Devoción Psicótica

Capítulo 2

Capítulo 2: Cabos Sueltos y Sangre Fría

​La luz de la mañana en este sector de la ciudad no iluminaba, solo hacía que la miseria fuera más evidente. Me desperté con el cuerpo molido por las horas en el tubo y con una molesta fijación en la mente. No había podido dormir bien. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de mi nuevo vecino, con su camisa negra impecable y esos ojos oscuros que parecían diseccionar mi alma, regresaba a flotar en la penumbra de mi habitación. Su silencio no había sido una simple falta de educación; había sido una puta declaración de intenciones que todavía me mantenía los nervios de punta.

​Me puse unos jeans gastados, una camiseta básica y salí al pasillo con la intención de ir a la lavandería de la esquina. En cuanto abrí la puerta, me detuve en seco.

​La bombilla parpadeante del techo, esa que llevaba tres meses rota y que hacía que el pasillo pareciera una película de terror, había sido reemplazada por una luz halógena, blanca y potente. Parpadeé, desconcertada. Miré hacia abajo y noté otro detalle: el pomo de mi propia puerta, que siempre había estado flojo y requería un truco mañoso para cerrar, amaneció perfectamente ajustado. Los tornillos eran nuevos, brillando bajo la luz limpia del techo.

​—¿Qué demonios...? —murmuré, pasando los dedos por el metal pulido.

​Un escalofrío me recorrió la nuca. El dueño del edificio no movía un dedo ni aunque el techo se estuviera cayendo a pedazos. ¿Quién carajos había arreglado mi puerta en mitad de la noche sin que yo escuchara un solo ruido? Miré de inmediato hacia la puerta del apartamento de al lado. Estaba cerrada, sumida en un silencio sepulcral que resultaba exasperante. Nadie entraba, nadie salía. Los cables de mi cabeza empezaron a cruzarse de pura paranoia. Estaba empezando a dudar de mi propia cordura.

​Horas más tarde, el ambiente nocturno del club me obligó a enterrar mis sospechas. Volvía a ser viernes por la noche, el lugar estaba abarrotado y el dinero fluía, pero la tensión en el aire se podía cortar con un cuchillo.

​Terminé mi segunda rutina de la noche, bajando del escenario con el corazón latiéndome con fuerza contra el body de cuello alto. Me abrí paso hacia la zona trasera, buscando el aire fresco de los camerinos, cuando una mano grande y sudorosa me sujetó firmemente del antebrazo, deteniéndome en seco en el pasillo oscuro.

​—Oye, preciosa. No pases de largo tan rápido —la voz pastosa y cargada de alcohol me revolvió el estómago.

​Era uno de los clientes VIP, un tipo gordo, de traje caro y ojos inyectados en sangre que llevaba toda la noche mirándome como si fuera un trozo de carne en exhibición. Supuestamente era un empresario importante con conexiones turbias en los bajos fondos, de esos a los que el dueño del club siempre les lamía las botas.

​—Suéltame —dije, mi voz bajando a un tono peligrosamente bajo y gélido.

​—Vamos, no seas terca. Solo quiero invitarte un trago en privado. Te pagaré el triple de lo que ganas bailando en ese maldito tubo si eres amable conmigo —insistió, apretando más el agarre y pegando su cuerpo al mío.

​Mi paciencia, que de por sí era escasa, se evaporó en un segundo. No iba a permitir que ningún imbécil me tratara como un objeto sumiso. Reaccioné por puro instinto: acumulé toda la fuerza de mi brazo libre y le planté un bofetón con la palma abierta directamente en el pómulo, seguido de un empujón con ambas manos que lo hizo tambalearse hacia atrás, chocando contra la pared de ladrillos.

​El tipo se llevó la mano a la mejilla, con los ojos abiertos por la furia y la humillación.

​—¡Puta perra! —rugió, señalándome con el dedo mientras respiraba con dificultad—. No sabes con quién te acabas de meter. Te voy a esperar afuera en el callejón. De esta noche no pasas, te juro que te voy a romper esa carita de muñeca que tienes.

​—Pruébalo, imbécil —le escupí en la cara antes de darme la vuelta y entrar al camerino dando un portazo.

​Cat, que estaba terminando de retocarse el maquillaje, se levantó de la silla de un salto al ver mi respiración agitada y los puños apretados dentro de mis guantes de satén.

​—¿Qué pasó, Bombón? Escuché gritos afuera —preguntó, acercándose con el ceño fruncido.

​—El cerdo de la mesa cuatro intentó pasarse de listo. Le di su merecido, pero me amenazó con esperarme en el callejón trasero —dije, caminando hacia mi casillero para sacar mi chaqueta de cuero.

​—¡Arabella, estás loca! —Cat me tomó de los hombros, con el rostro pálido—. Ese tipo no es un cualquiera, se rumorea que mueve mercancía pesada para la Bratva. Tienes que quedarte aquí. Llamaré a seguridad o al chofer del jefe. No puedes salir sola.

​—No le tengo miedo a ese infeliz, Cat —repliqué, zafándome de su agarre con brusquedad—. Si quiere pelea, me va a encontrar lista. No voy a esconderme en un camerino como si fuera una víctima.

​Me puse la chaqueta, subí la cremallera y salí por la puerta trasera antes de que Cat pudiera detenerme. Al pisar el asfalto húmedo del callejón, apreté los dientes, esperando ver la silueta del gordo esperándome entre las sombras. Pero el lugar estaba desierto. El viento soplaba frío, el neón rojo parpadeaba y no había ni un solo alma en los alrededores. Caminé a paso rápido, con la adrenalina a tope, pero llegué a mi edificio sin contratiempos. El callejón estaba limpio. Demasiado limpio.

​(POV LYSANDER)

​Verla salir por la puerta trasera del club es la única razón por la que mis pulmones se llenan de aire.

​Observo a través de los cristales tintados de mi auto, estacionado en la esquina más oscura del callejón. Arabella camina con esa terquedad indomable que me fascina, ajustándose la chaqueta de cuero sobre el body negro. Se cree sola. Cree que la noche está desierta. No sabe que unos minutos antes, mis hombres arrastraron al cerdo que intentó tocarla en el pasillo y lo metieron en la cajuela de una camioneta. Nadie amenaza a mi bombón y sigue respirando. Nadie.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.