Devoción Psicótica

PRÓLOGO

Hay una línea muy delgada entre observar y poseer, pero los cables en mi cabeza se rompieron hace tanto tiempo que ya no recuerdo la diferencia.

​Para el resto del mundo, la oscuridad es la ausencia de luz. Para mí, la oscuridad es un escenario, un refugio y el único lugar donde puedo respirar sin sentir que las paredes de mi propia mente se están derrumbando. La gente normal —esa masa estúpida que camina por la calle fingiendo que tiene el control de sus patéticas vidas— cree que la cordura es un estado permanente. No tienen idea de lo fácil que es quebrarse. No saben lo rápido que el humo invade los pensamientos hasta que no queda nada más que un incendio negro.

​Yo no nací para encajar en sus moldes. Manejo un imperio donde la sangre, el dinero y el poder son las únicas monedas de cambio legítimas, un mundo frío donde mi palabra es la ley y donde mi hermano Teo pasa los días rezando para que mi inestabilidad no termine por reducir a cenizas el negocio familiar. Él cree que me conoce. Cree que porque compartimos la misma sangre puede predecir mis movimientos. Pero nadie puede predecir a un hombre que ha aprendido a disfrutar del caos.

​Y entonces, la vi a ella.

​El reloj de pulsera marca las tres de la mañana. El tic-tac es lo único que compite con el goteo incesante de una tubería rota en el techo del pasillo. El edificio es una puta ruina. Apesta a humedad, a madera vieja carcomida por los años y a la miseria de los inquilinos que se arrastran por aquí intentando llegar a fin de mes. Un lugar asqueroso. Un bloque de cemento viejo que ningún Monroe debería pisar jamás. Y sin embargo, compré el apartamento contiguo solo por una razón. Por ella. Dejé mis lujos, mis propiedades blindadas y la comodidad de mi fortaleza para encerrarme en estas cuatro paredes descascaradas, solo para estar a un muro de distancia de su piel.

​El eco de unos pasos rompe el silencio del pasillo. Tacones. Pasos firmes, rítmicos, peligrosamente tercos. Conozco ese sonido de memoria; podría identificar el peso de su cuerpo contra los escalones de piedra entre un millón de personas. Es ella. Ha regresado del club.

​Me levanto de la única silla de la habitación a oscuras. No necesito encender las luces; me muevo como una sombra más en la penumbra. Me pego a la madera fría y astillada de mi puerta, conteniendo el aliento, y apoyo el ojo contra el metal frío de la mirilla.

​El mundo se deforma a través del lente, pero mi visión se aclara en el segundo en que Arabella entra en el encuadre.

​Camina despacio, arrastrando un abrigo largo que apenas oculta la silueta que me obsesiona desde el primer maldito segundo en que la vi sobre el escenario. Lleva ese body negro de cuello alto, una prenda que se ajusta a sus curvas como una segunda piel y que deja sus hombros descubiertos, en marcados por esos guantes largos de satén que llegan prácticamente hasta sus brazos. Sus piernas, largas y perfectas, están cubiertas por las medias de red con diseño de rombos que utiliza para sus rutinas de pole dance. Todo en ella grita provocación, pero hay algo en su postura que mantiene a los hombres a raya. Una fuerza indomable. Una terquedad intrínseca que le dice al mundo: puedes mirar, pero si me tocas, te mato.

​Esa resistencia fue lo que me destruyó. En el club, ella no hace nada más. No se vende, no complace los caprichos de los idiotas con dinero, no dobla las rodillas ante nadie. Baila bajo sus propias reglas para sobrevivir. Es una chica común atrapada en un sistema de mierda, pero se mueve como si fuera la dueña de la maldita ciudad.

​Arabella se detiene frente a su puerta, justo al lado de la mía. Está a menos de un metro de distancia. Puedo escuchar el roce de su ropa, el sonido sutil de su respiración cansada tras una larga noche de trabajo. Saca las llaves de su bolso y el tintineo del metal resuena en mi pecho como una descarga eléctrica. Sus dedos, aún cubiertos por el guante negro, tiemblan levemente por el frío del pasillo.

​Tengo ganas de abrir la puerta. Tengo ganas de salir, atraparla por la cintura, pegarla contra el muro y recordarle que no hay un solo rastro de peligro en su vida que no haya sido eliminado por mis manos. Ella no sabe que el cliente que intentó sobrepasarse con ella la semana pasada apareció flotando en los muelles industriales. No sabe que el dueño del edificio, ese cerdo que pretendía subirle la renta a cambio de favores, pasó la noche suplicando por su vida con una pistola metida en la boca hasta que entendió las nuevas reglas. Yo limpio su camino. Yo vigilo sus pasos. Muevo los hilos de su existencia desde las sombras, asegurándome de que nada ni nadie opaque la luz de mi maldita obsesión.

​Ella cree que está sola en este pasillo oscuro. Cree que la noche es su confidente. No tiene idea de que la noche me pertenece a mí, y que yo ya la he elegido.

​Introduce la llave en la cerradura. El mecanismo gira con un chasquido seco. Arabella empuja la puerta de su apartamento y entra, dejándome nuevamente con la vista fija en la negrura del pasillo vacío. La madera se cierra y el silencio vuelve a devorarlo todo.

​Me separo de la mirilla despacio, con una sonrisa torcida dibujándose en mi rostro en medio de la penumbra. Siento la tensión en los cables de mi cabeza, ese zumbido constante que me recuerda que no estoy bien, que mi mente está rota y que mi devoción se ha convertido en una enfermedad clínica. Pero no me importa. No quiero curarme.

​Arabella Brynhild cree que soy solo el vecino silencioso y misterioso del piso viejo. No sabe que acaba de cerrar la puerta dejando al monstruo del otro lado de la pared. No sabe que, haga lo que haga y corra a donde corra, ya está completamente atrapada en mi red.

​Bienvenido a mi locura. Bienvenido a nuestra Devoción Psicótica.




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