Habían pasado seis meses desde que cumplí los dieciocho, y en las últimas semanas las cosas con Daniel se habían vuelto extrañas; lo sentía un poco distante y ensimismado, aunque seguía a mi lado y cumplía con su dulce tradición de regalarme mi chocolate favorito todos los viernes sin falta.
Una tarde, al llegar a casa después de una larga jornada de trámites universitarios, mi mamá me recibió en la entrada con una expresión misteriosa. Traía en las manos una elegante tarjeta de color negro mate con detalles plateados. Me dijo que era una invitación personal importante, me la entregó en silencio y se marchó a la cocina.
Con las manos ligeramente temblorosas, abrí dicha tarjeta y comprobé que mi vista no me engañaba. Era una invitación formal.
Una invitación a una fiesta de celebración muy especial: los dieciocho años de Eric.
Tú ibas a cumplir la misma edad, habías crecido, cambiado por completo, y aun así, te habías acordado de mí para invitarme a un momento clave de tu vida.
¿Me recordabas de verdad después de tanto tiempo?
Mientras sostenía el papel pesado entre mis dedos, una pequeña y cálida punzada de felicidad —mezclada con una enorme incertidumbre sobre lo que encontraría allí— se instaló de golpe en mi pecho.