Después del café, caminamos hasta el parque donde solíamos pasar horas de la infancia. El sol empezaba a ocultarse, tiñendo el cielo de tonos naranjas y violetas. Nos sentamos en los mismos columpios de siempre, aunque ahora nuestras piernas eran más largas y el mundo se veía diferente. Eric se detuvo, me miró con una intensidad que me hizo latir el corazón a mil por hora y, dando un paso hacia mí, me detuvo el columpio con suavidad.
—Sé que tuvimos que tomar caminos separados y que el destino dio muchas vueltas para traernos hasta aquí —dijo con su voz grave, tomando mis manos entre las suyas—. Pero no quiero dejar pasar ni un día más sin intentar lo que dejamos pendiente. Melany, ¿quieres ser mi novia de verdad?