Después de aquella noche

Capítulo 10

Damián tardó once días en inventarse una excusa. No era propio de él. Se había pasado la vida resolviendo asuntos con una llamada, un abogado o un cheque, y ahora, con una pregunta clavada en el pecho como una astilla, descubrió que no sabía cómo presentarse a la puerta de una mujer a la que había pedido que desapareciera. Revisó la agenda del grupo. Encontró, con una facilidad que le dio vergüenza, una reunión pendiente con el director del centro logístico de la costa norte, a veinte minutos del puerto. La adelantó una semana. Pidió que su secretaria no avisara a nadie. Y la víspera del viaje, Isabela, que repasaba con él el calendario de la boda, le tendió un sobre.

El anexo del contrato con Atelier Rivas. Hay que firmarlo antes del viernes, y Alba está tan ocupada que no ha podido pasar por la capital. Como vas para allá… ¿te importa dejárselo?

Damián miró el sobre. Lo tomó con dos dedos, como si pesara más de lo que pesaba.

No me importa.

Eres un amor.

Él esbozó una sonrisa que no sintió. Era un hombre que, a punto de cruzar un puente roto, se dejaba empujar amablemente por la espalda.

La ciudad costera tenía un cielo bajo y un olor a sal que lo golpeó al bajar del coche, mezclado con el de pescado y gasoil de las lonjas. Era Semana Santa, y las calles del puerto estaban llenas de gente que paseaba despacio, con helados, con carritos, con niños. Damián despidió al chófer, le dijo que lo esperara en el hotel y echó a andar por el paseo marítimo con el sobre en la mano. Siguió las indicaciones del móvil hasta un edificio antiguo, de ladrillo rojo, con balcones de hierro y una placa discreta junto a la puerta: Atelier Rivas.

Subió dos pisos por una escalera de madera que crujía. En el rellano había un felpudo con una frase bordada, Aquí se trabaja con cariño, y una puerta entreabierta de la que salía música suave y un ruido que Damián no supo identificar al principio.

Era una risa. Una risa de niña, aguda, desbordante, de las que no se pueden fingir.

Se quedó inmóvil con la mano en el marco. Podía irse. Podía dejar el sobre en el felpudo y bajar corriendo. Pero algo más fuerte que la prudencia lo empujó a asomar la cabeza.

El despacho era un espacio amplio, de paredes blancas y ventanales altos, con mesas llenas de muestras de tela, bocetos y maquetas de cartón. Junto a la ventana, sentada de lado en una silla giratoria con los pies sin llegar al suelo, una niña pequeña daba vueltas sobre sí misma con una concentración feroz, los brazos extendidos, el pelo oscuro y enredado volando a su alrededor. A pocos pasos, apoyada en el borde de una mesa con una taza de café y gesto de resignación, estaba Valeria. Y en el suelo, en un rincón, sentado con las piernas cruzadas sobre una alfombra, un niño dibujaba en silencio con un lápiz.

¡Para, Inés, que te vas a marear! decía Valeria.

¡No me mareo! ¡Soy una peonza!

Las peonzas se mareaban, estoy segura.

¡No! ¡Las peonzas son lo más rápido que existe!

La niña frenó con un pie contra el suelo, con tal fuerza que la silla chirrió, y se bajó de un salto. Alzó los ojos. Y vio a Damián.

Lo miró con total descaro, con la cabeza ladeada. Después cruzó los brazos sobre el pecho y levantó la barbilla.

Damián dejó de respirar.

Era un gesto. Solo un gesto, banal, común, el que cualquier niño testarudo hace delante de un desconocido. Pero él lo conocía. Lo había hecho cientos de veces delante de un espejo, a los cuatro años, a los ocho, a los quince, plantándose frente a su padre con los brazos cruzados y la barbilla alta, negándose a ceder. Era el gesto exacto. El ángulo preciso.

¿Tú quién eres? preguntó la niña.

Valeria se había girado, y su expresión cambió en una fracción de segundo. Dejó la taza sobre la mesa con una lentitud peligrosa. Su rostro, normalmente expresivo, se volvió inescrutable.

Señor Altamira dijo, con una frialdad perfectamente educada.

Valeria. Él tragó saliva. Disculpa que aparezca así. Traigo un documento para Alba. De parte de Isabela.

Alba no está.

¿Volverá pronto?

Ha ido a una reunión con un proveedor. Tardará una hora.

Esperaré.

No fue una petición. Valeria lo miró durante un largo segundo, y Damián vio en su rostro la lucha de alguien que calcula las posibilidades de echar a un hombre a patadas por una escalera sin perder un contrato. Al final apretó los labios y se limitó a cruzarse de brazos.

Como quiera.

¿Eres un cliente? insistió la niña, que seguía a su lado, mirándolo de abajo arriba con una curiosidad sin disimulo.

Sí dijo Damián, y su voz salió más ronca de lo previsto. Soy un cliente.

¿De qué?

De una boda.

¿Quién se casa?

Yo.

¿Y por qué estás triste?

La pregunta lo golpeó de lleno.

¿Por qué crees que estoy triste?

Porque pones la cara así. La niña la imitó con una exactitud cómica: las cejas juntas, la boca torcida. Mi tía dice que cuando los mayores ponen esa cara es porque tienen que decir una cosa que no quieren decir.

Tu tía es una mujer sabia.

Es una bruja. Pero buena precisó ella, con total seriedad. Me llamo Inés. Voy a cumplir cuatro en mayo. Y él es Mateo, mi hermano. Es mellizo, pero no igual. Yo soy más guapa.

¡Inés! protestó Valeria.

Es verdad. Él lo dice.

Damián miró hacia el rincón. El niño había levantado la cabeza y lo observaba con el lápiz quieto entre los dedos. No había rastro de curiosidad infantil en esa mirada, sino algo más grave y más atento, una atención quieta que a Damián le provocó un escalofrío. Tenía el pelo oscuro y lacio, peinado a un lado con esmero, la piel clara, la boca apretada con una seriedad extraña para su edad. Y los ojos. Dios, los ojos. Eran de un gris verdoso, ni claro ni oscuro, con un anillo más verde en el contorno, que Damián había visto cada mañana durante veintinueve años en el espejo del baño.

Se acercó despacio. No supo cómo lo hizo, porque sentía las piernas ajenas. Se agachó a un metro de distancia, sin invadirlo, apoyando una mano en el suelo.




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