Mara corrió sin mirar atrás.
Subió la rampa del aparcamiento casi a ciegas, con el sobre apretado contra el pecho y el ruido de los pasos rebotando en el hormigón.
No sabía si la seguían.
No quería comprobarlo.
Al llegar a la calle, el aire frío le golpeó la cara.
Un autobús pasó frente a ella.
Después un taxi.
Después gente.
Personas normales.
Una pareja discutiendo junto a un semáforo.
Un hombre paseando a un perro pequeño.
Una mujer hablando por teléfono.
Durante un segundo, Mara tuvo la impresión absurda de haber salido de un lugar que no pertenecía a la misma ciudad.
Sacó el móvil.
Tenía cuatro llamadas de Celia.
Una de Tomás.
Marcó emergencias.
—Ha habido un atropello.
Dio la dirección.
—Un hombre está herido en un aparcamiento subterráneo. Nivel menos dos.
La operadora empezó a hacer preguntas.
Mara miró hacia la entrada.
Nadie salía.
—No sé quién lo atropelló.
—¿Está usted con la víctima?
—No.
—¿Puede volver?
Mara apretó el teléfono.
—No.
—¿Está usted en peligro?
Miró otra vez la entrada del aparcamiento.
—Sí.
La palabra salió antes de que pudiera decidir si quería decirla.
—Aléjese del lugar y permanezca en una zona concurrida.
Eso estaba haciendo.
Pero no se sentía más segura.
Colgó.
Celia volvió a llamar.
Mara dejó sonar.
Una vez.
Dos.
Tres.
Pensó en la fotografía.
Celia y Gael.
Tres semanas antes del cumpleaños.
La misma Celia que hacía apenas unas horas le había dicho:
Nunca lo había visto antes.
Mara respondió.
—¿Dónde estás? —preguntó Celia.
—¿Por qué conocías a Gael antes de aquella cena?
Silencio.
No fue largo.
Pero ya no necesitaba que lo fuera.
—Mara…
—No.
—Déjame explicarte.
—¿Desde cuándo?
—No es lo que estás pensando.
—No sabes lo que estoy pensando.
—Sé cómo suena.
—¿Desde cuándo, Celia?
Su amiga respiró al otro lado.
—Unas semanas antes.
Mara cerró los ojos.
—Tres.
Celia calló.
—Tengo una fotografía.
—¿Quién te la dio?
—Eso no importa.
—Sí importa.
—Contesta.
La gente pasaba junto a Mara sin mirarla.
Ella había dejado de sentir frío.
—Gael me buscó —dijo Celia.
—¿Por qué?
—Porque quería conocerte.
—Eso ya lo sé.
—No, no sabes cómo ocurrió.
—Pues cuéntamelo.
—No por teléfono.
Mara soltó una risa seca.
—Curioso. Últimamente nadie quiere decirme nada por teléfono.
—¿Dónde estás?
—No voy a decírtelo.
—Mara, por favor.
—¿Sabías quién era?
—No.
—¿Sabías que su nombre era falso?
—No.
—¿Sabías algo de mi padre?
—No.
—¿Sabías que me estaba buscando por él?
Otra pausa.
Mara sintió que el estómago se le cerraba.
—Celia.
—No exactamente.
—Eso significa sí.
—Significa que me dijo que conocía a alguien que había trabajado con tu padre.
Mara apretó los dedos alrededor del teléfono.
—Y no me lo contaste.
—Me pidió que no lo hiciera.
—¿Y tú aceptaste?
—Porque pensé que era algo personal.
—¿Personal?
—Dijo que quería hablar contigo de Mauro, pero que si se acercaba directamente ibas a desconfiar.
Mara miró la calle sin verla.
—Y tenía razón.
Celia guardó silencio.
—Así que lo metiste en tu cumpleaños.
—Sí.
—Como si fuera casualidad.
—Sí.
Mara sintió una punzada en el pecho.
No era el descubrimiento.
Era la facilidad con la que aquella noche se había instalado en sus recuerdos como algo verdadero.
La primera mirada.
La primera conversación.
Gael preguntándole qué bebía.
La coincidencia de estar sentados cerca.
La risa.
El número de teléfono.
Nada había sido casual.
—¿Cuánto te pagó? —preguntó Mara.
—¿Qué?
—¿Cuánto te pagó?
—Nada.
—¿Seguro?
—Mara, nunca me dio dinero.
—¿Qué te dio entonces?
Celia tardó.
—Una historia.
—¿Qué historia?
—Que tu padre había ayudado a una persona muchos años atrás. Que Gael conocía a esa persona y quería darte algo que había quedado pendiente.
—¿Qué?
—No lo sabía.
—¿Y te pareció normal organizarme una cita con un desconocido que aparecía hablando de mi padre muerto?
—No era una cita.
—Terminó siéndolo.
—Eso no estaba planeado.
Mara cerró los ojos.
—No te creo.
—Pues deberías.
—¿Por qué?
—Porque Gael no esperaba enamorarse de ti.
La frase hizo que Mara abriera los ojos.
—No vuelvas a decir eso.
—Es verdad.
—Tú no sabes qué sentía.
—Sí sé algunas cosas.
Mara se quedó quieta.
—¿Qué cosas?
Celia respiró despacio.
—Después de la cena me llamó.
—¿Cuándo?
—Al día siguiente.
—¿Para qué?
—Para preguntarme por ti.
—Ya había conseguido lo que quería. Conocerme.
—No preguntó por tu padre.
Mara no respondió.
—Preguntó si siempre te reías así cuando estabas nerviosa. Si odiabas de verdad el vino blanco o solo el que habías probado aquella noche. Si tenías pareja. Si podía escribirte.
Mara sintió una irritación brutal.
—No conviertas esto en algo romántico.
—No lo estoy haciendo.
—Sí.
—Estoy intentando que entiendas que después cambió algo.
—¿Y tú cómo sabes que no era parte del plan?
—No lo sé.
Por primera vez, Celia sonó cansada.
—No sé nada ya, Mara. Pero durante meses me llamó para preguntarme cómo acercarse a ti sin presionarte. Me pidió ayuda para elegir un regalo cuando cumpliste treinta. Me llamó desde el hospital cuando tuviste aquella apendicitis porque estaba muerto de miedo. Me preguntó si tu madre había tenido los mismos ataques de migraña que tú porque quería saber si debía insistir en que fueras al médico.