Después de aquella noche

Capítulo 15

Han cancelado las peonías. Valeria lo dijo sin saludar, desde el umbral del despacho, con el abrigo todavía puesto y el móvil apretado contra el pecho. Alba, que estaba revisando una maqueta de centros de mesa con una lupa y un rotulador, levantó la cabeza despacio.

¿Quién?

Casa Villalba. La florista del norte. Han llamado esta mañana. Dicen que «por circunstancias imprevistas» no pueden cumplir el encargo. Que ya devuelven el anticipo.

Pero si firmamos hace un mes. Era la única que cultivaba esas variedades.

Lo sé.

¿Qué circunstancias?

No han querido decirlo. Valeria se quitó el abrigo con un gesto brusco. Pero acabo de llamar a otras tres. Dos me han dicho que están completas hasta octubre, que es mentira porque yo misma les pregunté hace una semana. Y la tercera, una mujer a la que conozco desde hace años, me ha dicho en voz baja que «alguien de arriba» ha hecho llamadas.

Alba se quedó mirando la maqueta. Los pequeños cipreses de cartón, las velas de papel, las flores de seda dispuestas con la minuciosidad de quien ha pasado noches enteras pensando en una sola mesa. Tenía las manos muy quietas. Por dentro, en cambio, algo se había puesto en marcha con un zumbido bajo y peligroso.

Álvaro Lozano dijo.

Seguramente.

Eso ha sido el lunes. Y es sábado.

Cinco días. Han tardado cinco días en mover los hilos.

Eficientes murmuró Alba, con una risa amarga. Muy eficientes.

Se levantó. Caminó hasta la ventana y miró el puerto, donde las barcas de pesca regresaban con la marea y una gaviota se peleaba con otra por una caja de pescado. En la carpeta de la boda quedaban diez meses de trabajo. Se corrigió. Ya no eran diez. Dos semanas atrás, los Montenegro habían anunciado que la fecha se adelantaba al último sábado de julio, por una cuestión de calendarios bursátiles que Alba no había entendido ni había pedido entender. Quedaban tres meses. Tres meses para encontrar a un proveedor de flores que pudiera con una cifra que la mitad del gremio consideraba imposible.

Lo resolveremos dijo, sin darse la vuelta.

Alba…

Lo vamos a resolver. Voy a llamar a Elvira, la de Galicia. Ella cultiva sus propias variedades y me debe un favor de hace tres años. Y mientras tanto… Se frotó las sienes. Necesito salir a verla en persona. Hoy. Son cuatro horas de ida y vuelta.

¿Y los niños?

El silencio fue breve y bastante elocuente.

Damián llegó a las diez y media, con una mochila nueva al hombro y la cara de un recluta el primer día de campaña.

Alba lo recibió en el rellano con los brazos cruzados. Llevaba toda la mañana ensayando el discurso, y lo soltó de corrido, sin respirar.

Cuatro horas. Ni una más. Mateo tiene que comer a las dos, sin salsa, sin mezclar cosas, y no le gustan los ruidos fuertes. Inés tiene que beber agua cada media hora o se le seca la garganta y se pone insoportable. No les des dulces antes de comer. No los pierdas de vista, ni un segundo, y menos a ella, que desaparece como el humo. No les cuentes cosas que no sean verdad. Mi móvil estará encendido. Mi tía está en casa, a diez minutos. Si algo va mal, lo que sea, me llamas.

De acuerdo.

No quiero «de acuerdo», quiero que me lo repitas.

Cuatro horas. Comer a las dos. Agua. Ruidos. Sin dulces. Sin perderlos de vista. Sin mentiras. Hizo una pausa. Llamarte.

Bien.

Alba. La miró con una seriedad que le agrandó los ojos. No voy a fallarte.

No es a mí a quien no debes fallar.

Pero había suavidad en la voz, y él lo notó.

Inés apareció corriendo por el pasillo con una mochila de unicornio y un casco de bicicleta que llevaba puesto sin bicicleta, y se le tiró encima como un cachorro. Mateo la siguió más despacio, con el cuaderno bajo el brazo y los ojos fijos en Damián.

¿Vamos al mar? preguntó.

Voy a llevaros a un sitio donde están las cosas del mar. En una casa de cristal.

¿Un acuario?

Un acuario.

Mamá dijo Mateo, girándose, ¿puedo llevar el cuaderno?

Claro, cariño.

Y el rotulador azul.

Todos los que quieras.

Alba los abrazó a los dos, uno tras otro, con una fuerza algo desmedida, y los besó en la cabeza. Se los entregó con la sensación física de soltar algo que quemaba. Cuando bajaron las escaleras, los tres, con la voz de Inés rebotando por el hueco y Damián diciendo algo que ella no oyó, se quedó inmóvil en lo alto, agarrada a la barandilla, escuchando cada peldaño.

Lo vas a hacer bien le dijo Valeria desde la puerta, con una mano en su hombro.

No sé si hablas de él o de mí.

De los dos.

El acuario del puerto era un edificio bajo y largo, con una cúpula de cristal azulado y una cola de familias que se extendía hasta la acera. Damián pagó con una mano mientras con la otra sujetaba la de Inés, que tiraba como un perro de trineo.

Nunca había entrado en un sitio así con un niño. Ni como niño, se dio cuenta de pronto; sus padres lo habrían llevado a un lugar caro y silencioso, con un guía. Allí no había guías. Había un laberinto de pasillos oscuros iluminados por enormes pantallas de agua verde y azul, donde se deslizaban sombras largas y plateadas. Había niños gritando, madres con carritos, un hombre disfrazado de pulpo que repartía folletos. Había un olor húmedo y salado que se pegaba a la garganta.

¡Un tiburón! chilló Inés, apretando la nariz contra el cristal. ¡Mateo, mira, un tiburón!

Es un tiburón nodriza dijo Mateo, que ya había leído el cartel. No come personas.

¿Y por qué se llama nodriza?

Porque… Frunció el ceño. No lo sé. Pero no come personas.

Damián los seguía unos pasos atrás, absorbiéndolo todo. Cada gesto le entraba por los ojos como una cuchillada pequeña, dulce y dolorosa. La manera en que Inés se ponía de puntillas, con la lengua entre los dientes. La manera en que Mateo levantaba una mano y trazaba en el aire, con un dedo, la silueta de un pez, como quien memoriza. La manera en que ambos, a veces, sin darse cuenta, caminaban sincronizados, con el mismo ritmo, hombro con hombro. Eran suyos. Eran suyos, y él no había estado en ninguna de las cosas que los habían hecho así.




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