Emma despertó antes que el sol. La luz tenue filtrada por las cortinas apenas tocaba el suelo de su habitación, pero su mente ya recorría la escena del parque de la noche anterior. Aún podía sentir el roce de los labios de Iván, el calor de su mano en la suya, y esa paz extraña que había invadido su pecho. No era euforia. No era pasión desbordada. Era algo más sutil, más hondo: una presencia calmada que se había colado entre los espacios rotos de su alma.
Se quedó en la cama, observando el techo. Por primera vez en meses, no sentía angustia al despertar. Pero eso no significaba que no hubiera miedo. Porque había. Uno nuevo. Uno que se colaba entre la ternura que le provocaba Iván. El miedo a arruinarlo todo.
¿Y si me equivoco otra vez? ¿Y si esto solo es un espejismo? ¿Y si lo pierdo apenas lo empiece a amar?
Las preguntas no pedían permiso. Solo aparecían, una tras otra, como fantasmas vestidos de lógica.
Se levantó, se duchó lentamente, y se preparó una taza de café negro. Mientras el aroma llenaba la cocina, revisó su celular. Un mensaje de Iván esperaba en la pantalla:
> “Buen día, Emma. No tengo palabras para ayer. Solo sé que me dormí con el corazón liviano. Que tengas un día hermoso. No dejes que el mundo te quite la dulzura.”
Ella sonrió. Lo leyó dos veces. Después, comenzó a escribir una respuesta, pero borró las palabras antes de enviarlas. ¿Qué debía decir? ¿Cómo poner en frases simples todo ese temblor interno?
Decidió no responder todavía. Quería ordenarse primero. Aclararse. Respirar.
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Durante el día, trabajó en su oficina con más distracciones que de costumbre. Mientras sus compañeras hablaban de informes y proyectos, ella se perdía mirando por la ventana. Cada vez que su mente se desviaba hacia Iván, sentía una punzada de nostalgia por algo que aún no terminaba de vivir. Algo frágil. Algo que podía quebrarse con una sola duda.
En la tarde, cuando salió del trabajo, el cielo estaba nublado y una llovizna tímida comenzaba a caer. Caminó sin paraguas, disfrutando el agua en su piel. Recordó una frase que su abuela solía decirle cuando era niña: “Las gotas limpian la tristeza escondida”.
Tal vez eso era lo que necesitaba. Limpiar. Soltar. Dejar espacio a lo nuevo, aunque diera miedo.
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Al llegar a casa, encontró un sobre en el buzón. No tenía remitente. Adentro, una pequeña fotografía en blanco y negro: era ella, sentada en el parque, con la cabeza apoyada en la de Iván. La había tomado sin que lo notaran. En la parte trasera, con letra firme, había una frase:
> “A veces, lo real ocurre en silencio. Y aún así, es lo más fuerte.”
Emma supo que era de él. No lo decía, pero lo sentía. Esa forma de expresarse, esa sutileza, ese amor silencioso que no exigía nada.
Sostuvo la foto entre los dedos y se permitió llorar. No por tristeza, sino por la belleza del momento. Porque alguien la estaba viendo de verdad. Y eso, después de tanto abandono, era casi insoportable de tan real.
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Esa noche, lo llamó.
—¿Puedes venir? —preguntó con voz baja—. Solo... quiero hablar.
Iván no preguntó nada. Respondió que sí.
Treinta minutos después, estaba en la puerta con su chaqueta mojada, el cabello despeinado y una sonrisa que no necesitaba explicación.
Emma lo hizo pasar. Preparó té. Se sentaron en el sofá. Y durante un largo rato, no dijeron nada.
Hasta que ella rompió el silencio.
—Tengo miedo.
Iván la miró con atención, sin interrumpirla.
—Miedo de sentir tanto por alguien tan pronto. Miedo de confiar de nuevo. Miedo de que esto que empieza tan bonito termine como todo lo anterior. Porque me conozco... cuando empiezo a amar, me entrego toda. Y a veces, no sé si es mi corazón el que elige, o mis heridas.
Iván tomó la taza con las dos manos. Inhaló profundo. Luego respondió:
—Yo también tengo miedo, Emma. No de ti, ni de lo que siento. Pero sí de que mis silencios te parezcan distancia. De que no sepas cuánto me importas, incluso cuando no digo nada. Y sobre todo, tengo miedo de no ser suficiente para ti. Porque te veo, y sé que estás aprendiendo a reconstruirte. Y no quiero ser una pausa en tu sanación. Quiero ser parte de ella.
Las palabras flotaron entre ellos como plumas suspendidas en el aire.
Emma se acercó lentamente. Apoyó su cabeza en su hombro. Y ahí, con los ojos cerrados, murmuró:
—No me sueltes. Ni siquiera cuando me aleje un poco por miedo. Solo... quédate.
—Siempre —respondió él—. Y si te alejas, te espero desde donde estés lista.
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La noche los envolvió. Hablaron de sus infancias, de libros, de las cicatrices que aún no saben cómo nombrar. Iván le contó sobre la muerte de su hermano, sobre los silencios que aprendió a cargar desde niño. Emma compartió los vacíos que dejó su madre, y la forma en que a veces sentía que no sabía cómo amar sin necesitar.
Fue una conversación sin adornos, cruda pero hermosa. Dos almas despobladas intentando reconocerse sin juicios. Y entre confesiones, risas suaves y lágrimas pequeñas, nació algo más fuerte que un beso.
Nació la complicidad.
La promesa tácita de caminar juntos sin forzar el paso.
Cuando Iván se fue, la abrazó largo. No dijeron adiós. No lo necesitaban.
Emma cerró la puerta y se quedó un momento apoyada en ella. Luego fue al espejo, como cada noche desde que lo conoció. Se miró a los ojos. Y esta vez, en vez de hablarse, solo se sonrió.
Ya no tenía que convencerse de que iba a estar bien.
Lo sentía. Y eso era suficiente.