Después de aquella noche

Capítulo 13

Llegó a las nueve menos cinco, con una bolsa de naranjas. Alba lo vio desde la ventana de la cocina, parado en la acera con la bolsa en una mano y el móvil en la otra, mirando la fachada azul como quien contempla un examen. Había vuelto a cambiarse: pantalón oscuro, camisa blanca sin corbata, un jersey sobre los hombros que alguien con buen gusto debió de aconsejarle. Caminó hasta el portón dos veces, se detuvo, se atusó el pelo. A Alba le dio una ternura incómoda, que apartó con un parpadeo.

Ahí está tu caballero dijo Remedios, sin levantar la vista de la olla. Puntual como un reloj suizo. Eso es malo.

¿Por qué es malo?

Porque la gente que llega tan puntual suele estar muy asustada. O muy culpable. Probó el caldo con una cuchara de madera y le añadió una pizca de sal. En su caso, espero que las dos.

Tía, por favor. Sé amable.

Soy amabilísima. Pero tengo setenta años de experiencia en saber con quién me siento a la mesa.

Tienes sesenta y tres.

Con un guiso como este, aparento más.

Alba abrió la puerta antes de que él llamara.

Se quedaron un instante mirándose en el umbral, con la luz del recibidor iluminándolo de lado. Él tendió la bolsa con un gesto rígido.

Naranjas.

Gracias.

Me dijeron que a Mateo…

Sí. Pasa.

Era la primera vez que Damián entraba en aquella casa, y Alba lo observó recorrerla con los ojos, sin querer. El recibidor estrecho con el perchero lleno de abrigos pequeños. Las botas de agua amarillas de Inés, tiradas de cualquier manera. Los dibujos pegados con celo en la pared del pasillo, torcidos, superpuestos, con fechas escritas en una letra redonda: barcos, gaviotas, un dinosaurio con gafas, una familia de cuatro figuras de palo y un perro. Se detuvo delante de ese último. Alba contuvo el aliento, y él, afortunadamente, no hizo ninguna pregunta.

La cocina era pequeña y cálida, con una mesa de madera para seis y una lámpara colgante de tela amarilla. Olía a ajo, a laurel y a pan tostado. Inés, subida en una silla, sacudía un cucharón en el aire; Mateo, sentado muy recto frente a su plato, doblaba la servilleta en cuatro con precisión de notario.

¡Ha venido! gritó Inés. ¡Mamá, ha venido!

Ya lo veo, cielo.

Hola, Damián dijo Mateo.

Hola, Mateo. Hola, Inés. Dudó, sin saber dónde poner las naranjas. Esto es para vosotros.

Remedios se giró por fin. Se limpió las manos en el delantal, se acercó con paso lento y lo miró de arriba abajo con una atención profesional, como quien examina una radiografía.

Usted es el cliente dijo.

Soy Damián Altamira, señora. Encantado.

Ya sé cómo se llama. Siéntese ahí, a la izquierda de Mateo. Y no se ponga a hacer nada, que me desordena la cocina.

Sí, señora.

Remedios. Con «señora» envejezco.

La cena fue un campo de pruebas.

Alba, sentada al otro extremo de la mesa, pasó la primera media hora con el cuerpo tenso como una cuerda, preparada para intervenir. Pero a cada minuto que pasaba, comprendía que había subestimado a todos.

Damián se dejó guiar. Aceptó el plato que Remedios le sirvió sin discutir, comió en silencio la primera cucharada, y dijo con sinceridad que era el mejor guiso que había probado en años, lo cual hizo que la anciana entrecerrara los ojos con sospecha y, un instante después, le sirviera otra ración. Inés le explicó el mecanismo exacto para separar los garbanzos de las zanahorias con el tenedor, y él lo ejecutó con una seriedad conmovedora. Mateo le preguntó si en la ciudad grande había muchos puentes, y él respondió que catorce, y que uno de ellos era de hierro y cantaba cuando pasaba el viento.

¿Cantaba? preguntó Mateo.

Hacía un sonido. Como un silbido largo. Cuando era pequeño pensaba que era un animal.

¿Qué animal?

Una ballena.

Las ballenas no viven en los puentes.

Eso me dijo mi hermano. Pero yo no le creí.

Inés soltó una carcajada tan fuerte que casi se cae de la silla. Mateo sonrió. Remedios, al otro lado de la mesa, no sonrió, pero tampoco dejó de mirarlo.

Hubo un momento de crisis cuando llegó la ensalada. Inés descubrió, entre las hojas de lechuga, tres cuñas de tomate, y retiró el plato con una dignidad ofendida que arrancó un suspiro a su madre.

No me lo como.

Un trocito.

No. Es asqueroso. Sabe a cuando te duele la barriga.

Inés.

No.

Damián, que había presenciado la escena con la boca ligeramente abierta, se aclaró la garganta.

Yo tampoco los como.

Todas las miradas se volvieron hacia él.

¿De verdad? dijo Inés, con una esperanza feroz.

Desde que tengo tu edad. Mi madre me los ponía escondidos en la salsa, y yo los encontraba siempre. Los apartaba uno por uno con el tenedor. Cogió su propio plato, donde había una cuña de tomate rodeada de lechuga, y la apartó con una ceremonia exagerada hacia el borde. Y aquí estoy. Perfectamente vivo.

Inés lo miró con una admiración casi religiosa.

Eres como yo.

Sí dijo Damián, y la palabra le salió medio ahogada. Se parece bastante.

Alba bajó los ojos hacia su plato. Notó el calor subirle por el cuello. Notó, por el rabillo del ojo, la mirada de su tía clavada en ella como un alfiler. Y notó que algo en la mesa había cambiado. No de forma dramática. Pero la silla vacía de aquella cocina ya no estaba vacía, y a todos les había cogido por sorpresa lo poco que costaba.

Hacia el final de la cena, el móvil de Damián vibró sobre el mantel. Lo había puesto boca abajo, pero la pantalla se encendió con un destello, y Alba, que estaba justo enfrente, leyó sin querer el nombre antes de que él lo silenciara con el pulgar. Isabela.

Lo notó él también. Se quedó quieto, con el pulgar sobre la pantalla. Alba apartó la mirada y se puso a recoger los platos de golpe, con un ruido innecesario de cubiertos.

Perdón murmuró Damián.

No pasa nada.

Es… cosas de la boda.

Ya lo sé.




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