EMILIA
18 de octubre de 2017
Me encontraba sentada en la sala de espera, aguardando a que llegara mi turno para el interrogatorio.
La última vez no había tenido una buena experiencia. Los agentes que me entrevistaron hacían preguntas absurdas y trataban de interpretar los papeles del policía bueno y el policía malo de una manera bastante lamentable, si me preguntaban a mí.
Esta vez nos habían llamado para informarnos que habían asignado el caso a otro agente y que necesitaban que volviéramos para realizar nuevas entrevistas.
Mientras esperaba, tuve la oportunidad de hablar con los padres de James.
La verdad era que siempre se habían portado muy bien conmigo. Eran personas maravillosas y, desde que James y yo comenzamos nuestra relación, me habían hecho sentir parte de su familia.
Damiano era quien parecía llevar peor la pérdida. Él y James habían sido inseparables, y bastaba con mirarlo para comprender cuánto le había afectado su muerte. Las ojeras bajo sus ojos y aquella mirada apagada hablaban de noches sin dormir y de un dolor que ni siquiera el paso de los años había conseguido aliviar.
Me pregunté si alguna vez volveríamos a ser los mismos.
—Señorita Bennett —llamó una voz desde la puerta—. Pase, por favor. Es su turno.
Asentí y me puse de pie. Me alisé la ropa por puro nerviosismo y respiré profundamente antes de dirigirme hacia la sala.
Al entrar, encontré a dos hombres sentados al otro lado de una mesa. Uno de ellos era de cabello oscuro, llevaba gafas rectangulares y tenía una expresión tan seria que resultaba difícil adivinar qué estaba pensando. El otro parecía más relajado, aunque no dejaba de observarme.
—Señorita Bennett, soy el agente Connor Hayes —dijo el hombre de las gafas, señalando la silla frente a él—. Él es mi compañero, el agente Astor.
—Buenos días —respondí sin demasiado entusiasmo mientras tomaba asiento.
Connor abrió una carpeta y echó un vistazo a los documentos.
—Sé que ya declaró hace tres años, así que intentaré no hacerle perder más tiempo del necesario. Sin embargo, han aparecido nuevos elementos y necesitamos aclarar algunos detalles.
Solté una pequeña risa sin humor.
—Qué conveniente. Tres años después, por fin aparecen nuevos elementos.
Astor me dirigió una mirada cautelosa, pero Connor no pareció inmutarse.
—Entiendo su frustración.
—No, agente. Con todo respeto, no creo que la entienda.
Se hizo un breve silencio. Connor dejó los documentos sobre la mesa y entrelazó las manos.
—Empecemos por lo más sencillo. ¿Cuándo fue la última vez que vio a James con vida?
Tragué saliva.
Había preguntas que una podía escuchar cientos de veces y que, aun así, seguían doliendo como la primera.
—La madrugada del dieciocho de octubre —respondí—. James vino a mi casa para darme una sorpresa.
Por un instante, olvidé la sala de interrogatorios. Volví a aquella mañana, a la luz tenue que se colaba por las ventanas y al sonido de alguien llamando a mi puerta cuando todavía estaba medio dormida.
James estaba allí, con una bolsa de desayuno en las manos y una sonrisa que intentaba parecer natural.
Había traído café, cruasanes y algunas de mis cosas favoritas. Era el tipo de detalle que siempre tenía conmigo, incluso cuando no había ninguna ocasión especial.
Pero había algo extraño en él.
Su sonrisa no le llegaba a los ojos. Tenía el ceño ligeramente fruncido y parecía distraído, como si su cabeza estuviera en otro lugar.
—¿Está todo bien? —le pregunté mientras lo hacía pasar—. Pareces enfadado.
James dejó la bolsa sobre la mesa y me miró.
—Estoy bien, Em.
—¿Seguro? Porque tienes una cara…
Intenté bromear, pero él apenas sonrió.
—Te lo prometo. No pasa nada, ¿de acuerdo? No tienes que preocuparte.
Quise creerle. Era James. Si había algo que me preocupaba, siempre encontraba la manera de tranquilizarme.
Así que no insistí.
Desayunamos juntos y, aunque por momentos parecía ausente, terminó despidiéndose de mí con un beso en la frente y una promesa de que nos veríamos más tarde.
No sabía que aquella sería la última vez.
—Señorita Bennett.
La voz de Connor me devolvió bruscamente al presente.
Parpadeé varias veces y descubrí que tenía las manos apretadas sobre mi regazo.
—¿Recuerda con exactitud a qué hora llegó?
—No. Era de madrugada. No miré el reloj.
Connor anotó algo.
—¿Y cuánto tiempo estuvo allí?
—No lo sé. ¿Una hora? Quizá un poco menos.
—¿Y no le pareció extraño que llegara a esa hora, con un comportamiento que usted misma describe como inusual?
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—Ha dicho que estaba enfadado y distraído. ¿No le preguntó qué le ocurría? ¿No consideró que podría estar ocultándole algo?
Lo miré sin poder creer lo que acababa de escuchar.
—Ya le dije que le pregunté. Me respondió que no pasaba nada.
—Pero usted notó que algo no estaba bien.
—¡Era mi prometido! ¡Claro que noté que algo no estaba bien! Lo conocía mejor que nadie.
Connor mantuvo la mirada fija en mí.
—Entonces, ¿por qué no insistió?
Sentí que algo se encendía dentro de mi pecho.
—¿Perdón?
Astor se removió incómodo en su silla.
—Connor…
Pero mi atención estaba puesta en el hombre que tenía delante.
—¿Está intentando decir que yo debería haber hecho algo? —pregunté, elevando la voz—. ¿Que tendría que haberlo interrogado hasta obligarlo a contarme lo que le pasaba?
—Estoy intentando comprender por qué no consideró importante ese comportamiento en su momento.
—¡Porque no sabía que iba a morir! —solté, golpeando la mesa con la palma de la mano—. ¡Porque era una mañana cualquiera y yo no tenía ninguna maldita razón para pensar que sería la última vez que lo vería!
El silencio que siguió fue incómodo.
Connor pareció darse cuenta de que había ido demasiado lejos, pero su expresión seguía siendo tan rígida que me resultó imposible distinguir si sentía algo de arrepentimiento.
—Señorita Bennett, necesito que mantenga la calma.
Aquello terminó de colmar mi paciencia.
—¿Que mantenga la calma? Llevo tres años intentando mantener la calma. Llevo tres años escuchando preguntas, soportando miradas de lástima y esperando que alguien descubra quién me arrebató a la persona que más amaba. ¡Y usted se sienta ahí y me pregunta por qué no insistí lo suficiente!
—Nadie la está acusando de nada —intervino Astor rápidamente, levantando una mano—. El agente Hayes solo está tratando de reconstruir lo que ocurrió. Entendemos que es difícil para usted.
Giré la cabeza hacia él.
—¿De verdad? ¿Lo entienden? Porque ninguno de ustedes parece comprender lo que significa tener que revivir el peor día de tu vida cada vez que alguien decide hacer su trabajo tres años tarde.
Astor abrió la boca, pero no encontró una respuesta.
Connor cerró la carpeta.
—No era mi intención ofenderla.
—Pues debería aprender a pensar antes de hablar, agente.
—Y usted debería entender que necesito hacer preguntas difíciles para encontrar al responsable.
Me quedé mirándolo, incrédula.
—¿Preguntas difíciles? No confunda ser un buen agente con ser un completo imbécil.
—Emilia, por favor… —murmuró Astor, que ya no sabía dónde meterse.
—No me llame así —espeté, volviendo la mirada hacia Connor—. Para usted soy la señorita Bennett.
Él apretó la mandíbula.
—Como quiera, señorita Bennett. Pero si no puede responder sin alterarse, quizá deberíamos continuar en otro momento.
Miré el vaso de agua que tenía delante. Después volví a mirarlo a él.
Y antes de que Astor pudiera pronunciar otra palabra, tomé el vaso y le arrojé el agua directamente a la cara.
El sonido del líquido salpicando la mesa fue lo único que se escuchó durante unos segundos.
Connor se quedó inmóvil. El agua le empapaba las gafas, le resbalaba por el rostro y caía sobre el cuello de su camisa.
Astor tenía los ojos muy abiertos.
Yo me puse de pie, con el corazón golpeándome el pecho.
—La próxima vez que quiera interrogarme, agente Hayes, aprenda primero a tratar a las personas como seres humanos.
Agarré mi bolso y me dirigí hacia la puerta.
—Señorita Bennett, espere… —intentó decir Astor.
—¡No!
Abrí la puerta y salí sin mirar atrás.
—————————————————————————----------------------------------------------------------------------
Cuando mis pasos dejaron de escucharse en el pasillo, el silencio regresó a la sala.
Astor giró lentamente la cabeza hacia Connor.
El agente seguía sentado, con las gafas torcidas y el cabello húmedo. Tenía una expresión tan furiosa que Astor tuvo que apretar los labios para contener una carcajada.
No lo consiguió del todo. Un pequeño sonido escapó de su garganta.
Connor levantó la mirada.
—Ni se te ocurra.
Astor se aclaró la garganta y fingió acomodarse en la silla.
—No he dicho nada.
—Pero estás pensando en hacerlo.
—Yo jamás me burlaría de un compañero en un momento tan delicado.
Connor se quitó las gafas empapadas y las dejó sobre la mesa.
Astor miró hacia otro lado, con los hombros temblándole por el esfuerzo de no reírse.
—Astor.
—¿Sí, jefe?
Connor lo señaló con un dedo, todavía chorreando agua.
—Le cuentas a alguien lo que acaba de pasar y te mato.
Astor apretó los labios con más fuerza.
—Entendido. Secreto profesional.
Connor le lanzó una mirada asesina.
—Fuera de mi vista.
Astor se levantó de inmediato, aunque esta vez no pudo evitar que se le escapara una risa mientras salía de la sala.
Connor volvió a mirar la puerta por la que Emilia había desaparecido.
Aquella mujer acababa de lanzarle un vaso de agua en la cara, insultarlo y abandonar un interrogatorio del FBI.
Y, por alguna razón, tenía la desagradable sensación de que aquello no sería lo último que escucharía de Emilia Bennett.
Editado: 31.10.2026