Después de ti

El peor día de mi vida

EMILIA

18 de octubre de 2014

El peor día de mi vida.

Todavía recuerdo aquel día como si hubiera sido ayer. Aún siento el mismo dolor, como una herida que nunca en la vida podrá cerrarse.

Estaba con mis amigas en mi habitación, preparándonos para una tarde de chicas. Cada una había traído algo para comer y estábamos discutiendo por la elección de la película.

—Emilia, no vamos a ver Si tuviera 30 por tercera vez. Tú elegiste la película en nuestra última juntada.

Samira y Leonor asintieron, mirándome con un fastidio divertido.

—¡Oh, vamos, chicas! Es un clásico del que nunca te aburres —dije, convencida.

—¿Cierto? ¿Cierto? ¿Nadie? ¿Okay? Elijan su tonta película ustedes —añadí, cruzándome de brazos como una niña pequeña.

—Qué infantil eres —dijo Samira, negando con la cabeza mientras se reía.

—Esta infantil el próximo año va a caminar hacia el altar y a construir su propia historia de amor. No voy a necesitar una tonta película para eso —respondí, sacándoles la lengua.

Las tres seguimos bromeando entre nosotras, disfrutando de aquella tarde sin imaginar que, en cuestión de minutos, todo cambiaría para siempre.

Unos golpes en la puerta interrumpieron nuestras risas.

—¿Sí? —grité desde mi habitación.

—Emilia, ¿puedes venir un momento? —preguntó mi mamá, con un tono de voz sospechosamente bajo.

Miré a mis amigas, extrañada.

—Qué raro… —murmuré.

Salí de la habitación y bajé las escaleras. Al llegar a la sala, encontré a nuestra vecina Gloria hablando en voz baja con mi mamá.

—¡Gloria, hola! —la saludé con una sonrisa.

Pero, en cuanto me vio, Gloria se acercó y me abrazó con fuerza.

—Ay, mi niña…

Su reacción me desconcertó. No entendía por qué me abrazaba de aquella manera, así que busqué a mi mamá con la mirada, esperando alguna explicación.

Entonces la vi.

Estaba de espaldas a mí, con los hombros temblorosos.

¿Estaba llorando?

—¿Qué pasa? Me están asustando —dije, sintiendo que algo no iba bien.

Gloria se apartó apenas para mirarme a los ojos.

—Lamento mucho tu pérdida, querida. Vine en cuanto me enteré de la noticia.

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

—¿Pérdida? ¿De qué estás hablando? —pregunté con la voz temblorosa.

Gloria dudó un instante antes de responder.

—Tu prometido, James… Ha salido en todas las noticias. Están cubriendo la noticia en el noticiero ahora mismo.

No dije nada más.

Me solté de su abrazo y corrí hacia el televisor de la sala. Lo encendí con manos temblorosas, sin saber qué esperaba encontrar, pero deseando que todo aquello fuera un terrible malentendido.

Entonces lo vi.

Un titular ocupaba la pantalla:

ENCUENTRAN MUERTO AL HIJO DEL EMPRESARIO DAMIANO WHITMORE

Leí aquellas palabras una vez.

Y otra.

No podían ser ciertas.

James no. Él no podía…

Sentí que las piernas dejaban de sostenerme. El mundo comenzó a dar vueltas a mi alrededor y, de pronto, caí al suelo.

Lo último que escuché fueron los gritos de mi mamá, que corría hacia mí pidiendo ayuda.

Y después, todo se volvió oscuro.

A partir de ese día, me sumergí en una tristeza que parecía no tener fin. La vida que tanto había planeado junto al amor de mi vida se había hecho pedazos de un momento a otro.

¿Quién lo había hecho? No lo sabíamos.

¿Por qué? Tampoco teníamos respuestas.

Solo sabíamos que James había muerto de un disparo en la cabeza y que, de pronto, todo lo que habíamos soñado juntos había desaparecido.

Lo que vino después fue un proceso largo y tormentoso. Tuvimos que esperar los resultados de la autopsia antes de poder celebrar su funeral. Recuerdo aquellos días como si hubiera estado viviendo una pesadilla de la que no podía despertar.

Todos intentaban darme ánimos. Recibía abrazos, palabras de consuelo y mensajes de personas que querían ayudarme a superar su pérdida. Pero ¿a quién quería engañar? Nada parecía suficiente. Cada día sin James se volvía más difícil que el anterior, y encontrar una razón para seguir adelante se había convertido en una lucha que ya no sabía cómo afrontar.

Dos años después de su muerte, mi dolor llegó a un punto crítico. A pesar de la terapia y del tratamiento que había intentado seguir, sentía que nada conseguía aliviar lo que llevaba dentro. Durante una de mis peores crisis, intenté acabar con mi vida.

Recuerdo muy poco de aquel momento. Lo que nunca podré olvidar es despertar y encontrarme con mis padres, ambos llorando, con el rostro marcado por el miedo y la desesperación. Mi mamá no dejaba de llamarme, mientras mi papá intentaba mantener la calma. Nunca había visto tanto dolor en sus ojos, y saber que yo les había causado aquel sufrimiento hizo que todo se volviera todavía más difícil de afrontar.

En aquel entonces, vivía sola en mi departamento. Mis padres se habían opuesto a que me mudara tan pronto, porque sabían que todavía no estaba bien. Después de insistir durante mucho tiempo, finalmente les había pedido que respetaran mi decisión.

Sin embargo, nunca dejaron de preocuparse por mí. Durante el último año, habían comenzado a visitarme con más frecuencia, pendientes de mi estado y de cómo estaba llevando mi duelo. Supongo que, en el fondo, mamá nunca imaginó que un día podría encontrarme en una situación así.

Después de aquel episodio, cambié de psicóloga. La nueva profesional me animó a probar actividades que me ayudaran a expresar mis emociones y a encontrar pequeños espacios de calma en medio de todo lo que estaba viviendo.

Fue entonces cuando descubrí el dibujo.

Poco a poco, se convirtió en mi refugio, un lugar donde podía dejar salir todo aquello que no sabía poner en palabras. Cuando dibujaba, el mundo exterior parecía quedar en silencio y, por unos instantes, conseguía respirar sin sentir que el dolor me desbordaba.



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En el texto hay: asesinato, amor, amorprohibo

Editado: 31.10.2026

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