Dime que es una broma.
Ojalá.
Valeria se había quedado de pie en medio de la oficina, con una taza de café en la mano y la boca abierta. Eran las nueve de la noche de un jueves, el equipo se había marchado hacía horas y en el despacho solo quedaban las dos, la lámpara de la mesa de Alba y una carpeta de cuero que parecía ahora, a la luz amarilla, un objeto maldito.
El prometido. El novio. El hombre al que vas a organizar una boda con trescientos cincuenta invitados es…
Sí.
¡Alba!
Lo sé.
¡Es el Altamira! ¡El del balcón!
Valeria, baja la voz. Las paredes de este edificio son de papel.
Que las oiga todo el puerto. Dejó la taza con tanta fuerza que el café se derramó. Rompemos el contrato. Ahora mismo. Mañana mismo llamo a esa señora Montenegro, le digo que hay un conflicto de agenda, que se nos ha incendiado el almacén, lo que sea. Hay una cláusula de rescisión, la miré yo misma.
No.
¿Cómo que no?
Que no vamos a romper nada. Alba se frotó los ojos. Había pasado el viaje de vuelta en tren mirando el paisaje sin verlo, y en algún punto entre dos túneles había llegado a una conclusión que le sorprendió por su frialdad. Es el contrato más grande que hemos tenido. Hay doce personas que dependen de esto. Y además… Dudó. Además no pienso salir huyendo. Ya lo hice una vez.
No huiste. Te echaron.
Me fui. Es distinto. Y fue lo correcto. Pero esta vez no.
Valeria se la quedó mirando un buen rato, con esa expresión suya entre exasperada y admirada.
¿Y los niños?
No sabe nada de los niños.
Alba, tiene que enterarse.
Lo sé. Pero no así. No en una reunión con su prometida delante, entre muestras de manteles. Cerró la carpeta. Primero necesito entender qué quiero. Qué voy a decir. Cuánto. Me lo debo a mí. Y se lo debo a ellos.
¿Y mientras tanto?
Mientras tanto, voy a ser la mejor organizadora que haya visto en su vida.
Valeria suspiró y se dejó caer en la silla de enfrente.
Eres una de las mujeres más tercas que conozco. Y la más valiente. Y no sé cuál de las dos cosas me da más miedo.
Las reuniones se fueron sucediendo como los días de una semana de lluvia: iguales por fuera, distintas por dentro.
Alba viajaba a la capital cada quince días, a veces cada semana, y se alojaba en un hotel discreto cerca de la estación, para no dormir bajo el mismo techo en que se tomaban las decisiones. Daba por hecho que la presencia de Damián sería esporádica, y se equivocó. Él venía a casi todas las reuniones. Se sentaba en un extremo de la mesa, con la libreta cerrada y las manos cruzadas, y apenas hablaba. Cuando lo hacía, era para formular una pregunta corta, exacta, con la cortesía de un funcionario: «¿Cuál es la capacidad máxima del salón?», «¿Qué alternativa hay para el catering?», «¿Y si llueve?».
Esa última pregunta cayó, un martes, entre un debate sobre los cubiertos y otro sobre el color de las servilletas. Alba levantó la cabeza. Él la miraba con una gravedad que no correspondía a la pregunta.
Hay un plan B respondió despacio. Siempre hay un plan B. Llevo cuatro años aprendiendo que la lluvia llega, tarde o temprano, el día de la boda.
¿Y qué se hace?
Se mueve todo al granero.
¿Al granero?
Es una forma de hablar. Pasó la página de su cuaderno. Un espacio alternativo. Lo importante es no entrar en pánico.
Isabela, que revisaba su teléfono, soltó una risita.
Qué filosofía más práctica.
Es la única que funciona dijo Alba.
Y él no apartó la mirada. Fueron tres segundos, quizá cuatro, y Alba entendió con una punzada incómoda que Damián había oído la palabra «granero» y la había guardado sin que ella supiera por qué.
Hubo otros momentos así, pequeños y laterales. Un día él, sin que nadie se lo pidiera, apartó la silla de Alba para que pudiera pasar, y ella lo notó como una descarga mínima. Otro, mientras hablaban de música para la ceremonia, él mencionó sin querer una canción que sonaba aquella noche en el Ámbar, y los dos se quedaron muy quietos, mirando cada uno la mesa. Otro, cuando Isabela salió a atender una llamada, quedaron solos en la sala durante dos minutos y ninguno dijo una palabra. El reloj de la pared sonó con una claridad insoportable.
Hablaban de flores, de fechas, de invitados, de proveedores. Y cada frase llevaba debajo otra, como el reverso de una tela. «¿Ha pensado en las peonías?» significaba «¿cómo estás?». «Eso lo tengo previsto» significaba «no me preguntes». «Por supuesto, señor Altamira» era una puerta cerrada con llave.
Alba lo odiaba, a ratos. Con una claridad casi fría, cuando recordaba el sillón del Meridiano y la cifra del sobre. Y a ratos, con una vergüenza que no habría admitido ni bajo tortura, lo miraba trabajar en silencio, con la frente apoyada en una mano, tan distinto del chico del balcón que le costaba creer que fueran la misma persona. Algo en él se había vuelto más duro y más cansado. Había líneas nuevas alrededor de los ojos. Una tensión permanente en los hombros. Cuando creía que nadie lo veía, se quedaba mirando al vacío con una expresión que ella conocía, que era la de alguien que carga con algo y no tiene dónde dejarlo.
No es asunto tuyo, se decía. No lo mires.
Lo miraba.
La visita a la finca fue la primera semana de abril.
Era un palacete de piedra ocre, rodeado de cipreses y de un jardín que descendía en terrazas hasta un estanque cubierto de nenúfares. El día era claro y frío, de esos que pintan las sombras con una precisión casi quirúrgica. Isabela, con un abrigo largo color camello, caminaba delante, explicando algo a un arquitecto del paisaje; Marta Montenegro los seguía a distancia, con su paso medido; y Damián y Alba quedaron, por pura inercia, algo rezagados en la terraza más alta.
Hermoso lugar dijo él, para decir algo.
Lo es. Necesita trabajo en la iluminación. La fachada se va a ver plana de noche.
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Editado: 30.10.2026