Después de ti

El comienzo

CONNOR

Mi nombre es Connor Hayes, tengo veintiocho años y soy agente especial del FBI. A estas alturas, mi nombre es bastante conocido entre mis compañeros y me he ganado una reputación que pocos pueden cuestionar. Soy meticuloso, disciplinado y, según dicen, demasiado frío para mi propio bien. No suelo sonreír sin motivo, no hablo de mi vida privada y mucho menos permito que mis emociones interfieran en mi trabajo.

Pero supongo que nadie nace siendo así.

Mis padres eran alcohólicos y, cuando era niño, aprendí demasiado pronto lo que significaba estar solo, incluso teniendo una familia. Hubo promesas que nunca se cumplieron y días en los que tuve que arreglármelas sin saber si alguien estaría allí para cuidarme. Durante mucho tiempo esperé que las cosas cambiaran, hasta que terminé en un orfanato.

Creí que allí las cosas serían diferentes. Me equivoqué.

Mi experiencia en aquel lugar estuvo lejos de ser la que un niño necesita. Tuve que aprender a defenderme, a hacerme respetar y a no mostrar mis debilidades frente a quienes podían aprovecharse de ellas. No fue una infancia fácil, pero me enseñó algo que terminaría convirtiéndose en mi regla de vida: si quería salir adelante, tenía que depender de mí mismo.

Cuando finalmente pude marcharme, no miré atrás.

No tenía una familia esperándome ni a alguien dispuesto a facilitarme las cosas. Tenía poco dinero, muchas dificultades y una decisión tomada: no permitiría que mi pasado decidiera mi futuro. Trabajé todo lo que pude, ahorré, estudié y seguí adelante, incluso cuando el cansancio parecía ganarme. No hubo atajos ni nadie que hiciera el camino por mí. Cada paso me costó algo, pero terminé consiguiendo lo que tanto había deseado: convertirme en agente del FBI.

Hoy tengo una carrera que me enorgullece, el respeto de mis compañeros y una vida que construí con mis propias manos. No necesito que nadie me diga cómo salir adelante. Sé hacerlo solo.

O, al menos, eso es lo que siempre me he repetido.

Porque, si hay algo que mi pasado me enseñó, es que confiar en las personas puede convertirse en un error. Por eso mantengo las distancias, evito los vínculos innecesarios y jamás permito que alguien se acerque lo suficiente como para conocer todo lo que escondo. No necesito que sientan lástima por mí, y mucho menos que intenten arreglar algo que aprendí a soportar hace años.

Me acostumbré a vivir detrás de una coraza. Con el tiempo, incluso yo olvidé cómo era estar sin ella.

⸻

Miré por la ventana de mi apartamento mientras observaba cómo parecía que el cielo se venía abajo. Afuera, la lluvia caía con fuerza sobre las calles de Boston.

Me acerqué al calendario y comprobé la fecha.

18 de octubre de 2014.

Qué extraño. No habían pronosticado lluvia para ese día.

Mis pensamientos fueron interrumpidos por el sonido de mi teléfono. La pantalla se iluminó con una llamada entrante.

Contesté sin comprobar quién llamaba. Ya me lo imaginaba.

—¿Diga?

—Agente Hayes, sé que es su día de descanso, pero necesitamos que venga. Tenemos un caso urgente —dijo Sadie, mi compañera de trabajo.

Me incorporé, dejando de mirar por la ventana.

—¿Una muerte?

—Hay una víctima fatal en la escena. Es un chico joven, no aparenta tener más de veinte años.

—Llegaré en veinte minutos —respondí antes de colgar y dirigirme a cambiarme.

⸻

Treinta minutos después, llegué al lugar. El tráfico había retrasado mi llegada y, además, la escena se encontraba en una zona bastante alejada de la ciudad, cerca de unas construcciones que parecían abandonadas.

Al bajar del vehículo, observé que los peritos ya habían acordonado el área. Algunos examinaban el cuerpo y documentaban la escena, mientras otros buscaban posibles indicios en los alrededores.

A lo lejos distinguí a la responsable de que estuviera allí y me acerqué a ella mientras sacaba mis guantes para evitar contaminar cualquier prueba.

—¿Qué tenemos, Sadie?

—Gracias por venir, agente. Recibimos una llamada de una vecina que vive a un par de casas de aquí. Según su declaración, escuchó una detonación y llamó a la policía. Cuando los agentes llegaron, encontraron el cuerpo de este chico. Presenta una herida de bala y ya hemos conseguido identificarlo. Se llamaba James Whitmore.

Fruncí el ceño al escuchar el apellido.

—¿Whitmore? ¿Como Damiano Whitmore?

Reconocía ese nombre. Era el empresario que dirigía una de las compañías más reconocidas del país.

—Aparentemente, es su hijo, señor.

—Mierda. ¿Ya notificaron a la familia?

—Sí. Están en camino.

Dirigí la mirada hacia el joven tendido en el suelo. Sentí lástima por él. Nadie merecía morir de aquella manera, tan joven y con toda una vida por delante.

Mientras hablaba con mis compañeros y los investigadores que se encontraban a cargo de las primeras diligencias, unos gritos desgarradores irrumpieron en el lugar.

Me volví hacia el origen del sonido.

Una chica intentaba atravesar el perímetro policial mientras varios agentes trataban de impedirle el paso.

—¡Señorita, por favor! ¡No puede pasar!

Pero ella parecía incapaz de escucharlos.

—¡JAMES! ¡JAMES!

Las lágrimas le recorrían el rostro mientras forcejeaba desesperadamente para acercarse al cuerpo.

—¡Tengo que pasar, por favor! ¡Él no está muerto! ¡No lo está! ¡Íbamos a casarnos!

Su voz se quebró en el último grito.

Me quedé observándola durante unos segundos. Finalmente, el personal médico se acercó para atenderla, pues parecía a punto de desvanecerse.

Sentí una presencia a mi lado y giré la cabeza. Era Astor, mi mejor amigo y compañero de trabajo. Era una de las pocas personas en las que confiaba de verdad; alguien con quien había compartido suficientes experiencias como para considerarlo mi mano derecha.

—Qué pena, ¿no? —comentó, mirando la escena.

—Sí. Mucha.



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En el texto hay: asesinato, amor, amorprohibo

Editado: 31.10.2026

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