Después del silencio

CAPÍTULO 11. Sergio

Tomás ya estaba llamando a Celia cuando Mara recibió el último mensaje.

No contestó.

Volvió a marcar.

Nada.

—No vamos a su casa —dijo.

Mara lo miró.

—Sí vamos.

—No.

—Está con Sergio.

—Precisamente.

Elisa se acercó a la mesa.

—Si ese hombre es realmente Sergio Navas, necesitamos saber cuántas personas hay allí, si está armado y por dónde salió o entró.

—Celia está dentro.

—Lo sé.

—Entonces dejad de hablar como si fuera un plano.

Tomás guardó el teléfono.

—Escúchame. Si entramos sin información, podemos convertir una situación controlable en un rehén.

—¿Controlable?

Mara le enseñó el mensaje.

—Dice que no sabe si puede salir.

—Por eso.

—Y dice que Gael quiere verme.

—Eso puede ser mentira.

—También puede ser verdad.

—Todo puede ser verdad y mentira a la vez en esta historia. No cambia lo que tenemos que hacer ahora.

La frase la enfureció porque era razonable.

Iago levantó la voz desde el portátil.

—Puedo mirar la cámara de la farmacia de esta mañana, pero no en directo.

Tomás negó.

—Necesitamos otra vía.

Elisa ya estaba marcando un número.

—Tengo un contacto en emergencias municipales. Puede comprobar cámaras de tráfico cercanas sin meter esto todavía en el circuito completo.

Mara entendió la implicación.

—Seguís sin confiar en vuestra propia gente.

Elisa la miró.

—Ahora mismo confío en personas, no en instituciones.

Encontraron un vehículo estacionado frente al edificio de Celia.

Sedán gris.

Había llegado diecisiete minutos antes del mensaje.

Dos personas dentro.

Una bajó.

Hombre.

Altura aproximada: un metro ochenta.

Cabello oscuro.

No se veía bien el rostro.

La segunda permaneció en el coche.

—Sergio medía más o menos eso —dijo Mara.

Tomás la miró.

—¿Lo recuerda?

—Sí.

—¿Y el conductor?

—No se distingue —dijo Elisa.

Mara amplió la captura.

La puerta del coche estaba abierta.

Solo un pie.

Zapato negro.

Nada más.

—¿Matrícula?

Iago leyó.

Elisa hizo una llamada.

Dos minutos después negó con la cabeza.

—Robado ayer.

Mara sintió que todo seguía repitiéndose.

Vehículos robados.

Números falsos.

Nombres falsos.

Cuerpos identificados por papeles que podían haberse fabricado.

Una realidad entera construida para que siempre existiera una explicación alternativa.

—Vamos —dijo.

Esta vez Tomás no discutió.

Aparcaron a dos calles.

Tomás no llamó a una patrulla.

Solo a dos personas.

Mara reconoció a una: uno de los agentes que había estado en su apartamento la primera noche. El otro no.

—Tú te quedas aquí —dijo Tomás.

Mara abrió la puerta.

—No.

—No voy a discutirlo ahora.

—Entonces no discutas.

Salió.

Tomás la alcanzó.

—Mara.

Ella se volvió.

—Si Gael de verdad quiere verme, Sergio no le hará nada a Celia mientras crea que puedo ir.

—Eso es una suposición.

—Sí.

—Una suposición puede matar.

—Y esperar también.

Tomás la sostuvo con la mirada.

Finalmente dijo:

—No entres antes que yo.

Mara asintió.

No prometió nada más.

La puerta del edificio estaba abierta.

Eso fue lo primero que no le gustó.

Celia siempre cerraba.

Incluso cuando esperaba a alguien.

Subieron por las escaleras.

No ascensor.

Segundo piso.

Tercero.

Tomás iba delante.

Mara detrás.

Elisa y los dos agentes unos metros más abajo.

Al llegar al cuarto, vieron la puerta de Celia entornada.

Tomás levantó una mano.

Silencio.

Ningún sonido dentro.

Entró.

—Policía.

Nada.

Mara lo siguió.

El salón estaba vacío.

Una taza rota en el suelo.

Una silla desplazada.

No había sangre.

—Celia.

Mara fue hacia el dormitorio.

Tomás la agarró del brazo.

—Espera.

Abrió primero.

Vacío.

Baño.

Vacío.

Cocina.

Vacía.

—Se la han llevado.

Mara sintió náusea.

Entonces escucharon un golpe.

Muy débil.

Desde el armario del pasillo.

Tomás abrió.

Celia cayó hacia delante.

Tenía las manos atadas con cinta y otra tira sobre la boca.

Mara se arrodilló.

—Celia.

Le quitó la cinta.

Su amiga respiró con dificultad.

—No…

—¿Qué?

—No era Sergio.

Mara sintió un escalofrío.

Tomás cortó las ataduras.

—¿Quién era?

Celia se frotó las muñecas.

—Parecía él.

—¿Qué significa parecía?

—Era su cara.

—Entonces era Sergio.

—No.

Celia negó con fuerza.

—No era su voz.

Mara se quedó inmóvil.

—¿Lo conocías bien?

—Claro.

—La voz puede cambiar.

—No así.

Tomás se agachó.

—Empieza desde el principio.

Celia cerró los ojos.

—Llamaron.

—¿Quién?

—Sergio. O quien fuera.

—¿Abriste?

—Sí.

—¿Por qué?

Celia miró a Mara.

—Porque estaba muerto.

Mara no entendió.

—Precisamente.

—Cuando ves a una persona muerta en tu puerta, no piensas bien.

Eso sí lo entendió.

—¿Qué dijo?

—“Tenemos que hablar de Mara.”

Mara apretó la mandíbula.

—¿Y luego?

—Entró. Le pregunté cómo era posible. Me dijo que el accidente había sido preparado.

Tomás intervino.

—¿Qué más?

—Que Gael sabía que estaba vivo. Que todo esto había empezado porque Gael intentó romper un acuerdo.

—¿Qué acuerdo?

—No quiso decirlo.

—¿Te amenazó?

—No al principio.

Celia tragó saliva.

—Me preguntó dónde estaba Mara.

—¿Y tú qué dijiste?

—Que no lo sabía.

—¿Te creyó?

—No.




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