El bajo de la música vibraba directo en mis costillas, un latido artificial y pesado que llenaba el ambiente denso del club. Las luces rojas y púrpuras se filtraban a través del humo de los vapeadores y el olor a alcohol caro, dibujando siluetas borrosas en la penumbra. Para los hombres sentados en las mesas de primera fila, yo era el centro del universo durante esos cuatro minutos. Para mí, el tubo de acero pulido era lo único real a lo que aferrarme.
Giré, sosteniendo todo el peso de mi cuerpo con la fuerza de un solo brazo, extendiendo las piernas cubiertas por las medias de red en un ángulo perfecto. Sentía el roce frío del metal contra la piel de mis hombros descubiertos, contrastando con el calor asfixiante del escenario. No hacía nada más. No bajaba a las mesas, no sonreía por propinas extra, no dejaba que me pusieran un solo dedo encima. Mi rutina en el pole dance era pura fuerza, elegancia e indiferencia. Una barrera invisible que trazaba con cada movimiento preciso de mis botas altas de charol. Bailaba para pagar la renta de un apartamento miserable, no para complacer las fantasías de los idiotas que creían que unos billetes los hacían dueños de la noche.
Cuando la música llegó a su último acorde, me deslicé por el tubo con lentitud calculada, toqué el suelo con la punta de los tacones y caminé hacia el backstage sin mirar atrás, ignorando los aplausos y los silbidos que se ahogaban detrás de la pesada cortina de terciopelo negro.
El pasillo de los camerinos era notablemente más frío y apestaba a laca para el cabello y perfume barato. En cuanto crucé la puerta, la adrenalina comenzó a abandonar mi cuerpo, dejando espacio a un cansancio sordo que me pesaba en los hombros. Me encariñaba con esa fatiga; era la prueba de que seguía en pie.
—Estuviste increíble hoy, Bombón. Joder, ese último giro invertido casi me deja sin respiración a mí —la voz de Katherine llegó antes de que pudiera alcanzar mi casillero.
Cat estaba sentada frente al espejo del tocador, quitándose las pestañas postizas con cuidado. Ella era mi único cable a tierra en este lugar. Alguien que, al igual que yo, entendía que debajo del brillo y la ropa provocativa solo había dos chicas intentando no ser devoradas por la ciudad.
—Gracias, Cat. Las piernas me tiemblan un poco, pero sobreviví a otro viernes —respondí con una media sonrisa, abriendo el casillero de metal oxidado para sacar mi chaqueta de cuero negra.
Me la puse sobre el body de cuello alto y manga sisa, subiendo la cremallera hasta la mitad para protegerme del aire acondicionado del camerino. No solía cambiarme por completo aquí; prefería salir rápido y ducharme en la privacidad de mi baño, por muy ruinoso que fuera el edificio donde vivía.
—¿Te vas ya? —Cat se giró en la silla, mirándome con el ceño fruncido a través del espejo—. Quédate un rato más, Arabella. El chofer del jefe puede dejarte cerca de tu complejo de apartamentos cuando termine el turno. No me gusta que camines sola a estas horas. Ese callejón trasero es una boca de lobo.
—Sabes que no me gusta deberle favores a nadie del club, y mucho menos al jefe —repliqué, ajustándome los guantes largos de satén negro que aún llevaba puestos—. Además, son solo unas calles. Sé cuidarme sola, Cat. Si alguien intenta pasarse de listo, se llevará la punta de mi tacón directamente a la garganta.
Cat soltó una risa suave pero cargada de preocupación.
—Eres terca como una mula, Bombón. De verdad. Pero hablo en serio, ten cuidado. He escuchado rumores de que las cosas están tensas en las calles de la mafia esta semana. No busques problemas.
—Los problemas huyen de mí —bromeé, dándole un suave golpe en el hombro antes de caminar hacia la salida—. Te veo el lunes, Cat. Descansa.
—¡Me avisas cuando llegues, Gatita! —gritó a mis espaldas antes de que la puerta se cerrara.
Salí por la puerta trasera del club, y el aire gélido de la madrugada me golpeó el rostro de golpe, despejándome los restos de cansancio. El callejón era estrecho, flanqueado por altos muros de ladrillo visto y contenedores de basura industriales que proyectaban sombras alargadas bajo la débil luz de una farola parpadeante. El suelo de asfalto estaba húmedo por la llovizna reciente, reflejando el cartel de neón rojo del club de forma distorsionada, como una mancha de sangre estirada en la oscuridad.
Caminé a paso firme, el eco rítmico y seco de mis botas altas contra el suelo rompiendo el silencio de la noche. Siempre me había considerado una mujer valiente, de las que no miran hacia atrás al caminar por zonas oscuras, pero esa noche el ambiente se sentía extrañamente denso. Una vibra asfixiante, como si el aire pesara más de lo normal. Mientras avanzaba hacia la avenida que conectaba con mi unidad de apartamentos viejos, una extraña sensación de hormigueo me recorrió la nuca. Era esa intuición primitiva que te advierte que hay unos ojos fijos en tu espalda.
Me detuve un segundo, simulando ajustar el cuello de mi chaqueta, y eché un vistazo rápido hacia las sombras del callejón. Nada. Solo el viento moviendo un trozo de papel viejo contra la pared. Solté un suspiro interno, culpando a la fatiga y a las advertencias de Cat por ponerme paranoica, y continué la marcha, apresurando ligeramente el paso.
No tardé más de diez minutos en llegar a la entrada de mi edificio. El complejo era una estructura decadente de bloques de concreto gris, con escaleras de metal exteriores que rechinaban con el viento y ventanas tapiadas que le daban un aspecto fantasmal. Era el tipo de lugar donde la gente no hacía preguntas y se encerraba bajo llave en cuanto se ponía el sol. Una puta ruina, pero era lo único que mi salario me permitía pagar.
Justo cuando puse un pie en el primer escalón que conducía hacia el pasillo de mi piso, una silueta recortada contra la penumbra de la entrada me hizo frenar en seco.