Había pasado una semana desde aquella ruptura. El peso de la decisión había sido enorme, pero por primera vez en mucho tiempo sentí que respiraba con libertad. Ya no cargaba con la culpa de fingir un amor que se estaba desgastando. Estaba enfocada en mí, en mis estudios y en procesar todo lo que había cambiado. Sin embargo, mi teléfono seguía sobre el escritorio, y un número desconocido —uno que había guardado con el nombre de Eric desde la noche de la fiesta— parpadeaba de vez en cuando en la pantalla con mensajes llenos de paciencia, invitándome a tomar un café para conversar sin apuros.