Destinos Cruzados en París

Capitulo 2

Yeiana

—¡Oye, Yeina, ya levántate! Se te está haciendo tarde para ir al colegio —dijo mi madre, recostada en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y ese tono que no dejaba espacio para negociación.

—Un minuto más… —murmuré, hundiéndome un poco más en la almohada.

—¡Ningún minuto más! —replicó, acercándose a la cama—. Ya te he dado mucho tiempo, así que levántate ya, mocosa —dijo mientras me arrancaba la cobija de un solo movimiento y me jalaba los pies sin piedad.

—¡Aaah, mamá! —protesté, retorciéndome.

—¿Qué dijiste? —respondió con voz fuerte, esa que indicaba que no había escapatoria posible.

—Nada… —murmuré.

—Pues más te vale, porque si no te das prisa, llegarás tarde en tu primer día de clases.

A regañadientes, me incorporé en la cama, sintiendo el frío de la mañana golpearme de golpe sin la protección de mi cobija. Mamá ya había salido de la habitación, segura de que su táctica de ataque había funcionado.

Me arrastré hasta el baño con los ojos entrecerrados, tratando de no chocar con la puerta. El reflejo en el espejo me mostró el desastre matutino que era mi cabello, un caos indomable que ni siquiera el agua lograba solucionar de inmediato.

Mientras intentaba que mi uniforme no quedara todo arrugado, mamá gritó desde la cocina:

—¡Yeina, apúrate! Tu desayuno está en la mesa, no quiero que salgas corriendo con hambre.

—Ya voy… —murmuré, aunque sabía que eso no iba a calmar su impaciencia.

Bajé las escaleras a medio vestir, aún acomodando mi camisa cuando me encontré con su mirada inquisitiva. Se cruzó de brazos y dejó escapar un suspiro.

—Pero que aspecto que tienes —dijo, meneando la cabeza antes de empujarme suavemente hacia la mesa—. Come rápido, que si seguimos así, voy a tener que llamarle a un taxi.

No estaba segura de si eso era una amenaza o un rescate, pero en ese momento, el desayuno frente a mí era lo único que importaba.

Me senté a la mesa con el plato de tostadas frente a mí. A pesar de que aún estaba medio dormida, el olor del café recién hecho me ayudó a despejarme un poco. Mamá iba y venía por la cocina, revisando su teléfono entre sorbos de café, mientras mi tía se apoyaba en la encimera, observándome con una sonrisa divertida.

—Deberías comer más rápido, no quiero que digan que llegaste tarde por mi culpa —comentó mi tía, tomando su propia taza de café.

—No creo que sea por tu culpa… —murmuré, mordiendo una tostada—. Es culpa de la rutina de levantarse temprano.

Mamá soltó una risa breve.

—Pues acostúmbrate, porque no vas a vivir toda la vida despertando a mediodía —dijo, sin despegar la vista del teléfono.

Mi tía asintió.

—Tu mamá tiene razón. Además, si quieres sobrevivir en este colegio, vas a necesitar más café que excusas —añadió, dándole un sorbo a su taza.

Suspiré, terminando el desayuno sin demasiada prisa.

Miré el reloj. Ok, ya era hora.

Mi tía dejó la taza sobre la mesa y sacó las llaves del coche.

—¿Lista? —preguntó con una mirada cómplice.

Tragué el último bocado y asentí con resignación.

—Lo que sea que me espere ahí dentro… no creo que esté lista, pero ni modo.

Las dos rieron mientras me ponía la mochila al hombro y nos dirigíamos a la puerta.

Mientras el coche avanzaba por las calles de París, miraba por la ventana, observando cómo la ciudad despertaba con su ritmo acelerado. Increíble pensar que ya habían pasado semanas desde nuestra llegada.

Al principio, todo era nuevo, emocionante, incluso caótico. Pero ahora la rutina comenzaba a asentarse, aunque no sin sus dificultades. La mayor de todas: levantarme temprano. Extrañaba los días en los que podía quedarme en la cama hasta tarde, sin preocupaciones, sin tareas ni proyectos rondando en mi cabeza.

Mi tía, con una sonrisa divertida, echó un vistazo en el retrovisor.

—Te ves como si fueras camino a una ejecución —comentó, su tono ligero, pero con una mirada comprensiva.

—No es para tanto… —murmuré, cruzando los brazos—. Pero tampoco es como que estoy emocionada.

Cuando me dijo que ya me había matriculado, sentí que me caía un balde de agua fría. Sí, sabía que eventualmente tendría que empezar a estudiar, pero después de semanas sin estrés, sin deberes, sin obligaciones… ya me había acostumbrado a esa libertad.

—Sé que no estabas lista para volver a la rutina, pero te irá bien. Ya verás —dijo, sin apartar la vista del camino.

Suspiré, recargándome contra la ventana. Si tan solo existiera una máquina del tiempo, volvería a esos días de paz, de desayunos tranquilos con mi abuelo y mi tía, de paseos por el salón de belleza, de disfrutar la ciudad sin la sombra del colegio sobre mí.

Pero ni modo. Tocaba enfrentar lo inevitable.

El aire fresco de la mañana me envolvía mientras caminaba hacia la entrada del colegio. La luz del sol filtrándose entre los árboles hacía que todo pareciera más brillante de lo que realmente sentía en mi interior.

Ajusté la correa de mi mochila y, sin querer, alcancé a ver mi reflejo en una de las enormes ventanas del edificio. Mi cabello, negro azulado, se veía más vivo bajo la luz, con esos reflejos que solo aparecían cuando el sol lo tocaba. Estaba corto, aunque lo suficiente largo como para que tuviera que acomodarlo cada mañana.

Mis ojos azules eran lo primero que notaba en el reflejo, siempre llamativos contra mi piel clara, aunque en ese momento más que llamativos, parecían delatar lo nerviosa que estaba. Pasé la lengua por mis labios, que mantenían su color rosado natural, intentando quitarme la sensación de sequedad que venía con los nervios.

Suspiré.

Ya no había vuelta atrás.

Mi primer día en este colegio había comenzado.

Inspiré profundo, tratando de ignorar la sensación de inseguridad que se acumulaba en mi pecho, y seguí caminando.

El coche se detuvo frente al enorme edificio del colegio.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.