Después del silencio

CAPÍTULO 9. El chico del garaje

Mara sostuvo la fotografía con ambas manos.

La imagen era peor de lo que parecía al principio.

No por su calidad.

Por lo que empezaba a devolverle.

El garaje.

La luz de la tarde entrando por la puerta abierta.

Su padre buscando una llave inglesa.

Ella sentada sobre el banco, aburrida, balanceando una pierna.

Y el muchacho.

Nico.

Gael.

Mucho más joven.

Más delgado.

Con una sudadera demasiado grande y una herida seca cerca de la sien.

Mara cerró los ojos.

El recuerdo no regresó entero.

Llegó por fragmentos.

—¿Quieres agua?

Ella había preguntado eso.

El chico la había mirado como si no entendiera por qué le hablaba.

Después había asentido.

Mara había ido a la cocina.

Su madre no estaba.

Su padre le había dicho que no comentara con nadie que había habido una visita.

Ella no había preguntado por qué.

A los doce años, los secretos de los adultos podían parecer simples reglas domésticas.

No tocar.

No entrar.

No contar.

Mara abrió los ojos.

—Lo vi.

Tomás seguía a su lado.

—¿Qué recuerda?

—No mucho.

—No fuerce nada.

Ella lo miró.

—¿Ahora te preocupa forzarme?

Tomás aceptó el golpe sin responder.

Mara volvió a la fotografía.

—Mi padre lo llamó Nico.

—Eso coincide con Nicolás Vela.

—Tenía una herida aquí.

Se tocó la sien.

—Gael tiene una cicatriz cerca de la ceja.

—Sí.

—No es exactamente el mismo sitio.

Tomás tomó la foto con cuidado.

—Con esa edad una herida puede cambiar mucho al crecer.

Mara se levantó.

—¿Qué hizo con Gabriel?

La frase de su padre.

No preguntaba quién era Gabriel.

Eso era importante.

Mauro suponía que Gael sabría exactamente a quién se refería.

—Tomás.

—Sí.

—Quiero todo lo que tengas sobre Gabriel Vela.

—Ya le dije que apenas figura.

—Entonces encuentra más.

—Lo estoy haciendo.

—No lo suficiente.

Tomás la miró.

—No puedo producir archivos que no existen.

—Gael existe con documentos que tampoco deberían existir.

—Eso no significa que todo tenga una respuesta rápida.

Mara guardó la fotografía en el sobre.

—Hay algo más aquí.

Tomás miró la estantería.

—¿Por qué?

—Porque mi padre no escondió una foto solo para hacerme una pregunta dieciséis años después.

Empezó a sacar los seis manuales marcados.

Los puso sobre la mesa del taller.

—¿Qué significan? —preguntó Tomás.

—No lo sé.

—¿La secuencia se la dio Hernán?

Mara se detuvo.

No le había contado eso.

Tomás vio la reacción.

—Lo imaginé.

—No.

—Mara, tenía un sobre y vino directamente aquí después de hablar con él.

—Eso no te autoriza a rellenar los huecos.

—No. Pero me permite verlos.

Ella respiró despacio.

—Sí. Hernán me dio la secuencia.

—¿Y una llave?

Mara lo miró.

—¿Por qué una llave?

—Porque cuando encontró el sobre metió algo metálico en el bolsillo.

Mara sintió rabia.

—¿Me estabas observando?

—Estábamos en un café después de un intento de atropello.

—Eso no responde.

—Sí. La observaba.

Mara soltó una risa seca.

—Nunca dejas de ser policía.

—A veces eso ayuda.

—A veces consigue que nadie confíe en ti.

Tomás no discutió.

Mara metió la mano en el bolsillo.

Sacó la llave.

La dejó sobre la mesa.

—No abre nada, según Hernán.

Tomás la examinó sin tocarla.

—¿Y la tarjeta?

Mara se quedó inmóvil.

—¿Qué tarjeta?

—La vi cuando abrió el sobre.

Mara lo miró durante varios segundos.

Después sacó también la tarjeta magnética.

—No la has mencionado.

—Porque no sabía si confiar en ti.

—¿Y ahora?

—No.

Tomás asintió.

—Al menos es coherente.

Mara señaló la inscripción.

—M-22.

Él acercó la tarjeta a la luz.

—No parece bancaria.

—¿Acceso?

—Podría ser.

—¿A qué?

—No sé.

—Otra vez.

—Sí.

Mara odiaba que la respuesta ya no sonara evasiva.

Probablemente era verdad.

Revisaron el garaje durante casi una hora.

No encontraron nada más.

Ni compartimentos.

Ni sobres.

Ni cajas.

La secuencia seguía sin encajar.

Tomás fotografió los lomos de los manuales.

—Puede ser un índice.

—¿De qué?

—De páginas, líneas, piezas.

—Mi padre no trabajaba así.

—¿Cómo trabajaba?

Mara miró alrededor.

—Con cosas físicas.

Tomás esperó.

—Medidas. posiciones. orden.

Mara levantó uno de los manuales.

Era un catálogo técnico de motores industriales.

Libro 7.

Abrió la página 14.

Nada.

Probó con página 3.

Luego 9.

Después 22.

No.

Tomás observó la secuencia.

—¿Y si cada número pertenece a un libro distinto?

—Ya lo pensé.

—Libro 7, página 14. Libro 3, página 9. Libro 22, página 5.

Mara se quedó quieta.

Tomás señaló la estantería.

—¿Cuántos manuales hay?

Contaron.

Veintiséis.

Mara buscó el séptimo desde la izquierda.

Página 14.

Una ficha técnica de una bomba hidráulica.

En el margen había una pequeña marca de lápiz.

—Aquí.

Tomás se acercó.

La marca rodeaba una palabra:

retorno

Libro 3.

Página 9.

Otra marca.

norte

Libro 22.

Página 5.

andén

Mara sintió un cambio inmediato.

—Retorno. Norte. Andén.

Tomás anotó.

—Parece una ubicación.

—O una instrucción.

—¿Retorno norte, andén...?

Mara miró la tarjeta.




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