Devoción Psicótica

Capítulo 3

Capítulo 3: La Pared de Humo

​El lunes me golpeó como un mazazo. A pesar de haber dormido mal, el turno en el club exigía una energía que no tenía. El incidente del viernes con el tipo del traje caro se había disuelto en el aire como si nunca hubiera pasado; no volví a verlo, y nadie en el club mencionó nada sobre una pelea o un cliente expulsado. Era raro. En este antro, los chismes volaban más rápido que el efectivo, y que nadie dijera ni una palabra me generaba una picazón incómoda en el centro del pecho.

​Caminaba por el pasillo del edificio hacia mi apartamento, con las llaves entre los dedos y los hombros cargados de una tensión que el agua caliente de la ducha no había logrado quitar. El pasillo estaba en silencio, ese silencio pesado y opresivo que caracterizaba a este lugar, pero algo era diferente.

​Olía a tabaco. No el tabaco barato que fumaban los inquilinos del tercer piso en las escaleras, sino un aroma profundo, caro, casi amaderado.

​Me detuve frente a mi puerta. Al lado, la puerta de él —mi vecino, el tipo de la mirada vacía— estaba entornada. Solo una rendija de oscuridad absoluta.

​¿Se le olvidó cerrar? La lógica decía que debía irme a lo mío, entrar, cerrar con doble cerrojo y olvidar que ese tipo existía. Pero mi curiosidad, esa maldita parte de mí que siempre me metía en problemas, ganó la batalla. Me acerqué un paso, luego otro. El sonido de un goteo constante venía de adentro, rítmico, como un segundero marcando el tiempo de una bomba.

​—¿Hola? —llamé, mi voz sonando demasiado pequeña en el vacío del pasillo.

​Silencio.

​Empujé un poco más la puerta con la punta de mis dedos. No debía hacerlo. Lo sabía. Pero la intriga me quemaba. El apartamento era un espejo del mío en estructura, pero el ambiente era... diferente. No había muebles, apenas una silla solitaria frente a la ventana y, en el suelo, decenas de fotografías.

​Mi sangre se heló.

​Eran fotos mías.

​Fotos en el club, en el escenario, saliendo del callejón, entrando al edificio, comprando café. Había una pared entera cubierta de imágenes, todas en blanco y negro, con fechas anotadas al reverso. Mi respiración se cortó, el aire se volvió denso, casi irrespirable. No era la colección de un admirador; era el registro metódico de alguien que no tenía nada más en la vida que seguir mis pasos.

​Un crujido de madera a mis espaldas me hizo saltar. Giré sobre mis talones, el corazón golpeándome contra las costillas como un pájaro enjaulado.

​Él estaba ahí. Apoyado en el marco de la puerta de su baño, con las mangas de la camisa negra remangadas hasta los codos. No se movió. No cambió la expresión. Solo me observaba con esos ojos oscuros, inescrutables, como si hubiera estado esperando exactamente este momento.

​—¿Qué es todo esto? —mi voz era apenas un hilo, mi mano buscaba desesperadamente el pomo de mi propia puerta—. ¿Quién eres?

​Lysander no respondió de inmediato. Caminó hacia mí con una lentitud deliberada, cada paso medido, cada músculo en su cuerpo ocultando una tensión predatoria. Se detuvo a centímetros de distancia, invadiendo mi espacio personal de una forma que me dejó paralizada. Su aroma —madera, tabaco y ese toque metálico— me envolvió, nublando mis sentidos.

​—Te lo has preguntado todo el fin de semana, ¿verdad? —su voz era grave, un arrullo que prometía tanto peligro como protección—. Quién soy. Por qué estoy aquí. Por qué tu puerta no se atasca y por qué la bombilla del pasillo nunca parpadea.

​Retrocedí, chocando contra el marco de mi propia puerta, pero él puso una mano contra la madera, bloqueando mi salida. No me tocó, pero su presencia era una pared infranqueable.

​—Eres un acosador —escupí, aunque el miedo en mi estómago me decía que era mucho más que eso.

​—Soy tu devoción, Arabella —dijo, usando mi nombre como si fuera un rezo, como si lo hubiera estado repitiendo en su cabeza durante meses—. La gente llama "acosar" al acto de vigilar a alguien. Yo lo llamo asegurar mi futuro. Tú eres el único punto de luz en este edificio de mierda, el único motivo por el que los cables de mi cabeza no terminan de quemarse por completo.

​—No sé de qué carajos estás hablando —intenté sonar firme, pero mi voz me traicionó con un temblor—. Estás enfermo. Estás mal de la cabeza. Voy a llamar a la policía.

​Él soltó una carcajada seca, sin alegría, una risa que me heló los huesos.

​—¿La policía? —se acercó más, bajando la voz hasta que sus labios rozaron apenas el lóbulo de mi oreja—. Ellos no pueden entrar aquí, Arabella. No saben dónde buscar, no saben quién soy y, honestamente, no se atreverían a tocar a un Monroe ni aunque les suplicaras de rodillas.

​El apellido me golpeó. Monroe. El nombre resonó en mi mente, asociado a historias susurradas en los bajos fondos, a poder, a violencia, a un imperio que nadie se atrevía a desafiar. Me quedé helada. Estaba frente al diablo y, en mi estupidez, había entrado en su guarida.

​—¿Por qué yo? —pregunté, finalmente rompiendo el guion de la chica fuerte que siempre representaba.

​Lysander levantó una mano, sus dedos rozaron apenas mi mejilla, sin llegar a tocar la piel, un gesto de una suavidad perturbadora.

​—Porque no tienes miedo —susurró—. Porque a pesar de este infierno, sigues bailando. Porque cuando te miro, el ruido en mi mente se detiene. Y esa paz... —sus ojos oscuros destellaron con una intensidad que me hizo querer salir corriendo y, al mismo tiempo, quedarme para ver qué pasaba—, esa paz es algo por lo que estaría dispuesto a incendiar el mundo entero.

​Se apartó de golpe, rompiendo el trance, y dio un paso atrás hacia la oscuridad de su apartamento.

​—Entra a tu casa, Arabella. Cierra la puerta. Ponle el cerrojo. Y agradece que hoy he decidido ser amable.

​No esperé a que cambiara de opinión. Entré en mi apartamento a toda prisa, cerré la puerta y apoyé mi espalda contra ella, respirando con dificultad. Mi corazón latía desbocado. Tenía que mudarme, tenía que huir, tenía que desaparecer.




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