CONNOR
18 de octubre de 2017
Estaba en mi oficina con Astor, organizando los documentos de nuestro próximo caso, cuando unos golpes en la puerta interrumpieron nuestro trabajo.
—Pasa —dije, sin apartar la vista de los papeles.
—Agente Hayes, el jefe quiere verlo —anunció mi compañero.
—Enseguida voy.
Me puse de pie y me dirigí a la oficina de Rod, mi superior. Golpeé la puerta y, casi de inmediato, escuché su voz.
—Pasa, Connor.
Entré y me senté frente a su escritorio.
—Bueno, aquí estoy. ¿Quería verme, señor?
—Sí, hijo. Verás, necesito que te hagas cargo del caso de James Whitmore.
—¿James Whitmore? —repetí, frunciendo el ceño—. ¿Mis compañeros no estaban a cargo de ese caso?
—Sí, y todavía lo están. Pero quiero que alguien más capacitado se encargue de dirigir la investigación. Además, tengo mucha confianza en ti.
Lo miré fijamente.
—Dígame la verdad, Rod.
Suspiró y se cruzó de brazos.
—Su padre está presionándonos, Connor. Damiano Whitmore es un hombre poderoso que quiere saber qué le ocurrió a su hijo.
Hizo una pausa antes de continuar.
—Me llamó hoy. Dice que los agentes encargados del caso son unos incompetentes y me exigió que pusiera a mi mejor agente al frente de la investigación. Y ese eres tú.
Solté un suspiro.
—¿Y por qué ahora? ¿Hay alguna razón en particular?
—Apareció una nueva pista. Los especialistas en informática finalmente consiguieron acceder al teléfono de James, pero alguien había borrado prácticamente toda la información. Quien lo hizo se aseguró de no dejar rastros fáciles de encontrar.
—¿Entonces?
—Consiguieron recuperar un número de teléfono. Por ahora, es nuestra única pista nueva y podría ayudarnos a descubrir qué ocurrió realmente.
Me incliné ligeramente hacia delante, prestando más atención.
—¿Sabemos a quién pertenece?
—Todavía no tenemos todas las respuestas. Por eso necesito que vuelvas a entrevistar a las personas que declararon durante la investigación original. Quiero que revises sus testimonios, encuentres posibles contradicciones y averigües si alguien recuerda algo que en aquel momento pasó desapercibido.
Asentí lentamente, empezando a organizar mentalmente todo lo que tendría que hacer.
—De acuerdo. ¿Cuándo comenzamos?
Rod miró su reloj antes de responder con una tranquilidad que me resultó irritante.
—En treinta minutos. Los primeros entrevistados están a punto de llegar.
—¿Habla en serio? —pregunté, mirándolo con evidente fastidio.
Él se levantó y me dio una palmada en el hombro.
—Sé que puedes con esto, Connor. Confío en ti.
Sin darme tiempo a responder, salió de la oficina y me dejó una carpeta con la lista de las personas que debía entrevistar.
La abrí y repasé los nombres.
Damiano Whitmore — Padre.
Victoria Whitmore — Madre.
Alexander Whitmore — Hermano.
Nathaniel Caldwell — Mejor amigo.
Amber Linch — Amiga.
Emilia Bennett — Exprometida.
Mis ojos se detuvieron en el último nombre.
Emilia Bennett.
Por un instante, mis pensamientos regresaron a aquel día de octubre de 2014. Recordé los gritos, la desesperación y a aquella joven que intentaba acercarse al cuerpo de James mientras todos trataban de contenerla.
Recordé su rostro bañado en lágrimas y la manera en que se negaba a aceptar lo que estaba sucediendo.
Me pregunté cómo estaría después de todo aquel tiempo.
Sacudí la cabeza, intentando apartar esos pensamientos.
No era asunto mío. Mi trabajo consistía en descubrir quién había matado a James Whitmore, no en preocuparme por la vida personal de sus seres queridos.
Cerré la carpeta y regresé a mi oficina.
Al entrar, silbé para llamar la atención de Astor, que seguía concentrado en unos documentos.
Agité la carpeta frente a él.
—Levanta tu trasero de esa silla y acompáñame. Tenemos trabajo que hacer.
Astor se puso de pie de inmediato, como si la silla tuviera astillas, y me dedicó un saludo militar exageradamente serio.
—¡Sí, señor! ¡A la orden, señor!
No pude evitar reírme.
—Eres un idiota.
—Y aun así, soy tu compañero favorito.
—No te emociones.
Salí de la oficina rumbo a la sala de interrogatorios, con Astor pisándome los talones y el expediente Whitmore bajo el brazo.
Treinta minutos.
Seis personas.
Y un caso que llevaba tres años sin respuestas.
Algo me decía que aquel día iba a ser mucho más largo de lo que esperaba.
Damiano Whitmore entró en la sala con el rostro endurecido y el cansancio marcado bajo los ojos. Era un hombre acostumbrado a que los demás hicieran lo que pedía, pero aquella mañana parecía haber comprendido que ni siquiera su dinero podía devolverle a su hijo.
Se sentó frente a mí y dejó las manos sobre la mesa.
—Espero que esta vez las cosas sean diferentes, agente Hayes.
—Eso dependerá de la información que obtengamos, señor Whitmore.
Su mandíbula se tensó.
—Han pasado tres años. Tres años sin respuestas.
—Lo sé. Por eso vamos a revisar cada detalle desde el principio. ¿Cuándo vio a James por última vez?
Damiano bajó la mirada durante un instante antes de responder.
Mientras hablaba de su hijo, presté atención no solo a sus palabras, sino también a los silencios. Me contó que James tenía planes para su futuro y que nunca imaginó que aquella sería la última vez que lo vería.
No obtuve una confesión ni una pista decisiva. Sin embargo, cuando la entrevista terminó, me quedó una impresión: aquel hombre no iba a dejar que el caso descansara mientras él siguiera vivo.
Las siguientes entrevistas no fueron más esclarecedoras.
Victoria Whitmore habló de un hijo cariñoso, de los planes que había hecho para su futuro y de una familia que nunca volvió a ser la misma después de su muerte.
Alexander, en cambio, recordaba a su hermano de una manera menos idealizada. Admitió que habían discutido alguna vez, aunque no pudo precisar cuándo había sido la última discusión.
Nada de aquello demostraba que alguien estuviera ocultando algo. Tres años eran tiempo suficiente para confundir recuerdos, olvidar detalles y reconstruir involuntariamente el pasado.
Aun así, anoté cada diferencia entre sus declaraciones.
La tercera entrevista del día correspondía a Nathaniel Caldwell, el mejor amigo de James.
Entró en la sala con una expresión seria, aunque no parecía especialmente nervioso. Se sentó frente a nosotros y apoyó los antebrazos sobre la mesa.
Astor tomó asiento a mi lado, preparado para registrar sus respuestas.
—Señor Caldwell —comencé—, usted y James se conocían desde hacía muchos años, ¿correcto?
—Desde la escuela preparatoria. Éramos inseparables.
—¿Cuándo fue la última vez que lo vio con vida?
Nathaniel bajó la mirada unos segundos.
—Un par de días antes de que muriera. Quedamos para hablar, pero estaba distraído. Parecía preocupado por algo.
—¿Le dijo qué le ocurría?
—No exactamente. Le pregunté si tenía problemas con Emilia, pero me dijo que no tenía nada que ver con ella.
Anoté su respuesta.
—¿Y qué cree que le preocupaba?
Nathaniel se encogió de hombros.
—No lo sé. James era bastante reservado cuando algo le molestaba.
Hasta ese momento, sus respuestas no me habían parecido extrañas. Sin embargo, cuando estaba a punto de pasar a la siguiente pregunta, añadió algo que me hizo levantar la mirada.
—Solo espero que su familia les haya contado lo de aquella discusión.
Dejé el bolígrafo sobre la mesa.
—¿Qué discusión?
Nathaniel pareció darse cuenta demasiado tarde de lo que acababa de decir.
—Una discusión que tuvo con alguien de su familia. No sé exactamente qué pasó.
—¿Con quién discutió?
—No lo sé con seguridad. James no me lo contó todo.
Lo observé en silencio durante unos segundos.
—Señor Caldwell, acaba de decir que espera que su familia nos haya contado algo que, según usted, nosotros todavía no sabemos. ¿Cómo sabe que hubo una discusión?
Nathaniel se removió en la silla.
—Porque lo vi después. Estaba de mal humor y tenía la camisa arrugada. Le pregunté qué había pasado, pero no quiso hablar del tema.
—¿Cuándo ocurrió eso?
—Unos días antes de su muerte. No recuerdo la fecha exacta.
Astor dejó de escribir y me miró brevemente.
—¿Y por qué no mencionó esa discusión en su declaración anterior? —pregunté.
Nathaniel apretó los labios.
—Porque en aquel momento no pensé que fuera importante. James y yo nunca nos contábamos absolutamente todo.
Era una explicación posible. También podía ser una forma de ocultar algo.
—¿Está seguro de que no sabe con quién discutió?
—Estoy seguro de que no lo vi discutir con nadie. Solo lo vi después.
Cerré la carpeta que tenía delante.
—Por ahora, eso es todo. Es posible que necesitemos volver a hablar con usted.
Nathaniel asintió y se levantó. Antes de salir, se detuvo junto a la puerta.
—Agente Hayes, yo quería a James como a un hermano. Si cree que sé algo que puede ayudarles a encontrar a quien hizo esto, pregúnteme lo que necesite.
Esperé hasta que la puerta se cerró.
—¿Qué opinas? —le pregunté a Astor.
Mi compañero dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Que acaba de entregarnos una información que no teníamos.
—Y que no explicó por qué la omitió durante tres años.
Miré las notas de la entrevista.
Nathaniel podía estar ocultando algo. Pero también podía haber recordado un detalle que en su momento le pareció insignificante.
—Quiero que comprobemos cuándo ocurrió esa discusión y que averigüemos si alguien más la recuerda —dije—. Sin sacar conclusiones todavía.
Astor asintió.
Por primera vez desde que había abierto el expediente, teníamos una nueva línea que seguir.
Y Nathaniel Caldwell acababa de convertirse en una de las personas a las que prestaríamos especial atención.
Editado: 31.10.2026