Lo miré a los ojos, esos mismos ojos que me habían robado el aliento desde el primer día de clases a los 15 años, y sentí que por fin todas las piezas de mi vida encajaban en su lugar. Ya no faltaba nada.
—Sí, sí quiero —le respondí con una sonrisa que me iluminaba el rostro.
Eric sonrió de oreja a oreja, me levantó en el aire dando una vuelta mientras reíamos y, al bajarme, me dio un beso tierno y esperado que borró por completo cualquier rastro del pasado.