. No sé por qué.
Alba miró el pendiente, tan pequeño sobre la palma de él, y sintió una punzada de ternura tan inesperada que tuvo que apartar la vista.
No he venido por eso.
Ah.
Damián… Respiró hondo. Estoy embarazada.
La frase quedó suspendida en el aire entre los dos, y Alba la vio atravesar el espacio y golpearle, como una bofetada lenta. Él no se movió. Su sonrisa se deshizo por partes, primero los ojos, luego la boca. La mano que sostenía el pendiente se cerró despacio.
¿Cómo?
Tengo ocho semanas. Me lo confirmaron el lunes.
Ocho semanas.
Sí.
Y es… Se interrumpió. Tragó saliva. Yo no… No es que dude, es que…
Es tuyo. No ha habido nadie más.
Se hizo un silencio largo. Fuera del salón, en algún pasillo, una puerta se cerró con un golpe sordo. Damián se levantó, caminó hasta la ventana y se quedó allí, de espaldas, con los hombros rígidos, mirando una calle que no veía. Alba lo observaba con el corazón latiéndole en la garganta. Esperaba cualquier cosa: gritos, incredulidad, una pregunta cruel. No esperaba ese silencio de animal acorralado.
No puedo dijo él al fin, a la ventana.
¿Qué es lo que no puedes?
Esto. Se giró. Tenía el rostro pálido, la voz demasiado baja y demasiado rápida. Mi padre… Alba, no sabes cómo es mi familia. Estamos en medio de una operación que lo es todo para ellos. Si esto sale… si la prensa se entera de que el heredero ha dejado embarazada a una chica… a una estudiante a la que apenas conoce…
Tengo nombre.
No quería decir eso.
Pues dilo con mi nombre.
#2105 en Novela romántica
#62 en Joven Adulto
embarazo insperado, segundas opotunidades, herederomillonario
Editado: 30.10.2026