Despues Del Dolor ,el Amor Verdadero

LAS RAICES Y LAS RAMAS

La brisa de la tarde traía consigo un aroma a tierra mojada. Era uno de esos días en los que el mundo parecía estar en pausa. Emma caminaba por el jardín del pequeño hotel campestre donde Iván había decidido pasar el fin de semana con ella. Se suponía que era una escapada. Un descanso. Un regalo después de semanas de trabajo y emociones intensas.

Pero no sabía que ese lugar, con su quietud engañosa, se convertiría en el escenario de una prueba que ninguno había anticipado.

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—Emma —dijo Iván, mientras tomaban café bajo el porche—, necesito decirte algo antes de que lleguen.

Ella lo miró, con la taza a medio camino de los labios.

—¿Quién va a llegar?

—Mi madre. Y mis hermanas. Están de paso por aquí… Y quieren conocerte.

El corazón de Emma se aceleró de inmediato. No por timidez. Sino por temor a ser juzgada. Sabía que, a pesar de estar construyendo algo hermoso con Iván, el mundo no siempre veía con los mismos ojos a las personas que habían sido heridas.

—¿Y saben de mí?

—Saben lo que necesito que sepan. Que estoy contigo. Que te quiero. Que eres una mujer increíble.

—¿Saben de Leo?

Iván vaciló. Bajó la mirada.

—No todos los detalles. Pero sí saben que sufriste mucho. Y que no tuviste la culpa.

Emma asintió, pero dentro de ella una espina comenzaba a clavarse. Sabía que el amor no siempre bastaba cuando los prejuicios se convertían en murallas.

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Las mujeres llegaron con la fuerza de una tormenta elegante: su madre, Elena, era de mirada dura y voz suave. Una mujer que había criado sola a sus hijos y que, con los años, se volvió una maestra del juicio silencioso. Las hermanas, Clara y Mónica, eran distintas entre sí, pero compartían una desconfianza protectora que Emma sintió al instante.

La cena transcurrió entre conversaciones tensas, preguntas disfrazadas de cortesía y miradas que evaluaban todo: desde el tono de su voz hasta la forma en que sujetaba la servilleta. Emma, aunque se esforzaba por sonreír, sentía cada palabra como una inspección.

—¿Y a qué te dedicas, Emma? —preguntó Clara.

—Soy diseñadora gráfica. Trabajo como freelance desde hace un año.

—Ah, freelance... —dijo la madre de Iván, como quien traduce eso a “inestabilidad”.

—¿Y tu familia? —preguntó Mónica—. ¿Dónde viven?

—Mi madre vive en Loja. Mi padre murió hace años. Tengo un hermano menor, pero vive en el extranjero.

—¿Estás divorciada? —soltó Elena, sin preámbulos.

La mesa quedó en silencio. Iván apretó la mano de Emma por debajo del mantel.

—Nunca estuve casada. Estuve en una relación larga que terminó mal. Eso es todo.

—¿Y qué tan mal? —insistió la mujer, como si el dolor pudiera medirse con exactitud.

Emma respiró hondo. No responder también era una respuesta.

—Suficiente como para que hoy valore lo que de verdad importa —dijo con firmeza.

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Esa noche, cuando la familia se retiró a sus habitaciones, Emma salió al jardín. El cielo estaba claro, y las estrellas eran las únicas testigos de su silencio. Iván la encontró sentada bajo el árbol más grande del lugar, con la mirada perdida.

—¿Estás bien? —le preguntó.

—¿Honestamente? No. No porque me doliera lo que dijeron. Sino porque recordé todo lo que he tenido que defender de mí misma.

—No tienes que justificar nada, Emma.

—¿Y si un día esa familia se convierte en la tuya? ¿Y si tengo que luchar todos los días por demostrar que soy suficiente?

Iván se arrodilló frente a ella.

—No tienes que demostrarle nada a nadie. Solo a ti misma. Yo no quiero que te adaptes a nadie. Quiero que seas tú. La que me enamoró sin permiso. La que no necesita aprobación para valer. Si mi madre no puede ver eso, es su ceguera, no tu defecto.

Emma sintió una lágrima rodar por su mejilla. Pero esta vez, no era de tristeza.

—¿De verdad me amas así? —susurró.

—No. Te amo más que eso.

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La mañana siguiente fue distinta. Elena pidió hablar con Emma a solas.

—No soy una mujer fácil, Emma. Ni cariñosa. He visto a muchas mujeres romperle el corazón a mis hijos. Y a muchas que no supieron sostenerse cuando la vida las golpeó.

—No soy una víctima, señora Elena. Y tampoco una amenaza.

—Eso ya lo sé. —Hizo una pausa—. Ayer te miré con ojos de madre protectora. Pero hoy te miro con ojos de mujer. Y veo a alguien que sobrevivió. Y que no se quedó en ruinas.

Emma se quedó en silencio. Era lo más cercano a una aceptación que iba a obtener. Y le bastaba.

—Gracias —respondió simplemente.

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El último día, cuando la familia se despidió, Clara le dio un abrazo suave. Mónica le sonrió. Elena le tocó la mano con delicadeza.

Cuando se quedaron solos, Iván la abrazó por la espalda.

—¿Ves? No estás sola en esto.

—Lo sé. Pero ahora también sé que amar a alguien no significa borrar tu historia. Significa encontrar a quien la valore, con todo y sus páginas más oscuras.

—Y eso haré cada día.

Emma lo besó, no como quien dice “te quiero”, sino como quien dice “confío”.

Porque ahora sabía que el amor verdadero no necesita perfección. Solo presencia. Y verdad.



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En el texto hay: dark romance, romántico

Editado: 16.08.2025

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