Después del silencio

CAPÍTULO 6. El beneficiario

Mara leyó los tres mensajes cuatro veces.

No busques a Andrés Vela.

Busca quién cobró cuando murió.

Ahí empieza Gael.

No había firma.

No hacía falta.

O quizá precisamente por eso sí.

—¿Es él? —preguntó Celia.

—No sé.

—¿Gael?

Mara siguió mirando la pantalla.

—El primer mensaje que parecía suyo no lo había enviado él.

—Y ahora podría pasar lo mismo.

—Sí.

—Entonces no hagas nada.

Mara levantó la vista.

—¿Nada?

—Nada sola.

—¿Y qué hago? ¿Se lo mando a Tomás?

Celia no respondió.

Mara dejó el teléfono sobre la mesa.

—Si se lo mando, puede ocultarme otra cosa. Si no se lo mando, puedo estar haciendo exactamente lo que quiere alguien que intenta separarme de la policía.

—Por lo menos ya lo ves.

—Siempre lo vi.

—No. Al principio querías creer que Gael era el único que sabía lo que estaba pasando.

Mara la miró.

—Sigue siendo el único que sabía quién era yo antes de conocerme.

Celia apartó los ojos.

Aquello quedó entre ellas unos segundos.

Mara volvió al PDF.

Andrés Vela Soria — testigo protegido.

Fallecido — 11/04/2009.

Veintisiete años cuando compareció.

No podía ser Gael.

Pero alguien quería que ella siguiera el dinero de su muerte.

Abrió otra pestaña.

Buscó combinaciones.

Nombre completo.

Fecha.

Seguro.

Herencia.

Accidente.

Sociedad.

No encontró nada.

Celia se sentó a su lado.

—Puede que no haya información pública.

—Si cobró alguien, tuvo que quedar algún rastro.

—No necesariamente en internet.

—Entonces necesito otro sitio.

—¿Cuál?

Mara cogió el papel donde Tomás había escrito el nombre de Ocaña.

Lo observó.

Después lo rompió por la mitad.

—No él.

—Menos mal.

—Necesito saber qué era Andrés Vela antes de convertirse en testigo protegido.

Celia se pasó una mano por el cabello.

—¿Y cómo piensas averiguarlo?

Mara volvió a leer el documento.

Había un número de procedimiento.

Eso sí era concreto.

Y todo lo concreto podía llevar a otra cosa.

A las once y veinte estaban frente al edificio de los juzgados.

Celia no dejó de quejarse durante el trayecto.

No porque quisiera detenerla.

Porque estaba asustada.

Era diferente.

—No te van a entregar un expediente porque seas la hija de uno de los testigos —dijo mientras buscaban aparcamiento.

—No necesito el expediente entero.

—¿Qué necesitas?

—Saber qué documentación es pública.

—¿Y si te dicen que nada?

—Pregunto otra cosa.

—Te estás pareciendo demasiado a Leiva.

Mara giró hacia ella.

—Eso ha sido bajo.

Celia sonrió por primera vez desde la noche anterior.

Duró apenas un instante.

El procedimiento era antiguo.

Archivado.

Parte de la documentación no estaba digitalizada.

Mara pasó más de una hora entre ventanillas, formularios y explicaciones hasta conseguir algo que no esperaba: no acceso al expediente, pero sí al índice de piezas no reservadas.

Era poco.

Fechas.

Solicitudes.

Resoluciones.

Nombres de sociedades.

Y una referencia que se repetía.

Indemnización por fallecimiento de testigo colaborador.

Mara sintió que el pulso se aceleraba.

Pidió la resolución asociada.

La funcionaria, una mujer de cabello blanco y gafas sujetas por una cadena, comprobó el código.

—Esto es consulta restringida.

—¿Por qué?

—Contiene datos personales.

—¿Puede decirme quién solicitó la restricción?

La mujer levantó la mirada.

—No.

—¿La fecha?

—Eso sí.

Tecleó.

—Junio de 2009.

Dos meses después de la muerte de Andrés.

—¿Quién podía cobrar esa indemnización?

La funcionaria frunció el ceño.

—No puedo facilitarle información de una persona concreta.

—No le pregunto por una persona concreta. Pregunto de forma general.

La mujer la miró unos segundos.

Tal vez reconoció la maniobra.

Tal vez simplemente estaba cansada.

—Cónyuge, descendientes, ascendientes o beneficiario designado, dependiendo del régimen aplicado.

Mara tomó nota.

—¿Y si el testigo estaba bajo identidad protegida?

La expresión de la mujer cambió.

Muy poco.

Suficiente.

—No puedo ayudarla con eso.

—Pero ¿la indemnización podía pagarse bajo otro nombre?

—He dicho que no puedo ayudarla.

Mara entendió que había llegado al límite.

Recogió sus papeles.

Ya se estaba alejando cuando la funcionaria habló.

—Señora.

Mara volvió.

La mujer no la miró directamente.

—Si lo que busca es una resolución económica antigua, puede comprobar los anuncios de ejecución presupuestaria de aquel año. Algunos pagos no incluían el nombre real, pero sí el código de beneficiario.

Mara no sonrió.

Solo asintió.

—Gracias.

Encontraron el documento en una cafetería.

No era fácil de leer.

Ciento treinta y ocho páginas de tablas.

Códigos.

Importes.

Conceptos abreviados.

Celia pidió dos cafés.

Mara olvidó beber el suyo.

Localizó el mes.

Después la referencia presupuestaria.

Después un pago.

Beneficiario: AVS-17.

Importe: 86.400 euros.

Fecha: 29 de junio de 2009.

—Eso puede ser él —dijo Celia.

—AVS. Andrés Vela Soria.

—¿Y el diecisiete?

—No sé.

Mara siguió la línea.

Había una columna más.

Cuenta destino: entidad 2104 / oficina 1178.

Nada de nombre.

Nada de titular.

—Necesitamos saber de quién era esa cuenta.

—Eso sí que no te lo va a dar ningún banco.




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