Después de aquella noche

Capítulo 7

Nadie le había advertido a Alba de que dos bebés no duplican el trabajo: lo elevan al cuadrado.Durante los primeros meses, su vida se redujo a una sucesión de turnos. Biberón, cambio, eructo, canción. Biberón, cambio, eructo, canción. Inés se despertaba a las tres con un llanto que parecía una acusación; Mateo, a las cuatro y media, con un hipido bajo y quejoso, como pidiendo perdón por molestar. Las noches enteras eran una leyenda que contaban otras madres en el parque. Alba aprendió a dormir de pie, a comer con una mano, a ducharse en cuatro minutos exactos con la puerta abierta por si lloraban. Aprendió que el cansancio tenía grados, y que había uno, el más profundo, en el que se dejaba de pensar y solo se actuaba.

Hubo una tarde de agosto en que los dos lloraban a la vez, la cocina olía a leche quemada y el termómetro marcaba treinta y siete grados. Alba se sentó en el suelo con la espalda contra el frigorífico y se echó a llorar también, sin hacer ruido, mientras su tía, desde el pasillo, decidía sabiamente no entrar. Fue la única vez que pensó en rendirse. No en dejarlos, jamás, sino en llamar a su madre, volver a casa, rendir cuentas. Se quedó diez minutos así. Luego se secó la cara con la camiseta, se levantó y cogió en brazos a Inés, que la miró con una expresión tan ofendida que Alba, a pesar de todo, soltó una carcajada.

Tú eres igual de testaruda que yo, ¿verdad? murmuró.

Inés, por toda respuesta, le agarró un mechón de pelo y tiró con fuerza.

Retomó los estudios de noche, con los gemelos dormidos, en la mesa de la cocina, con un portátil viejo y una lámpara de lectura que parpadeaba. Terminó el último curso de la carrera dos años más tarde de lo previsto, con una calificación que no la avergonzó. Su tía asistió a la ceremonia con un sombrero absurdo y los dos niños en brazos, y cuando Alba subió al estrado a recoger el diploma, escuchó desde las gradas un grito en dos voces, una aguda y una grave, que decía «¡Ma-má!». Todo el auditorio se rio. Alba tuvo que apretar los labios para no llorar delante de trescientas personas.

El segundo y el tercer año

El primer encargo llegó por casualidad, como suelen llegar las cosas que cambian una vida.

La amiga de Remedios que le había dado trabajo en la tienda de muebles tenía una hija, y la hija se casaba. Una boda sencilla en una finca a las afueras, sesenta invitados, un presupuesto ajustado y una organizadora contratada que, tres semanas antes, había desaparecido con el anticipo. La madre de la novia, desesperada, le preguntó a Alba si «con lo bien que decoras la tienda» podría echar una mano.

No sé organizar bodas confesó ella.

Tampoco yo, y llevo toda la vida casando gente respondió la mujer. Tú lo vas a hacer mejor que nadie.

Fue un desastre y fue un triunfo. Alba pasó tres semanas sin dormir, con una libreta llena de listas, hablando con floristas, con el catering, con un hombre del alquiler de mesas que le colgó el teléfono dos veces. El día de la boda llovió. Llovió a cántaros, desde las doce, justo cuando las sillas estaban dispuestas en el jardín. Alba, en medio del caos, con el pelo mojado y los zapatos hundidos en barro, tomó una decisión absurda: trasladó la ceremonia al granero, un edificio viejo y vacío que nadie había pensado en usar, y en dos horas, con la ayuda de todos los invitados que se arremangaron, lo transformó en algo que nadie olvidaría. Colgó guirnaldas de luces entre las vigas. Encendió velas en botellas vacías. Cubrió el suelo con paja limpia y mantas de lana. La novia entró del brazo de su padre bajo un techo estrellado de bombillas, y alguien, entre el público, murmuró «parece de cuento».

Aquella noche, con un trozo de tarta en un plato de papel y los pies destrozados, Alba comprendió que había encontrado algo.

No lo dijo en voz alta. Le dio miedo decirlo. Pero a la mañana siguiente tenía cuatro llamadas perdidas de desconocidos que habían estado en la boda, y la primera decía: «Mi hija se casa en abril. ¿Podría usted ocuparse?».

Aprendió el oficio a golpes. Se equivocó con las cifras de un presupuesto y tuvo que cubrir con sus ahorros la diferencia de un catering. Confundió dos horarios y dejó a un cuarteto de cuerda esperando una hora en el sol de agosto. Perdió un cliente importante por una discusión absurda sobre el color de unos manteles, y lloró en la ducha, y volvió a levantarse. Dormía cuatro horas. Comía de pie. Cada mañana dejaba a los niños en una guardería del barrio con una culpa que le llegaba hasta la garganta, y cada tarde llegaba corriendo a recogerlos con una sonrisa que cubría el agotamiento.

Valeria se mudó a la ciudad de la costa durante un año, para ayudarla a montar la empresa. Se encargaba de las cuentas, de los contratos, de los proveedores difíciles, y se auto-bautizó «directora de relaciones diplomáticas». Fue ella quien eligió el nombre del negocio una noche de verano, mientras compartían una botella de vino en el balcón.

Atelier Rivas dijo, sirviendo las copas. Corto, elegante, difícil de olvidar.

Suena pretencioso.

Suena a dinero. Y el dinero, querida, es la mejor forma de pretensión.

Contrataron a su primera empleada, una chica de veinte años con un talento enorme para los detalles. Después a un fotógrafo, a una coordinadora de proveedores, a un experto en iluminación. Alquilaron una oficina pequeña en un edificio antiguo del puerto, con ventanas altas y suelos de madera que crujían. Alba pintó personalmente las paredes de un blanco cálido y colgó en el despacho una sola fotografía: la del granero, con las luces encendidas, el día de la lluvia.

Empezó con bodas. Luego llegaron los cumpleaños de lujo, las inauguraciones, los eventos de empresa. Una revista local escribió un artículo. Una revista nacional escribió otro. Una gran firma de joyería la contrató para una gala en la capital, y de ahí vinieron otras: un banco, una fundación, una familia con apellido que a Alba, por una vez, no le dio miedo pronunciar. Su nombre empezó a circular en conversaciones de gente que ella no conocía. Sus diseños de espacios, sus composiciones de luz, su manera de convertir un salón anodino en una atmósfera, se volvieron algo reconocible. Alguien la llamó «la mujer que domestica la elegancia». Ella se rio al leerlo, y después lo recortó y lo guardó en un cajón.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.