Después de aquella noche

Capítulo 12

Damián no tenía vaqueros. Lo descubrió a las nueve de la mañana, frente a la maleta abierta en la cama del hotel, repasando con creciente pánico trajes, camisas, corbatas y un pantalón de lino que había traído por si hacía calor. «No lleves traje», le había dicho ella. Salió a la calle sin desayunar y compró unos vaqueros oscuros y un jersey de punto gris en la primera tienda que encontró, abierta a esa hora, cuyo dependiente lo miró con esa mezcla de sorpresa y cortesía que se reserva a los hombres que visten como si fueran a una reunión del consejo y pagan sin mirar el precio. Se cambió allí mismo. Al verse en el espejo del probador, sintió algo parecido al ridículo.

El parque junto a la escuela era un rectángulo de césped irregular con un tobogán de plástico descolorido, tres columpios, un arenero y varios bancos con las tablas desgastadas. Era sábado. Había niños gritando, padres con termos de café, una abuela que repartía bocadillos de un bolso inmenso. Damián llegó con veinte minutos de adelanto y se sentó en un banco apartado, con las manos entre las rodillas. Le sudaban. Había negociado fusiones de cientos de millones sin que le temblara el pulso, y ahora se pasaba las palmas por los vaqueros, una y otra vez, como un adolescente en su primera cita.

A las doce en punto los vio venir por el sendero. Alba caminaba en medio, con una mano en cada niña… cada niño, se corrigió, con un cuidado casi doloroso, como si su cabeza todavía estuviera aprendiendo a poner los nombres sobre los cuerpos. Inés iba delante, saltando con un solo pie, hablando sin parar. Mateo avanzaba pegado a su madre, con la mochila a la espalda y la mirada fija en el suelo, esquivando las grietas del camino. Alba llevaba el pelo recogido y un jersey azul desteñido. Parecía cansada. Parecía, también, mucho más joven que en las reuniones.

Se puso de pie. No supo qué hacer con las manos.

¡Es el señor de la corbata! gritó Inés, y echó a correr hacia él. ¡Pero hoy no lleva corbata!

Hoy no dijo Damián, y se oyó la voz extraña, demasiado suave. Me dijeron que no la trajera.

¿Quién?

Tu madre.

Mi madre manda mucho.

Alba llegó a su lado. Se miraron un segundo. Había en su expresión algo de advertencia y algo de tregua, y también la sombra de la noche anterior, que no se borraba con un peinado. Se aclaró la garganta.

Chicos, ¿os acordáis del señor ? Se llama Damián. Es un amigo mío. Hace mucho que no nos veíamos.

Hola, Damián dijo Mateo, muy bajito.

Hola, Mateo.

Hoy no tienes cara de estar triste.

Me estoy esforzando.

Mateo ladeó la cabeza, valoró la respuesta y asintió.

Pasaron el resto de la mañana de una manera que Damián recordaría durante años con una nitidez casi dolorosa.

Inés lo reclamó como si fuera de su propiedad. Lo arrastró hasta los columpios y le ordenó que la empujara «más fuerte, más fuerte, ¡más!», hasta que sus piernas salieron disparadas hacia el cielo y su risa se perdió entre los árboles. Lo obligó a contar hasta veinte mientras se escondía en el arenero, tres veces seguidas, y las tres veces fingió no encontrarla durante un buen rato, por puro instinto, hasta que ella aparecía chillando de indignación. Se negó a compartir su bocadillo de queso, y luego se lo ofreció entero, y luego se arrepintió y le quitó la mitad. Le explicó, con la cara muy cerca de la suya, que odiaba los tomates, que tenía un tío abuelo que se llamaba Bonifacio y vivía en un pueblo donde había vacas, y que cuando fuera mayor iba a ser «jefa de todo».

¿De todo? preguntó Damián.

De todo. Mamá es jefa de una empresa. Yo voy a ser jefa de un país.

¿Qué país?

Uno grande. Con gaviotas.

Mateo, en cambio, tardó casi una hora en acercarse. Se quedó sentado en el borde del arenero con un palo en la mano, trazando líneas en la arena, observando desde lejos cómo su hermana acaparaba al visitante. Damián lo notó. Lo notó cada vez que miraba de reojo, y sentía que debía acercarse y a la vez que no debía forzar nada. Al final fue Mateo quien se levantó, caminó despacio hasta el banco donde Damián recuperaba el aliento y se sentó a su lado, con las piernas colgando.

Inés es mucho dijo.

Un poco.

Pero la quiero. Aunque a veces me dan ganas de ir a otro cuarto.

Lo entiendo. Damián dudó. Yo tengo un hermano. Cuando éramos pequeños, a veces me escondía en el armario para estar solo.

¿Y funcionaba?

Mientras no lo encontraba.

Mateo sonrió. Fue una sonrisa pequeña, torcida de un solo lado, sorprendida de sí misma, y Damián tuvo que desviar la vista hacia los árboles porque notó cómo se le llenaban los ojos. Era su propia sonrisa. Era exactamente la de su abuelo en una fotografía en blanco y negro que colgaba del pasillo de la casa de sus padres.

¿Tú sabes dibujar? preguntó el niño.

No muy bien.

Yo te enseño.

Sacó de la mochila un cuaderno y un lápiz, abrió una página en blanco y le tendió el lápiz con las dos manos. Damián lo tomó. Dibujó, por indicación de Mateo, un cuadrado, y sobre el cuadrado un triángulo, y al lado un árbol torcido que parecía una escoba. El niño lo observó con atención seria.

Es una casa dijo Damián.

Ya lo veo. Pero la puerta es muy pequeña.

¿Y qué hago?

Pues la haces más grande. Para que todos quepan.

Damián lo hizo. Mateo asintió, conforme, y entonces, sin ninguna ceremonia, arrancó con cuidado la hoja del puente que llevaba doblada en el bolsillo del pantalón, la que había terminado la noche anterior, y se la dio.

Para ti dijo. Para que no se te olvide.

¿Qué no se me olvide?

Que unen cosas que no se podrían juntar. Lo dijiste tú.

Damián recibió el papel con las dos manos. No pudo decir nada. Lo dobló con un cuidado extremo, sin atreverse a mirar hacia el sendero, donde Alba, apoyada contra el tronco de un plátano, los observaba con los brazos cruzados y una expresión que él no habría sabido leer ni con un diccionario.




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