Arabella
Pasé toda la noche sentada con la espalda apoyada contra la puerta de mi apartamento, con las rodillas pegadas al pecho y los ojos fijos en la negrura de mi sala. Cada crujido del edificio, cada golpe lejano de una tubería o el silbido del viento contra los vidrios agrietados me hacían saltar. Tenía las manos heladas dentro de mis guantes de satén negro, los cuales no me había quitado desde que regresé del club. Sentía una opresión insoportable en el pecho, un peso muerto que me recordaba a cada segundo las palabras de mi vecino.
Monroe.
Ese maldito apellido flotaba en mi mente como una sentencia de muerte. En los pasillos traseros del club se contaban historias de terror sobre esa familia. Nadie pronunciaba ese nombre en voz alta si quería conservar la lengua; eran los dueños absolutos de la zona industrial, hombres sin escrúpulos que controlaban los muelles, el contrabando y las vidas de cualquiera que se cruzara en su camino. Y ahora, el líder de ese imperio, un psicópata con la mente completamente rota, vivía a un metro de mi cama, mirándome a través de un agujero en la pared, empapelando su habitación con fotografías de mis rutinas, de mis caminatas, de mi maldita existencia.
La luz grisácea del amanecer comenzó a colarse por las rendijas de la persiana rota, pero no trajo consigo ninguna pizca de alivio. Al contrario, la claridad solo hizo más evidente mi vulnerabilidad. Me levanté del suelo con el cuerpo rígido y caminé a paso lento hacia el pequeño espejo del baño. Tenía ojeras marcadas y la piel pálida. Me desabroché el body de cuello alto con dedos temblorosos y me metí a la ducha, dejando que el agua hirviendo me enrojeciera la piel. Intentaba arrancarme el aroma de su loción amaderada y ese toque metálico que parecía haberse quedado impregnado en mis fosas nasales, pero era inútil. El miedo era una capa invisible que no se quitaba con jabón.
Cuando salí, me vestí con ropa holgada: unos pantalones deportivos negros y una sudadera gris tres tallas más grande. Necesitaba esconderme, desaparecer bajo la tela. Agarré mi bolso, saqué mis ahorros —unos pocos billetes arrugados que guardaba en una lata de café— y me obligué a mirar la puerta. Tenía que salir. No podía quedarme encerrada esperando a que él decidiera cruzar la pared. Tenía que buscar un nuevo lugar, hablar con Cat, hacer algo. No iba a permitir que ese monstruo me paralizara. Mi terquedad, esa maldita fuerza que siempre me mantenía a flote, comenzó a ganarle terreno al pánico.
Abrí la puerta de golpe, dispuesta a salir corriendo, pero el pasillo estaba completamente vacío. La luz halógena, blanca y fría que él había instalado, iluminaba el cemento limpio con una intensidad casi médica. Miré de reojo su puerta. Cerrada. Sin un solo ruido.
Caminé a paso apresurado hacia las escaleras exteriores, bajando los escalones de metal de dos en dos, sintiendo el viento helado de la mañana golpearme la cara. La ciudad apenas despertaba, envuelta en una neblina densa que ocultaba los edificios más altos. Caminé varias calles sin rumbo fijo, con la paranoia haciéndome mirar hacia atrás cada cincuenta metros. Sentía que cada auto negro que pasaba despacio era uno de sus hombres, que cada vagabundo en la esquina era un ojo suyo vigilándome. Estaba perdiendo la cabeza, y eso era exactamente lo que él quería.
Llegué a una pequeña cafetería decadente, de esas que huelen a grasa vieja y café quemado. Me senté en la mesa del rincón, de espaldas a la pared, y pedí un café negro. Saqué mi teléfono, dispuesta a llamar a Katherine, pero mis dedos se congelaron sobre la pantalla. ¿Qué iba a decirle? «Cat, el vecino nuevo es un Monroe, tiene fotos mías por toda su casa y dice que limpia mi camino». Cat se volvería loca, llamaría a la policía y terminaría muerta en un callejón antes del mediodía. Lysander lo había dejado claro: la policía no podía tocarlo. Estaba sola en esto.
De pronto, la puerta de la cafetería se abrió, haciendo sonar una pequeña campana de latón. Mi corazón dio un vuelco. Un hombre de traje oscuro entró, miró a su alrededor con indiferencia y se sentó en la barra. No era él, pero el pánico ya se había instalado en mis músculos. Me tomé el café de un solo trago, dejando que el líquido amargo me quemara la garganta, dejé unos billetes en la mesa y salí corriendo de allí.
Tenía que volver al club por la tarde para ensayar una nueva rutina, pero la idea de caminar por el callejón trasero me revolvía el estómago. El mundo se había transformado en un tablero de ajedrez donde yo era un peón ciego, y el rey oscuro movía las piezas desde un apartamento ruinoso.
Lysander
La madera de mi puerta sigue fría, pero mis dedos aún retienen la vibración de la suya al cerrarse.
He pasado las últimas seis horas sentado en mi silla solitaria, en completa oscuridad, escuchando el ritmo de su respiración a través del muro. Sé exactamente cuándo se metió a la ducha; el sonido del agua corriendo por las tuberías viejas es una melodía que mi mente procesa con una precisión clínica. Sé cuándo se vistió, cuándo arrastró los pies por su pequeña sala y el segundo exacto en el que su mano temblorosa tocó el pomo de la puerta para salir.
Me asomo a la ventana rota, apartando el humo de mi cigarrillo con un movimiento lento. La veo caminar por la acera de abajo, con esa sudadera gris gigante que intenta ocultar las curvas que conozco de memoria. Camina rápido, mirando hacia atrás, con la paranoia brillando en sus ojos claros. Sonrío en la penumbra. Me fascina ver cómo mi presencia la altera, cómo rompe su maldita armadura de chica dura. El miedo la hace ver tan hermosa, tan deliciosamente humana.
El sonido de mi teléfono celular vibra en el suelo de madera, rompiendo el silencio de la habitación. Lo recojo sin prisa. Es Teo.
—Dime —respondo, mi voz siendo un susurro gélido que llena el vacío del apartamento.