Detrás de una Sonrisa

CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO

3 AM

Cameron

Llegué a mi escritorio con el peso de la noche anterior todavía hundiéndome los hombros. La cena había pasado como una tortura, aunque intentaba mantener mi habitual cortesía, sentía una inquietud de que Elizabeth apareciera en cualquier momento en casa de Sebastián.

Afortunadamente para mi bien emocional, nunca apareció.

Solo éramos, Sebastián, mi madre, Leah, Marisa, Dustin, Frederick y su esposa. La cena fue algo rápido, entre felicitaciones, sonrisas forzadas de mi parte, conversaciones sobre mi carrera y trabajo en la firma, y un par de obsequios más se dio por concluida temprano.

Afortunadamente nadie sacó el tema de mi vida amorosa, solo fue algo meramente formal.

—Hola, Cameron.

Gire para ver a Jane detrás de mi, lleva unos libros en los brazos.

Nunca la había visto por aquí, y creo que reconoció la duda en mi semblante porque ella misma se apresuró a explicar.

—Vine a buscar a Elizabeth, desde el día del museo no la he visto y quiero saber que fue lo que pasó ese día.

—Quedó muy claro, ¿No?—respondí con la voz apagada—. Esta con ese chico.

Jane asintió. Su aspecto no era impecable como siempre. Parece cansada, y las ojeras la tiene demasiado marcadas.

Supongo que también le está pasando factura las acciones de su amiga.

—Es lo que quiero entender, porque ni siquiera lo soportaba—murmuró.

—Jane, no quiero ser grosero pero, no quiero hablar de ella.

Soltó un suspiro, y dejo los libros qué llevaba en su brazo un momento en mi escritorio.

—Estoy segura que hay algo detrás de lo que pasó, Cameron.

—Ya no es de mi incumbencia—aclaré antes de que me pidiera ayuda—. Le prometí a Sam que me alejaría de ella, y lo hice. Elizabeth nunca debió ser parte de mi vida—mi voz salió tan baja qué ni siquiera la reconocí—. Aunque no estoy seguro si alguna vez lo fue.

—Cameron…

—Tengo que trabajar Jane—me gire para darle vuelta a mi escritorio—. El mundo no se detiene por que una chica me rompe el corazón, y honestamente ya tengo suficientes problemas para involucrarme en otro.

Jane no dijo nada más, se despidió de mí, tomo su carpeta y se marchó.

El resto del día no fue más que otra tortura silenciosa. Cada vez que alguien aparecía por el pasillo, me daba la impresión de que era ella, y mi cuerpo se tensaba inconscientemente.

Fue un día horrible, pero la verdad es que Elizabeth jamás apareció. Al menos no por aquí.

Con Dustin y Marisa fuimos a una pequeña cafetería a la hora de la comida. Me sirvió respirar un poco, y para cuando volvimos, ya no estuve tan alterado por la posibilidad de que Elizabeth apareciera en cualquier momento.

Me permití relajarme mientras hacía mi trabajo. Al menos hasta ,que noté un pequeño trozo de papel asomando apenas bajo el borde de mi teclado.

Lo tomé, pensando que sería algún recordatorio de Dustin o una nota de alguien más.

​“3 AM, en la azotea.
Ven solo, no le digas a nadie.”

​Fruncí el ceño al leer las palabras.

No tenía firma. La letra me resultaba vagamente familiar, pero mi mente, bloqueada por el cansancio y el cinismo que había adoptado desde ayer, se negó a darle un nombre.

Mi primer impulso fue arrugarla y lanzarla al cesto de basura. Estuve a punto de soltarla, pero algo, un vestigio de esa prudencia o quizás curiosidad, hizo que me detuviera.

​Sin saber muy bien por qué, doblé el papel y lo guardé en el bolsillo de mi pantalón.

​El resto del día fue un desfile de correos, archivos por revisar y reuniones. Nunca había estado tan desconcertado en mi trabajo, aunque no es mucho lo que hago, jamás me había pasado.

Ni siquiera cuando Allyson término conmigo.

Evité mirar hacia la oficina de Frederick; no quería cruzarme con Elizabeth. No quería ver esa mirada que antes me gustaba y que ahora solo me recordaba el silencio que guardó cuando Dave la reclamó.

Cumplí con mis tareas, aún sintiendo esa punzada por seguir aquí, cuando debería estar en el lugar de Marisa. No es envidia, pero siento algo raro. Como si lo que pasó no hubiera válido la pena.

Si no hubiera ido a ese partido, sería yo quien estuviera en esa sala de juntas ahora mismo. Sería yo quien estuviera trabajando en el caso, bajo supervisión. No haría mucho, solo ayudar, pero con eso es suficiente para aprender más.

Hubo un momento en el que me arrepentí de todo, de cada una de mis decisiones. De haber discutido con Sam. Debí haber escuchado a mi madre cuando Dave me dio esa paliza en esa cafetería. Debí haber escuchado a Sam la primera vez que me advirtió sobre acercarme a Elizabeth. Debí haber sido más atento, y ver que en realidad yo era el único que estaba sintiendo cosas. Debí haber visto que a ella jamás le importe.

Llegue a casa, cené algo rápido con mi madre y Leah. Mamá seguía insistiendo en que estaba raro, solo le dije que estaba bien, y pronto estaría mejor. y finalmente me fui a dormir.

No quiero preocuparla, no quiero que sepa que esto me está afectando más de lo que me gustaría admitir. No quiero escuchar un Te lo dije. De nadie.

​El silencio de mi habitación era absoluto, pero mi cabeza era un mar de pensamientos y recuerdos.

La boda de Leo, Boston, ese partido qué me quito la oportunidad. ¿Todo para que? Para que ella esté ahora con otro chico al que seguramente fingió detestar.

Me duele darme cuenta que quizá nunca conocí a la verdadera Elizabeth. Me duele recordar en que yo creí que era distinta.

​Di vueltas en la cama, ajustando la almohada, cerrando los ojos con fuerza, pero la imagen de la nota volvía a aparecer.

3 AM. La azotea.

​—Es una estupidez —murmuré para la oscuridad.

​¿Y si era una broma de Sam? No, Sam no era de notas anónimas; él aparecería en mi puerta con una idea más loca y peligrosa en mente, y después me arrastraba a hacer cualquier estupidez.




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