Emma nunca creyó que los gestos simples fueran tan poderosos. Durante años, había convivido con relaciones donde las palabras rimbombantes y las promesas eternas ocupaban el primer plano, pero terminaban diluyéndose en la falta de acciones reales. Con Leo, en cambio, eran los pequeños actos los que hablaban más fuerte.
Él le dejaba post-its en la nevera con frases como “Respira hondo, que hoy es tu día” o “Hoy solo sonríe… yo me encargo del resto”. Le preparaba café justo como a ella le gustaba, con un toque de canela y sin azúcar, porque decía que “Emma ya era suficiente dulzura para la mañana”.
Una tarde, después de una jornada agotadora en la redacción, Emma llegó a casa y encontró un sobre color marfil sobre la mesa del comedor. No tenía remitente. Lo abrió con curiosidad. Dentro había una entrada para una obra de teatro que ella había mencionado en una conversación casual, semanas atrás.
Y junto a la entrada, una nota:
> "Dijiste que querías verla, pero siempre se te olvidaba regalarte tiempo. Este viernes, a las ocho. Yo te llevo. Solo ponte algo bonito y deja que la noche te abrace."
– Leo
Emma no lo mostró, pero esa noche lloró en la ducha. No por tristeza, sino por gratitud. Por sentir, después de tanto, que alguien la miraba de verdad, con atención, con deseo de cuidarla, sin que ella tuviera que mendigarlo.
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El viernes llegó. Emma eligió un vestido negro simple, con escote discreto y tacones bajos. No buscaba deslumbrar, solo sentirse ella misma. Cuando Leo la recogió, la miró como si fuese la única mujer en la ciudad. Durante toda la obra, no soltaron las manos. Reían a media voz, intercambiaban miradas, y en los momentos más emotivos, Emma sentía su pulgar acariciarle la piel como si quisiera protegerle hasta el alma.
Después, caminaron bajo una llovizna tenue. Leo se quitó la chaqueta y la puso sobre los hombros de Emma.
—Podrías enfermarte —protestó ella, sonriendo.
—Podría dejar de respirar también, pero no me parece una gran idea —dijo él, haciendo una mueca dramática.
Ambos rieron. Había algo especial en esa noche. Una ligereza, un presente absoluto.
—No quiero que esto se acabe nunca —murmuró Emma mientras caminaban.
Leo se detuvo. La miró en medio de la calle mojada, con faroles iluminándola como si fuera una escena de película.
—Entonces quédate conmigo. En serio. Ven a vivir conmigo. Ya. Hoy. Esta semana. No quiero pasar otro día sin verte al despertar.
Emma, sin responder, lo besó con fuerza. Y fue sí. Fue un sí absoluto.
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Los días siguientes fueron una mezcla de mudanza caótica, cajas, libros por todas partes y muchas risas. Instalarse juntos fue más fluido de lo que Emma había imaginado. Cocinaban juntos, trabajaban uno frente al otro, discutían qué plantas tener en el balcón y quién dejaba la toalla mojada sobre la cama.
Se sentía bien. Se sentía real.
Pero entre todo eso… empezaron a aparecer detalles que inquietaban a Emma. Pequeños, casi imperceptibles.
Una noche, Leo recibió una llamada y salió al balcón. Estuvo allí más de veinte minutos. Al volver, dijo que era un cliente con una crisis de última hora. Emma no preguntó. Pero la mirada de Leo era diferente. Más opaca.
Otro día, notó que borró rápidamente un mensaje antes de mostrarle una foto en su celular. Dijo que era solo un mensaje “innecesario del trabajo”. Emma lo dejó pasar. Pero algo se instaló en su pecho.
No eran cosas grandes. No eran pruebas. Solo sensaciones. Como nubes que se forman de a poco en un cielo aparentemente despejado.
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Una tarde, mientras Emma trabajaba desde casa, el celular de Leo vibró en el sofá. Él estaba en la ducha. Emma lo ignoró al principio. Pero luego volvió a sonar. Y otra vez. Y otra.
El nombre que aparecía en pantalla era Catalina H.
Emma tragó saliva. Ese nombre… no lo conocía. Leo jamás la había mencionado. Y nadie insistía tanto a menos que tuviera algo pendiente… o algo que ocultar.
No contestó. No revisó el mensaje. Solo lo miró. Y esperó.
Cuando Leo salió de la ducha, Emma seguía sentada, mirando la pantalla del celular que vibraba por quinta vez.
Leo se detuvo. Vio el nombre. Y su rostro cambió.
No fue culpa. No fue sorpresa. Fue un instante de duda. Como si no supiera qué versión contar.
—¿Quién es Catalina? —preguntó Emma, sin elevar la voz.
Leo tomó aire. No contestó de inmediato.
—Alguien del pasado. Nada importante.
Emma lo miró, sintiendo cómo algo en su interior se tensaba. No insistió. No hizo escándalo. Solo guardó silencio.
Pero ya no era el mismo. Algo se había movido.
Y ese “nada importante” comenzaría pronto a desmoronar lo que, hasta entonces, parecía irrompible.