Mara no enseñó el mensaje.
No inmediatamente.
Guardó el teléfono mientras Tomás daba órdenes y Elisa intentaba mantener a Elena consciente.
Todo ocurría demasiado rápido.
Sangre.
Cristales.
Sirenas.
Voces en el rellano.
Y en medio de aquello, una frase que convertía los últimos dieciséis años de su vida en algo irreconocible.
TU PADRE ESTÁ AQUÍ.
Mara se apoyó contra la pared.
Tomás la vio.
—¿Estás bien?
La pregunta era absurda.
—Sí.
Él la miró con desconfianza.
—No.
Mara bajó la voz.
—Estoy de pie.
Tomás iba a responder cuando uno de los agentes apareció.
—Tenemos que evacuar.
—¿Tirador?
—Ya no está en el edificio de enfrente. Hemos encontrado la posición. Casquillos y un arma abandonada.
Tomás maldijo.
—Demasiado rápido.
—¿Qué? —preguntó Mara.
—No querían quedarse.
—Solo disparar.
—Sí.
—¿A Elena?
Tomás la miró.
—Probablemente.
Mara pensó en el mensaje.
SI ELENA SIGUE VIVA...
Quien lo había enviado sabía exactamente qué acababa de ocurrir.
Eso significaba una de dos cosas.
Los observaban.
O alguien dentro ya estaba informando.
No había tercera opción.
Sacaron a Elena por la escalera interior.
No al Hospital Central.
Mara insistió.
Tomás preguntó por qué.
Ella improvisó:
—Gael me advirtió.
La expresión de Tomás cambió.
—¿Cuándo?
—Ahora.
—Enséñame.
—Después.
—Mara.
—Si quieres discutir conmigo mientras una mujer se desangra, hazlo.
Tomás la sostuvo con la mirada.
Luego ordenó cambiar el destino.
—Hospital San Jerónimo. Y nadie comunica el traslado por radio abierta.
Elisa lo miró.
—¿Seguro?
—No.
—Perfecto.
La camilla desapareció.
Mara observó las puertas del ascensor cerrarse.
Por primera vez pensó que quizá Elena muriera.
La idea no le produjo alivio.
Eso la sorprendió.
Necesitaba que viviera.
No para salvarla.
Para terminar las frases.
Tomás la llevó a otro vehículo.
—Ahora.
Mara sabía a qué se refería.
Sacó el teléfono.
Le enseñó los mensajes.
Tomás leyó.
Su expresión no cambió hasta llegar a la ubicación.
Entonces levantó la vista.
—No vamos.
—Sí.
—No.
Mara soltó aire.
—Otra vez.
—Puede ser una emboscada.
—Puede ser mi padre.
—También puede ser alguien que sabe exactamente qué necesitas oír.
—Eso incluye a Gael.
—Sí.
La respuesta la hizo callar.
Tomás acercó el teléfono.
—¿Sabemos quién envía esto?
—No.
—¿Gael?
—No sé.
—¿Gabriel?
—No sé.
—¿Hernán?
—No sé.
—Entonces no sabemos nada.
—Sabemos que quien envió el mensaje conoce lo de Elena.
—Y eso es precisamente lo que me preocupa.
Mara miró por la ventanilla.
—Si mi padre está vivo, voy a encontrarlo.
—No sola.
—No he dicho sola.
Tomás la observó.
—¿Eso significa que acepta ayuda?
—Significa que acepto testigos.
La ubicación correspondía a una zona industrial abandonada.
No fueron directamente.
Tomás hizo que Elisa comprobara accesos, propiedad, cámaras próximas y registros.
El lugar pertenecía a una sociedad extinguida hacía nueve años.
Nombre:
Atria Servicios Técnicos.
Mara sintió un golpe.
La misma empresa vinculada a la identidad de su padre.
—Eso no puede ser casual —dijo.
Tomás no respondió.
Elisa mostró un plano.
—Hay tres naves. La señal viene de la segunda.
—¿Actividad?
—Consumo eléctrico mínimo. Sin contratos laborales. Sin cámaras registradas.
—Perfecto —dijo Mara.
Elisa la miró.
—Eso no era bueno.
—Ya.
Tomás organizó entrada por dos puntos.
Mara escuchó.
No discutió.
Hasta que él dijo:
—Tú te quedas fuera.
—No.
—No voy a negociar.
—Yo tampoco.
—Mara.
—Si dentro está mi padre, no va a responder igual a un grupo armado que a mí.
Tomás apretó la mandíbula.
—Y si dentro hay alguien que quiere usarlo para atraerte, entrarás exactamente dónde quiere.
—Eso ya lo sé.
—Entonces compórtate como si lo supieras.
Mara lo miró.
—Lo estoy haciendo.
Entraron a las 21:06.
La nave olía a humedad, metal y aceite viejo.
Mara caminaba detrás de Tomás.
Dos agentes cubrían los laterales.
Elisa permanecía fuera coordinando.
Había luces encendidas al fondo.
Una mesa.
Dos sillas.
Un termo.
Nada más.
Tomás levantó la mano.
—Policía.
Una voz respondió desde la oscuridad.
—Siempre llegas anunciándote demasiado.
Tomás se quedó inmóvil.
Mara también.
La voz.
No podía ser.
Habían pasado dieciséis años.
Pero algunas voces no envejecen dentro de la memoria.
Solo esperan.
Mara avanzó antes de que Tomás pudiera detenerla.
—Papá.
Silencio.
Después una figura apareció bajo la luz.
Cabello gris.
Barba corta.
Más delgado.
Hombros encorvados.
Una cicatriz cerca de la mandíbula.
Pero los ojos.
Los ojos eran los mismos.
Mara dejó de respirar.
No corrió hacia él.
No lloró.
No hizo nada de lo que había imaginado alguna vez que haría si los muertos pudieran regresar.
Solo lo miró.
Mauro también.
—Hola, pequeña.
La palabra la golpeó.
Solo él la llamaba así.
Mara dio un paso.
—No me llames así.
Mauro bajó la mirada.
—Está bien.
Tomás no apartaba el arma.
—Manos visibles.
Mauro levantó ambas.
—Sigues igual, Leiva.
—Tú no.