Te lo voy a preguntar una sola vez dijo Valeria. Y quiero la verdad, no la versión de la jefa de empresa.
Estaban en el balcón del apartamento de Alba, con una manta compartida sobre las rodillas y una botella de vino a medias en el suelo, entre las macetas de albahaca. Los niños dormían. Abajo, el paseo marítimo se vaciaba poco a poco, y las barcas amarradas se balanceaban con un golpeteo de cuerdas contra mástiles. Hacía una de esas noches de finales de abril en las que el aire todavía muerde un poco pero ya huele a verano por venir.
Pregunta.
¿Te sigue gustando él?
Alba rio por la nariz, un sonido corto y seco.
No empieces con eso.
Te dije una sola vez. Valeria la miró sin parpadear. No te estoy pidiendo que te enamores. Te estoy pidiendo que no me mientas. Hay una diferencia.
Alba se quedó mirando el vaso. El vino había dejado un anillo rojizo en el cristal. Tardó tanto en contestar que Valeria creyó que no lo haría.
No lo sé dijo al fin. Y eso es lo que más me asusta. Si lo supiera, podría hacer algo. Si lo odiara, sería fácil. Si lo quisiera, sería… otra clase de problema. Pero es esto de en medio. Esto de verlo agacharse en el suelo del parque para dibujar un tejado torcido, y pensar «mira cómo se esfuerza», y acordarme de que ese mismo hombre estuvo sentado en un sillón y me ofreció dinero para que no existiéramos.
Las dos cosas son verdad.
Las dos cosas son verdad repitió Alba. Y mi cabeza no sabe qué hacer con eso.
Tu cuerpo, en cambio, creo que sí.
¡Val!
Digo que te pones roja cuando pronuncias su nombre. Ni yo me lo invento. Valeria le dio un codazo suave. Mira, no te voy a decir lo que tienes que hacer. Pero te voy a decir lo que vi hace cinco años. Te vi sentada en el suelo de tu cuarto, con una prueba de embarazo en la mano, llorando sin aire. Te vi irte en un tren con una maleta y los ojos hinchados. Y no quiero volver a verte así. No por él. Ni por nadie.
No va a pasar.
Eso decías entonces.
Entonces no sabía lo que sé ahora.
¿Y qué sabes?
Alba bebió un trago largo. Dejó que el vino le calentara la garganta.
Que ya no soy esa chica dijo. Que puedo mirarlo y sentir cosas sin que me arrastren. Que sé distinguir entre lo que siento y lo que decido. Hizo una pausa. Creo.
Eso último ha sonado a duda.
Es que lo es.
Valeria la rodeó con un brazo, y Alba apoyó la cabeza en su hombro. Se quedaron un rato así, escuchando el mar.
Dos preguntas más dijo Valeria. ¿Quieres volver a estar con el? Y ¿puedes dejarlo entrar sin perder lo que has construido?
Alba cerró los ojos.
Esas son las dos preguntas que me hago yo murmuró. Todas las noches.
Elvira Castro resultó ser una mujer de cincuenta años, voz de ronca de tabaco y manos grandes y manchadas de tierra, que cultivaba flores en un valle de la costa gallega como otros cultivan viñedos: con orgullo, con terquedad y con una lealtad casi mística a sus plantas. Cuando Alba la llamó, escuchó la historia sin interrumpir, soltó una carcajada que se oyó a través del teléfono y dijo: «A mí no me manda un Altamira, bonita. Dime cuántas quieres».
Las peonías llegaron a la finca de los Montenegro un jueves de mayo, en dos camiones refrigerados, en cajones de madera con serrín. Alba supervisó la descarga con el pelo recogido en un pañuelo y las mangas arremangadas. Había convocado a todo el equipo para un ensayo de montaje: probar una mesa completa, una porción de la ceremonia, la iluminación del jardín, la ubicación exacta de los farolillos. Isabela había prometido pasarse por la tarde para dar el visto bueno. Y Damián, según la nota que Isabela dejó en el correo, «asistirá a la prueba para validar el conjunto».
Valeria, al leerla, alzó una ceja.
«Validar el conjunto».
Es un hombre ocupado.
Es un hombre que ha venido a verte trabajar.
Valeria.
No digo nada.
Ya lo has dicho.
Para las cuatro de la tarde, el cielo, que había estado despejado toda la mañana, comenzó a cambiar. Las nubes llegaron desde el oeste en una masa plomiza, lenta, que se fue adensando sobre los cipreses. El aire se volvió pesado, casi sólido. Los pájaros callaron. Alba levantó la vista desde el estanque, donde colocaba una última hilera de velas sobre bandejas flotantes, y sintió un escalofrío en la nuca.
Va a llover dijo.
Va a llover un montón corrigió el electricista, mirando hacia arriba.
Isabela llegó a las cinco en punto, con un abrigo claro y el paso decidido, acompañada de su madre y de un asistente que llevaba una tableta. Damián apareció tres minutos después, de traje oscuro y corbata floja, con el rostro cansado. Cruzó la mirada con Alba un solo segundo, un segundo exacto, y después se concentró en la mesa de ensayo con una atención que parecía fabricada.
Es precioso dijo Marta Montenegro, tras un silencio inusitado. No lo esperaba.
Gracias, señora.
No me dé las gracias. Dígame que mi hija será la mujer más elegante que ha pisado este jardín.
Lo será dijo Alba, con una sonrisa precisa. Y sin esforzarse.
Isabela soltó una risa breve. Recorrió la mesa con la mirada, tocó una peonía con la yema de los dedos y se quedó un momento callada. Había en su rostro una emoción contenida, difícil de describir, que a Alba le provocó una punzada.
Es exactamente lo que imaginé dijo. Y no sabía que lo imaginaba.
Fue entonces cuando cayó el primer trueno.
Resonó tan cerca que las copas de cristal tintinearon sobre el mantel. Todo el mundo se agachó, y alguien soltó un grito. Un segundo después, como si un grifo se hubiera abierto sobre la finca, el cielo se desplomó.
La lluvia fue una pared. Caía en cortinas gruesas y diagonales, empapando en segundos el césped, los caminos, los farolillos colocados, los manteles de ensayo. El personal corrió a recoger todo, y entre gritos y carreras se reunieron en el salón principal del palacete, un espacio inmenso de techos altos y suelos de mármol, donde las lámparas de araña se balanceaban con los truenos.
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Editado: 30.10.2026