Después del silencio

CAPÍTULO 12. Elena

Mara detuvo el vídeo.

No porque quisiera.

Porque su mano había reaccionado sola.

La imagen de la mujer quedó congelada en la pantalla.

Cabello recogido.

Rostro más joven.

Otra expresión.

Pero los ojos eran los mismos.

Ofelia.

La mujer que había entrado en su casa durante casi tres años.

La que había limpiado el polvo de sus muebles.

La que había doblado sus mantas.

La que había tocado las camisas de Gael.

La que sabía dónde guardaban las llaves de repuesto.

La que había visto el interior de sus cajones.

Mara acercó la imagen.

La fotografía de Elena Vardés que había encontrado en el cajón de Gael era antigua. Aun así, ahora que sabía qué buscar, la transformación dejaba de parecer imposible.

El pelo.

Las cejas.

El peso.

La forma de maquillarse.

La mujer seguía allí.

Había estado delante de Mara durante años.

—No.

La palabra salió apenas audible.

Reanudó el vídeo.

Gael volvió a moverse.

—Si no la reconoces, es normal. Elena ha cambiado mucho desde 2015. Y durante años hizo todo lo posible para que pareciera que había desaparecido.

Mara sintió una presión helada en la espalda.

—La última vez que la vi con su nombre real fue la noche de la grabación que seguramente Tomás ya te habrá enseñado o descrito.

Gael respiró.

—Ella no desapareció porque yo la matara.

Pausa.

—Desapareció porque ambos decidimos que Elena Vardés tenía que morir sin cadáver.

Mara dejó de respirar.

Gael continuó:

—Había descubierto algo que no podía denunciar. No porque no tuviera pruebas, sino porque las pruebas señalaban también a quienes debían protegerlas.

—Quería sacarlas.

—Yo quería destruirlas.

—Discutimos.

—Mucho.

La mirada de Gael se apartó de la cámara por primera vez.

—Elena creía que si seguíamos el dinero hasta el final, podíamos desmontar la red. Yo ya había visto lo suficiente para saber que una red así no se desmonta. Se reemplaza.

Mara pensó en Tomás.

En Ocaña.

En cada expediente cerrado.

—La noche que desapareció, le entregué una identidad nueva.

—Ofelia Brena.

Mara sintió náusea.

—No la construí yo solo. Gabriel ayudó. También una persona dentro de la administración que ya está muerta.

Gael levantó la vista.

—Después, Elena hizo algo que yo no supe durante mucho tiempo.

Pausa.

—Volvió.

Mara se inclinó hacia la pantalla.

—No a mí.

—A ti.

El vídeo parecía haberse quedado sin sonido, aunque Gael seguía hablando.

Mara tuvo que concentrarse.

—La primera vez fue antes de nuestro matrimonio.

—No entró en tu vida como Ofelia todavía.

—Te observó.

—Quería saber si realmente no recordabas lo que habías oído de niña.

Mara cerró los ojos.

El garaje.

La caja de lápices.

Un adolescente herido.

Voces.

¿Qué había escuchado?

Nada.

Solo fragmentos.

Un tono de voz.

Su padre enfadado.

Otro hombre.

Una frase que todavía no podía alcanzar.

Gael continuó:

—Cuando Elena concluyó que no representabas una amenaza, desapareció otra vez.

—Dos años después volvió con la identidad de Ofelia.

Mara abrió los ojos de golpe.

—Yo fui quien la metió en casa.

El silencio de Gael en la grabación duró varios segundos.

—Eso también tendrás que decidir si puedes perdonarlo.

Mara sintió rabia.

No porque la respuesta fuera no.

Porque todavía no sabía cuál era.

—Necesitaba a alguien dentro que pudiera detectar si Gabriel o cualquiera de los antiguos contactos se acercaba a ti.

—Elena podía hacerlo.

—Y yo confiaba en ella.

Gael bajó la mirada.

—Fue uno de mis mayores errores.

Mara pausó otra vez.

Miró la puerta del dormitorio.

Tomás estaba al otro lado.

Celia también.

Elisa.

Personas que esperaban.

Personas que sabían partes.

Mara volvió al vídeo.

—Hace ocho meses descubrí que Elena estaba enviando información a alguien.

—No sabía quién.

—Al principio pensé que era Gabriel.

—Después comprendí que Gabriel también estaba siendo utilizado.

Mara recordó la fotografía del hombre atado.

—Elena llevaba años reconstruyendo la estructura de Puerto Seco. Pero no para entregarla.

Gael tragó saliva.

—Para controlarla.

Mara sintió un escalofrío.

—No sé exactamente cuándo cambió.

—Quizá nunca cambió y fui yo quien entendió demasiado tarde quién era.

Pausa.

—Elena no quería destruir la red.

—Quería quedarse con la parte que sobreviviera.

Mara se quedó inmóvil.

Todo se reorganizó de golpe.

La mujer desaparecida.

La víctima.

La analista.

La limpiadora.

La persona invisible dentro de su casa.

—Gabriel trabajaba para ella —continuó Gael—. Hernán también, aunque no creo que Hernán supiera todo.

—Sergio descubrió una parte y trató de salir.

Mara apretó los labios.

—Por eso murió.

—No en un accidente.

Gael miró directamente a cámara.

—Y por eso alguien ha empezado a usar su imagen ahora.

Mara sintió frío.

—Es un mensaje.

—Para mí.

—Para Tomás.

—Para cualquiera que conociera la investigación antigua.

—Quieren que creamos que pueden devolver a la vida a quien quieran porque controlan la identidad, los registros y la memoria de los demás.

Mara pensó en el falso Sergio entrando en casa de Celia.

No era solo una amenaza.

Era una demostración.

Gael continuó:

—Si yo desaparezco, Elena estará buscando una cosa.

—No la memoria de tu padre.

—Esa ya la tiene en parte.

—Buscará la segunda copia.

Mara frunció el ceño.

—Mauro hizo dos.

Una pausa.




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