Habían pasado cinco meses exactos desde aquel día en la cafetería donde Daniel me confesó sus sentimientos a través de letras y miradas cómplices. Hoy ya éramos oficialmente novios ante los ojos de todos. Me había pedido dar el paso formal cuando estábamos sentados conversando en las bancas del parque al atardecer, con el viento meciendo nuestros cabellos y los nervios a flor de piel. Y yo, con la ilusión propia de una chica enamorada a mis 17 años, acepté sin dudarlo ni un solo segundo. Sentía que el mundo por fin encajaba a la perfección.