Emma no había dormido bien, pero su rostro no lo mostraba. Había aprendido a disfrazar el cansancio con una buena taza de café, labios ligeramente pintados y una sonrisa breve. De esas que no entregan nada, pero evitan preguntas.
Sin embargo, esa mañana, mientras caminaba hacia la oficina, algo era distinto. No era solo el mensaje de Iván de la noche anterior, era la forma en que había reaccionado ante él. Antes, Emma habría desconfiado. Se habría cerrado como una puerta con mil candados. Pero ahora… simplemente se sintió tranquila.
No emocionada. No ansiosa. Solo en calma.
Esa misma tarde, mientras terminaba de revisar unos informes, le llegó un mensaje al celular. Era de un número desconocido.
> Hola, Emma. Soy Iván. Sé que a veces la rutina nos consume, pero si te animas, hay un café al que voy a veces. No es pretencioso, pero el silencio es bueno y el café aún mejor. Estaré allí hoy a las 6. No espero nada. Solo comparto. Si puedes, bien. Si no, también lo entiendo. —Iván.
Emma leyó el mensaje varias veces. No contenía presión, ni halagos baratos. Solo una invitación sincera. Eso fue lo que la convenció.
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A las 5:45 salió de su oficina. No se cambió de ropa ni se maquilló más. Fue como era. Tal como estaba. Algo que con Leo nunca había hecho. Con él, siempre se sintió en la obligación de ser “más” de lo que era. Más bonita. Más inteligente. Más encantadora. Con Iván, en cambio, no sentía que debía impresionar. Solo ser.
El café era pequeño, de luces cálidas, escondido entre dos librerías viejas. Iván ya estaba ahí, con un libro en la mano y un té frente a él. Cuando la vio, se puso de pie con una sonrisa honesta, de esas que no ensayan.
—Pensé que tal vez no vendrías —dijo él.
—Yo también lo pensé —admitió ella—. Pero aquí estoy.
Iván no preguntó por qué. No indagó. No hizo comentarios sobre su aspecto ni buscó halagarla de forma superficial. Simplemente pidió un café para ella, sin azúcar, tal como le gustaba, y volvió a sentarse con naturalidad.
—¿Y qué lees? —preguntó Emma.
—Poesía japonesa. Me ayuda a recordarme que el silencio también tiene música —respondió.
Ella sonrió. Aún se sorprendía de lo fácil que era hablar con él, sin sentir que debía defenderse o protegerse todo el tiempo.
—¿Y tú? ¿Cómo estás de verdad? —preguntó Iván con tono pausado.
Esa pregunta la desarmó un poco. No la típica cortesía de “¿cómo estás?”, sino la versión profunda, sincera, que no acepta un “bien” vacío como respuesta.
Emma bajó la mirada. Apretó el borde de la taza.
—Estoy… aprendiendo a reconstruirme. No desde cero, pero sí desde el dolor. Me costó dejar de culparme por lo que no funcionó. Me sentía insuficiente. Como si su traición hablara más de mí que de él.
Iván no la interrumpió. No la corrigió. Solo la escuchó.
—Pero ahora estoy en ese punto donde no busco a alguien que me salve —continuó Emma—. Solo quiero rodearme de personas que no me hundan más.
Iván asintió lentamente.
—Me parece que ya estás más cerca de lo que crees —le dijo—. Estás sentada aquí. Eso ya es mucho.
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Hablaron durante horas. De libros, de música, de lo mucho que ambos disfrutaban los días grises. Él le contó de su divorcio, sin detalles morbosos, solo como una historia más. Le confesó que había aprendido que el amor no debía doler tanto. Y que a veces la soledad no era un castigo, sino un refugio.
Emma no se sintió expuesta. Por primera vez, en mucho tiempo, alguien la estaba mirando sin intentar poseerla.
Cuando se despidieron, no hubo besos ni promesas. Solo un:
—Gracias por venir —dijo él, mirándola con gratitud real.
Y un:
—Gracias por escuchar —respondió ella.
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Esa noche, Emma llegó a casa y encendió una vela. El fuego tembló como su corazón. No era amor lo que nacía, no todavía. Pero era respeto. Era seguridad. Y en el fondo, el respeto era lo que Leo nunca le dio.
Escribió en su diario:
> Hoy no sentí que tenía que defenderme. No temí ser yo. No sentí que me analizaban ni que me comparaban. Hoy solo fui. Y eso, para mí, ya es esperanza.
Cerró el cuaderno con un suspiro largo. Porque a veces, el alma no necesita palabras. Solo necesita ser acogida. Y eso, en silencio, fue lo que empezó a pasar entre ella e Iván.