Destinada Al Alfa Que No Perdona

Capítulo 11 – Sombras entre los árboles

Elian

La puerta de la cabaña queda atrás, pero no su voz. Todavía la escucho, como un eco furioso que me cala los huesos. Me maldice, me odia… y, carajo, esa rabia me atrae más de lo que debería.

Me obligo a respirar profundo. El bosque huele a humedad, a follaje, a rastro animal. El aire trae consigo el hedor de un lobo que no reconozco. No es de mi manada. Eso significa peligro.

Avanzo en silencio, con los sentidos abiertos, cada músculo tenso. Pero mi mente, traicionera, no se concentra del todo. La imagen de Aeryn embarrada, empapada y temblando en el río me golpea de nuevo. La forma en que me gritó “animal”. Y quizá tenga razón. Soy un animal… pero también fui el que la salvó.

Un crujido a mi derecha me hace detenerme. Me giro. Nada. Sólo sombras entre los árboles. El olor sigue allí, más fuerte. Sigo avanzando.

De pronto escucho un golpe sordo detrás, muy cerca de la cabaña. Mis ojos se abren de golpe. Con un Carajo. Aeryn.

Me apresuro a regresar, y ahí está: Aeryn, intentando escabullirse por la ventana trasera, con los brazos aún húmedos, como si nada de lo que le dije significara algo.

—¿Es que no entiendes, Aeryn? —mi voz sale como un rugido.

Ella gira bruscamente, los labios entreabiertos, el cabello enmarañado en torno al rostro.

—No me vas a encerrar como a una presa.

—¡No te estoy encerrando! —doy un paso hacia ella, la tierra húmeda cediendo bajo mis botas—. Estoy tratando de mantenerte viva.

—Y yo no necesito que me salves —responde, firme, pero su respiración agitada la delata.

La tensión se estira entre los dos como un hilo a punto de romperse. Yo sé que debería darme la vuelta, seguir el rastro del lobo desconocido. Pero no puedo. No cuando ella me desafía con esa mirada. No cuando todo mi cuerpo grita por acercarse a ella aunque sea un segundo más.

Mis manos se cierran en puños. O la arrastro de nuevo adentro o cedo a la tentación de besarla y perderlo todo.

Y, justo en ese instante, un aullido atraviesa el bosque. Largo, gutural, extraño. No es de los míos. La amenaza está demasiado cerca.

La discusión tendrá que esperar.

—Dentro, ahora —le ordeno, sin apartar los ojos de la oscuridad de los árboles.

El aullido se extingue, dejando un silencio que pesa como plomo. El bosque entero parece contener el aliento, expectante.

Aeryn abre la boca para replicar, pero levanto la mano, pidiéndole silencio. Mis oídos se afinan, mis sentidos se agudizan. No es mi manada. No es ninguno de los míos. Y eso solo puede significar una cosa: alguien ha osado entrar en mi territorio.

—Quédate aquí —gruño, apenas mirándola.

—¿Y si no quiero? —responde con ese veneno en la voz que me desarma y me enfurece a la vez.

—No es un juego, Aeryn —le corto en seco, clavándole la mirada. Ella traga saliva, pero no aparta los ojos de los míos. Tiene miedo, puedo sentirlo, y aún así se aferra a su orgullo. Maldita mujer.

Sin más palabras, me doy la vuelta y me interno en el bosque. Mis botas hunden la tierra húmeda, y pronto me agacho, rozando con los dedos la huella fresca en el suelo. El corazón me da un vuelco: es grande, demasiado. Mucho mayor que cualquier lobo común.

El rastro serpentea entre los arbustos, bordeando el arroyo. Las ramas están partidas, la hierba aplastada por el peso de la bestia. Me agacho otra vez, olfateando el aire: un olor agrio, salvaje, desconocido, me quema las fosas nasales. Un intruso. Un enemigo.

Aprieto la mandíbula y mis uñas casi desgarran la tierra. ¿Quién diablos osa desafiarme? ¿Qué pretende entrando aquí, tan cerca de ella?

El aire cambia. Mis sentidos me alertan de inmediato. Siento una mirada, una presencia al acecho entre los árboles, como si el bosque entero me observara.

—Sal… —murmuro entre dientes, con voz grave, casi animal—. Sé que estás aquí.

Nada. Solo el murmullo del agua cayendo en la cascada y el latido de mi propia sangre en los oídos.

Respiro hondo y me enderezo. El rastro continúa más adentro. Pero el recuerdo de Aeryn me jala de nuevo: mojada, temblando, intentando escapar. Si me adentro demasiado, la dejaré sola, vulnerable. Y eso no lo puedo permitir.

El dilema me carcome. Ir tras el lobo significa descubrir quién amenaza mi territorio. Pero volver a la cabaña… significa enfrentarme otra vez a ella, a su terquedad, a esa atracción peligrosa que me descontrola.

Un crujido seco me obliga a girar de golpe. A unos metros, en el barro, una nueva huella aparece, fresca, aún húmeda. El intruso me está provocando.

Mis ojos se encienden de furia.

—No escaparás de mí —susurro, sintiendo cómo el calor de la transformación palpita bajo mi piel.

El aire del bosque aún vibra con el eco del aullido cuando decido regresar a la cabaña. El rastro del intruso arde en mi memoria, fresco, insolente, como un reto marcado sobre la tierra. Pero no puedo permitir que Aeryn quede sola. No ahora. No con ese monstruo rondando tan cerca.




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