Mara no entendió la frase.
La oyó.
Reconoció cada palabra.
Pero su cuerpo la rechazó antes de que pudiera convertirla en una idea.
—No.
Elena seguía con las manos levantadas.
Tomás permanecía frente a ella, el arma baja pero preparada.
—Mi padre murió en una fábrica —dijo Mara.
—Eso figura en el informe.
—Lo enterramos.
Elena no respondió.
—Yo estaba allí.
—En el funeral.
—Vi el ataúd.
—Cerrado.
Mara sintió que algo le golpeaba el pecho.
No quería recordar aquello.
El féretro sellado.
Su madre diciéndole que era mejor no verlo.
Los daños de la caída.
La empresa recomendándolo.
Ella tenía dieciséis años.
Había aceptado todas las explicaciones que los adultos le daban porque alguien acababa de arrancarle una parte de su vida y no tenía energía para cuestionar la forma.
—Había ADN —dijo Tomás.
Elena lo miró.
—¿Seguro?
La pregunta quedó suspendida.
Tomás no contestó.
Mara se volvió hacia él.
—¿Seguro?
—El expediente habla de identificación forense.
—Eso no es lo que he preguntado.
Tomás bajó lentamente el arma.
—Nunca revisé personalmente esa parte.
Mara soltó una risa breve.
Vacía.
—Claro.
—Mara…
—Todo muerto en esta historia tiene un documento que dice que está muerto y alguien que nunca vio el cuerpo.
Elena bajó las manos.
Tomás levantó el arma otra vez.
—He dicho que no.
Ella lo miró.
—Si quisieras detenerme, ya lo habrías hecho.
—No me provoques.
—No necesito hacerlo.
Mara dio un paso hacia Elena.
—Enséñame la grabación.
—No está aquí.
—¿Dónde?
—En un lugar seguro.
—Esa respuesta ya no sirve.
—Es la única que tengo.
—Entonces explícame cómo puede aparecer mi padre en una grabación de 2015.
Elena observó a Mara durante unos segundos.
—Antes tienes que entender algo.
—No.
—Sí.
—No quiero entender nada más. Quiero una respuesta.
Elena asintió.
—Bien. El hombre al que enterraste en 2010 no era Mauro Cifuentes.
Silencio.
Mara sintió el suelo bajo sus zapatos.
La mesa detrás.
La respiración de Tomás.
Todo seguía existiendo.
Eso le pareció absurdo.
—¿Quién era?
—No lo sé.
—Mientes.
—No.
—¿Quién sustituyó el cuerpo?
—No lo sé.
—¿Quién falsificó el informe?
Elena miró a Tomás.
Mara siguió esa mirada.
—No.
Tomás endureció la expresión.
—Yo no tuve nada que ver.
—No he dicho que fueras tú —respondió Elena.
—Pero estás intentando que ella lo piense.
—Tomás, si quisiera que Mara pensara que eres culpable, me bastaría con contarle todo lo que hiciste después.
Él dio un paso.
—Cuidado.
Elena sonrió apenas.
—Ahí está el hombre que recuerdo.
Mara se interpuso.
—Basta.
Los dos callaron.
—Elena. ¿Cuándo supiste que mi padre estaba vivo?
—En 2015.
—¿Antes o después de desaparecer tú?
—La misma noche.
—¿Cómo?
Elena bajó los brazos definitivamente.
—Yo había citado a Gael.
—¿Para qué?
—Habíamos discutido durante semanas. Él quería destruir parte de la información que habíamos reunido. Yo quería entregarla fuera de España.
—¿A quién?
—Periodistas. fiscales. gente que no dependiera de la misma estructura.
—¿Y Gael no quería?
—Gael sabía que en cuanto esa información saliera, varias personas buscarían a quienes figuraban en ella.
—Incluyéndome.
—Todavía no sabíamos que tú importabas.
Mara la miró.
—Gael ya me conocía de niña.
—No sabía por qué Mauro te había mantenido fuera de todo. Ni qué te había dejado.
—Sigue.
Elena respiró.
—Quedamos cerca de Atocha. Yo le entregué los cheques.
—Los 91.732 euros.
Por primera vez Elena pareció sorprendida.
—Has avanzado bastante.
—Sigue.
—Los cheques servían para repartir el dinero entre varias vías y obligar a quien estuviera siguiendo las cuentas a dividir recursos.
—Uno nunca se cobró.
—El de veintidós mil quinientos.
Mara asintió.
—¿Por qué?
Elena miró hacia la ventana.
—Porque quien debía cobrarlo no apareció.
—¿Quién?
—Mauro.
El nombre cayó sin ruido.
Mara sintió que las piernas se debilitaban.
—Mi padre.
—Sí.
—Entonces tú ya sabías que estaba vivo antes de subir al coche.
—Sabía que alguien usaba ese nombre.
—No es lo mismo.
—No.
—¿Y cuándo lo viste?
—Después.
Elena cerró los ojos un instante, como si reconstruyera la escena.
—Gael y yo subimos al Saab. Él conducía. Yo llevaba los documentos. Cuando salimos de la zona de cámaras, alguien estaba esperando en una calle lateral.
—Mi padre.
—Un hombre que dijo llamarse Mauro Cifuentes.
—¿Gael lo reconoció?
—No.
Mara frunció el ceño.
—Eso no puede ser.
—Lo había visto una vez siendo adolescente. Muchos años antes. Mauro había envejecido, llevaba barba y estaba mucho más delgado.
—Pero después…
—Después sí.
—¿Qué pasó?
Elena la miró.
—Gael le preguntó por ti.
Mara sintió un golpe.
—¿Qué dijo mi padre?
—Que tú no debías saber nada.
—¿Nada de qué?
—De que seguía vivo.
La respuesta le dolió de una forma nueva.
No como una muerte.
Como una elección.
—Me dejó creer que estaba muerto.
Elena no intentó justificarlo.
—Sí.
—Cinco años.
—Sí.
—Mi madre también.
Elena tardó.
—Tu madre sabía algo.
Mara sintió rabia.
—¿Qué significa algo?
—No creo que supiera dónde estaba.
—Pero sabía que no había muerto.
—Creo que sí.
Mara dio un paso atrás.