Verdades.
Elizabeth
Me abracé a las rodillas, oculta tras una de las enormes unidades de ventilación. El metal frío me calaba la espalda, pero el temblor que recorría mi cuerpo no era por el clima de la madrugada. Miraba el reloj de mi celular cada treinta segundos, sintiendo que el tiempo se estiraba como una tortura.
—Por favor, Cameron… ven —susurré, y mi propia voz se rompió en un sollozo ahogado.
Rogué internamente. Le pedí a Dios, le pedí al cielo que lo trajera aquí. Si no venía, si su odio era más grande que su curiosidad, y yo estaba perdida. Dave me consumiría y yo nunca podría perdonarme el haber dejado que Cameron creyera que no me importaba.
Escuché el chirrido de la puerta de metal.
Me quedé inmóvil, conteniendo la respiración. Los pasos de Cameron eran lentos, rítmicos, pero cargados de una vacilación que me dolió en el alma. Lo vi a través de la penumbra: su silueta alta, la chaqueta oscura, esa forma tan suya de mirar alrededor con cautela.
—¿Hay alguien aquí? —preguntó.
Su voz no tenía la calidez de antes; era la voz de un hombre que ya no esperaba encontrar nada bueno en la oscuridad.
Venía con el mismo atuendo que la noche que fue a mi casa a entrar al servidor de papá, y el cabello revuelto.
Se ve tan lindo.
Cuando sus ojos se encontraron con los míos, vi cómo se tensaba. Dio un paso atrás, como si quisiera huir de la imagen de la mujer que, según él, le había fallado.
—¿Tú escribiste la nota?
No pude contenerme más. Las lágrimas, que habían sido un goteo silencioso, se convirtieron en un llanto desesperado.
No podía hablar, solo sollozar mientras intentaba recuperar el aire.
Cameron me miró durante lo que pareció una eternidad; vi la lucha en su rostro, la batalla entre el hombre herido que quería irse y el hombre empático que no podía dejar a alguien sufriendo así.
Finalmente, suspiró con una pesadez infinita y se acercó. No me abrazó, pero se sentó en el borde de concreto, a un metro de mí.
—Habla, Elizabeth —dijo, mirando hacia el horizonte de la ciudad, evitando mis ojos—. No debería estar aquí, en primer lugar.
—Yo solo quiero explicarte…
—No me debes explicaciones—no me miró—. Si me vas a decir más mentiras…
—Es que no es lo que crees —comencé, sorbiendo por la nariz, tratando de que las palabras salieran coherentes—. Me tiene amenazada. Sabe dónde viven mis sobrinos, sabe todo sobre mi familia, la familia de Jane, sobre ti, sobre tu familia… y sabe sobre Leah.
Me giré hacia él, buscando desesperadamente un rastro de comprensión.
—Dijo que si yo te decía algo, o si me acercaba a ti, le pasaría algo a ella. A tu hermanita. Por eso no dije nada cuando Dave dijo que era su novia. Tenía miedo de que por mi culpa, le hiciera daño a ustedes.
El silencio que siguió fue sepulcral. Esperé que me tomara de las manos, que me dijera que lo entendía, que me protegiera.
Pero Cameron soltó una risa seca, carente de humor, y finalmente me miró. Sus ojos estaban vacíos.
—¿Amenazas? ¿De verdad? —negó con la cabeza—. Es una historia increíble. Casi parece sacada de una novela.
—¡Es la verdad! —grité, desesperada—. ¡Él me vigila! ¡Jane lo sabe!
—Jane es tu amiga, diría cualquier cosa por ti —replicó—. Lo que yo vi fue a una chica que me mintió. Lo que vi fue a alguien que no pudo tomarse diez segundos para decirme “feliz cumpleaños” el primer año que paso sin mi padre. No metas a mi hermana en esto para justificar tu falta de valor o tu indecisión entre Dave y yo.
—Cameron, por favor—intenté tocar su brazo, pero él se apartó como si mi contacto le quemara—. No es una maldita indecisión, el… Dave te tiene vigilado, por Dios, iba a matarte.
Recordé la vez que lo golpeó, como saco la navaja y estaba decidido a encajársela.
—En el partido de Rod, el fue quien provocó que el letrero cayera sobre ti—musite casi en una suplica de que me creyera.
—Basta. No soy idiota, solo disfrutabas jugar conmigo. Quédate con tu historia si eso te hace sentir mejor, pero no esperes que te crea.
—Cameron…
Hizo el amago de levantarse y lo detuve. Lentamente se deshizo de mi agarre, y de quedo en su lugar.
—Supongamos que lo que dices es verdad—no miró ni un segundo—, ¿Tienes pruebas? ¿Tienes manera de comprobar que lo que dices es verdad?
Me dolió tanto que pensara que lo invente. Por eso mismo, había venido preparada. Porque sabía que después de todo, no confiaría en mi.
Desesperada, metí la mano en el bolsillo de mi abrigo y saqué el sobre arrugado.
Le extendí las fotos, esas imágenes que Dave me había enviado para recordarme que mi libertad tenía dueño. Eran fotos mías entrando a mi casa, fotos de Leah saliendo de la escuela, fotos de nosotros dos riendo en mi porche hace semanas, marcadas con círculos rojos que parecían blancos de tiro.
—Son las pruebas… son las fotos que él… —mi mano temblaba tanto que las fotos cayeron al suelo, esparciéndose sobre el concreto sucio de la azotea—. Ahí está, Cameron. Por eso me alejé, para que no le pasara nada a ella, ni a ti… ni a la familia de Jane.
Él finalmente se giró, pero no para mirar las fotos. Me miró a mí, y lo que vi en sus ojos no fue perdón, ni siquiera sorpresa.
Era un cansancio infinito, una decepción que había echado raíces tan profundas que ya no dejaba espacio para la fe.
—¿Y qué esperas que haga con esto? —preguntó, bajando la vista a las imágenes esparcidas sin siquiera agacharse a recogerlas—. ¿Qué te perdone porque ahora tienes una carpeta de evidencias?
—Solo quiero que me creas…
—¿Creerte? —Cameron soltó una risa seca, desprovista de toda esa amabilidad que solía definirlo—. Elizabeth, el problema no es si Dave es un monstruo o no. El problema es que, cuando las cosas se pusieron difíciles, decidiste que yo no era lo suficientemente fuerte, o digno de confianza para estar a tu lado y enfrentar esto juntos. Elegiste el silencio. Elegiste dejarme solo. Elegiste dejar que ese tipo me humillara en mi propia cara.