Mara mostró los mensajes a Tomás.
Esta vez no los ocultó.
Él leyó los tres sin tocar el teléfono.
Ahora ya sabes por qué te dije que tampoco confiaras en mí.
Gabriel no intentó entregarme.
Intentó salvarte a ti.
Tomás levantó la vista.
—Esto cambia lo que dijo Gael por teléfono.
—Lo contradice.
—No necesariamente.
—Acaba de admitir que mintió.
—Admitió que la versión sobre Gabriel era falsa.
—Es decir: mintió.
—Sí.
Mara guardó el teléfono.
Estaban todavía en el cuarto de limpieza, sentados en el suelo entre cubos y botellas de detergente. Afuera pasaban empleados de la estación sin saber que, unos metros más abajo, alguien había intentado encerrarlos en una sala sin ventilación.
Tomás se incorporó.
—Tenemos que salir de aquí.
—Primero quiero entender el mensaje.
—Podemos hacerlo fuera.
—No.
—Mara, alguien acaba de intentar matarnos.
—Precisamente.
Él la miró.
—¿Qué quiere decir “intentó salvarte a ti”? —preguntó.
Mara negó.
—Yo tenía dieciséis años cuando Gabriel desapareció.
—Y doce cuando vio a Gael en el garaje.
—¿Crees que tiene relación?
—Todo parece tenerla.
Tomás apoyó una mano en la pared.
Respiraba mejor, pero aún tenía los ojos enrojecidos.
—Gabriel cuidó de Gael durante años. Si después se volvió contra él, puede que la razón tuviera que ver con usted.
—No me conocía.
—Su padre sí.
—Eso no convierte a Gabriel en alguien dispuesto a salvarme.
Tomás la observó.
—¿Está segura de que no lo conoció?
La pregunta la irritó.
—No empieces.
—Acaba de recordar a Gael después de dieciséis años.
—Porque vi una foto.
—Entonces puede haber más.
Mara iba a contestar cuando vio algo en la puerta.
Una sombra.
Tomás también.
Se llevó un dedo a los labios.
La manilla bajó.
Ambos se quedaron inmóviles.
La puerta se abrió.
Una mujer con uniforme de limpieza entró empujando un carro.
Los miró.
Primero a Mara.
Luego a Tomás.
Luego a la rejilla arrancada del conducto.
—¿Qué hacen aquí?
Tomás sacó la placa.
—Policía.
La mujer miró la placa.
—Pues la policía normalmente usa la puerta.
Mara casi se rio.
No lo hizo.
Tomás llamó a dos agentes de confianza.
Usó exactamente esas palabras.
De confianza.
Mara se dio cuenta.
—¿Cuántos tienes?
Él bajó el teléfono.
—¿Qué?
—Agentes de confianza.
—Los suficientes.
—Eso no es un número.
Tomás no respondió.
Salieron por una puerta de servicio.
En el exterior, el ruido del tráfico parecía excesivo.
Mara respiró aire frío.
—No vas a avisar a la comisaría.
—Todavía no.
Ella se volvió.
—¿Por qué?
—Porque alguien bloqueó una puerta interna de una estación y manipuló un sistema de ventilación pocos minutos después de que nosotros entráramos.
—Eso no responde.
—Sí responde.
Tomás caminó hacia un coche sin distintivos.
Mara lo siguió.
—¿Crees que alguien de la policía lo hizo?
—Creo que alguien sabía dónde estábamos.
—Celia.
—También.
Mara se detuvo.
—No vuelvas a decirlo así.
Tomás abrió la puerta.
—No he acusado a nadie.
—La estás poniendo en la lista.
—Está en la lista desde que descubrimos que conocía a Gael antes que usted.
Mara sintió rabia.
Pero no podía refutarlo.
Eso la enfadó más.
—Y tú estás en la lista desde mucho antes.
Tomás cerró la puerta sin entrar.
—Lo sé.
La respuesta la desarmó.
—¿Y yo? —preguntó Mara.
Él la miró.
—¿Qué?
—¿Estoy en tu lista?
Tomás tardó.
—Sí.
Mara soltó una risa sin humor.
—Por fin algo sincero.
—No sé cuánto recuerda. No sé qué le dejó su padre. No sé por qué tantas personas han construido decisiones alrededor de usted durante dieciséis años.
—Y por eso soy sospechosa.
—Por eso es una incógnita.
—Peor.
Tomás negó.
—Mucho peor.
No fueron a comisaría.
Tomás la llevó a una oficina pequeña en un edificio administrativo que Mara no conocía.
No había letreros en la puerta.
Dentro trabajaban dos personas.
Una mujer de unos cincuenta años, cabello corto y expresión severa, se presentó como Elisa Valmor.
El segundo era un hombre joven llamado Iago Ferrés.
Ninguno hizo preguntas delante de Mara.
Eso le gustó y la preocupó.
Tomás puso la memoria USB sobre una mesa.
—Quiero esto aislado.
Iago la miró.
—¿De dónde salió?
—No importa todavía.
—Siempre importa.
—No la conectes a red.
Iago tomó una bolsa antiestática.
—Eso ya lo sé.
Mara observó la escena.
—¿Quiénes son?
Elisa respondió:
—Personas que todavía contestan el teléfono cuando Tomás llama.
—Eso tampoco es una respuesta.
La mujer la miró.
—Entonces nos llevaremos bien.
Tomás dejó escapar aire por la nariz.
Quizá era una risa.
—Elisa trabajó conmigo en delitos económicos. Iago es analista forense.
—¿Policías?
—Yo lo fui —dijo Elisa—. Él nunca.
Iago levantó una mano sin dejar de preparar un portátil aislado.
—Me libré a tiempo.
Mara señaló la memoria.
—Quiero ver todo lo que haya.
—Si abre, lo verá —dijo Iago.
—¿Por qué no iba a abrir?
—Porque las personas que esconden memorias USB detrás de mesas en cuartos cerrados no suelen guardar fotos de vacaciones.
Conectó el dispositivo.
Esperaron.
Nada.
Luego apareció una ventana.
Una única carpeta.
DS
Mara sintió un escalofrío.
—Después del silencio.