Después de aquella noche

Capítulo 14

La casa de los Altamira tenía veintitrés habitaciones y una sola regla: los domingos se comía juntos. Estaba en las afueras, en una colina con vistas a la ciudad, rodeada de muros cubiertos de hiedra y de un jardín que dos jardineros mantenían con una disciplina casi militar. Damián había crecido allí. Conocía el crujido de cada tabla del pasillo, el olor a cera de abeja de los suelos, la manera en que la luz de media tarde entraba por las vidrieras del comedor y proyectaba sobre el mantel manchas rojas y azules, como si la casa quisiera, a su pesar, ser alegre. Aun así, cada vez que cruzaba el portón de hierro, sentía que el pecho se le estrechaba un número de talla.

Ese domingo de abril llegó con diez minutos de retraso. Era la primera vez en años.

Llegas tarde dijo su madre, saliendo a recibirlo al vestíbulo con los brazos abiertos.

Elena Altamira era una mujer menuda, de pelo plateado cortado a la altura de la barbilla y ojos de un gris verdoso que él conocía de memoria. Vestía de beige, como siempre, con un pañuelo de seda al cuello. Lo abrazó con una fuerza que no correspondía a su tamaño y le dio un beso en cada mejilla.

Estás flaco. ¿Comes?

Como, mamá.

Mentira. Tu padre dice que trabajas hasta las once.

Mi padre habla demasiado.

Tu padre habla lo justo, que es mucho. Le tomó la cara entre las manos y lo observó con una atención que lo incomodó. Y tienes una cosa distinta en la mirada. No sé qué es.

Cansancio.

No. Ella entrecerró los ojos. Pero no te voy a preguntar. Pasa. Pablo ha llegado de madrugada y está insoportable.

Pablo estaba en el salón, despatarrado en un sillón de cuero con una copa de vino en la mano y los pies sobre la mesa de centro, lo cual habría sido imperdonable si hubiera estado su padre. Tenía veintidós años, el pelo revuelto, una barba de tres días y esa sonrisa descarada que Damián había perdido en algún momento de su adolescencia. Acababa de volver de un semestre en el extranjero, y su maleta, en medio del vestíbulo, seguía sin abrir.

¡Hermano mayor! Se levantó de un salto y lo abrazó, con tanta energía que casi lo tira. Qué mala cara tienes. ¿Es la boda?

Es la vida.

Ay, qué filósofo. Pablo lo soltó y lo examinó con una ceja alzada. ¿Sabes que Isabela me escribió? Me dijo que estás raro. Que sonríes. Que hay algo detrás.

Ernesto Altamira se presentó a la mesa a las dos en punto, ni un minuto antes ni uno después. Cuando entró, la conversación se detuvo como si alguien hubiera apagado una radio. Tomó asiento en la cabecera, desdobló la servilleta con un gesto preciso y miró a su alrededor con la satisfacción tranquila de un hombre que revisa su propiedad.

Comieron. El camarero sirvió un consomé, después una merluza, después un asado de ternera que nadie tocó casi. Hablaron de la fusión con los Montenegro, de las tasas de interés, de un viaje que Elena quería hacer en junio. Pablo contó una anécdota de su semestre en el extranjero que hizo reír a su madre. Damián respondía con monosílabos y observaba a su padre por el rabillo del ojo. Había en la postura de Ernesto una rigidez más pronunciada de lo habitual. Cuando el postre estuvo servido y el camarero se retiró, el viejo dejó el tenedor en el plato con un tintineo seco.

Damián. Ven a mi despacho.

Padre, estamos comiendo…

Hemos terminado.

Pablo y Elena se miraron. Ella apretó los labios. Damián se levantó despacio, con una sensación fría en la nuca, y siguió a su padre por el pasillo.

El despacho de Ernesto Altamira era una habitación de paredes forradas de libros y un escritorio de nogal tan grande que parecía un pequeño continente. Ernesto cerró la puerta, caminó hasta la ventana y permaneció un momento de espaldas, con las manos cruzadas detrás.

Dime qué hay en la costa norte.

Damián sintió que el estómago se le encogía.

Un centro logístico. Lo sabes.

Lo sé. También sé que has ido tres veces en dos semanas, que has pasado cada vez la noche en un hotel, y que en ninguna de las ocasiones ha habido reuniones en ese centro. Se volvió. Te he hecho seguir.

¿Has hecho qué?

No me mires así. Soy el presidente honorario de un grupo que mueve miles de millones. Tengo derecho a saber qué hace el heredero con su tiempo. Abrió un cajón, sacó una carpeta delgada y la dejó sobre el escritorio. Hay fotografías.

Damián no la tocó. Pero la vio. Sobre la tapa se distinguía el borde de una imagen: un parque, una mujer de pelo recogido, dos niños pequeños.

El silencio se hizo muy denso.

¿Quién es la mujer? preguntó Ernesto.

Alba Rivas. Es la organizadora de mi boda.

Eso ya lo sé. Lo que quiero saber es qué relación tienes con ella. Porque la última vez que te vi mirar así a una mujer, tenías veinticinco años y acabaste con un escándalo que me costó medio año de mala prensa.

No es lo que piensas.

Entonces dime lo que es.

Damián respiró hondo. Fue consciente de que llevaba semanas esquivando este momento, y de que no había forma de aplazarlo más. Sintió el pulso en las sienes. Sintió, también, una calma extraña, la de quien se acerca al borde de algo y descubre que no puede echarse atrás.

Son mis hijos.

Ernesto no se movió.

Los gemelos. Inés y Mateo. Tienen casi cuatro años. Los concebimos hace cinco, una noche, en el Ámbar. Ella se quedó embarazada. Yo… Tragó. Yo le ofrecí dinero para que abortara. Ella no lo hizo. Se marchó y los crio sola. Yo me enteré hace tres semanas.

Se hizo un silencio que duró un siglo. Ernesto Altamira, que había negociado con ministros y sobrevivido a tres crisis bancarias, parpadeó una vez. Después se acercó al escritorio, apoyó las palmas sobre la madera y, con una voz baja, medida, dijo:

¿Estás seguro de que son tuyos?

Sí.

¿Lo has comprobado?

No hace falta. Los he visto.

Eso no es una prueba, Damián. Es una impresión.

Padre…

Una mujer desaparece cuatro años y reaparece, convenientemente, cuando tu apellido vale cuatrocientos millones más que entonces, y a tres meses de tu boda con la hija de Montenegro. Hizo una pausa. ¿No te parece sospechoso?




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