Devoción Psicótica

Capítulo 5

Capítulo 5: La Red de Acero

​Arabella

​Para cuando llegué al club a las cuatro de la tarde, el estómago me dolía de tanto café y de la absoluta falta de comida. El Red Velvet a esa hora se sentía como un cementerio con luces de neón apagadas. El olor a desinfectante industrial intentaba ocultar el rastro de alcohol rancio y sudor de la noche anterior. Era el único momento del día donde el lugar me transmitía una paz extraña, pero hoy, cada rincón me parecía una trampa.

​Me metí al camerino vacío, me quité la sudadera gris y me quedé en mi body de cuello alto. Me senté frente al espejo, apoyando las manos en el tocador mientras intentaba regular mi respiración. Mis dedos, cubiertos por los guantes largos de satén negro, rozaron la madera astillada. Tenía que concentrarme. Hoy estrenaba coreografía y el tubo requería una precisión absoluta; un milímetro de distracción y terminaría en el suelo con el cuello roto.

​—Vaya cara que traes, Bombón. Parece que viste a un fantasma —la voz de Cat rompió el silencio al entrar, dejando su bolso sobre una silla—. ¿Sigues paranoica por el gordo del viernes? Te juro que ese infeliz no ha vuelto a asomar las narices. El jefe andaba diciendo que el tipo canceló todas sus reservas. Se lo tragó la tierra.

​Tragué saliva, sintiendo un nudo amargo en la garganta. No se lo tragó la tierra, Cat. Lo borró un Monroe.

​—Solo... no he dormido bien, Cat. El edificio está insoportable —mentí, forzando una sonrisa concisa mientras me ponía de pie—. Necesito ensayar. Si no muevo el cuerpo ahora mismo, me voy a volver loca.

​—Bueno, muévete entonces, pero no te sobreexijas —me advirtió, mirándome con ojos entornados—. Te conozco, Arabella. Eres una terca de mierda y prefieres romperte antes que admitir que necesitas parar.

​No le respondí. Salí al escenario principal, donde la luz de trabajo iluminaba el tubo de acero pulido. Le pedí al técnico que pusiera la pista: una melodía pesada, lenta, con un bajo denso que vibraba en el suelo de madera. Me subí a la plataforma, agarré el metal frío y dejé que la música borrara mis pensamientos.

​Giré. Subí. Invertí mi cuerpo dejando que la gravedad hiciera su trabajo mientras sostenía mi peso solo con la fuerza de mis piernas enredadas en el acero. El dolor físico era un alivio; me obligaba a estar presente, a recordar que mis músculos respondían, que yo seguía teniendo el control de algo. Di un giro rápido, deslizándome hacia el suelo con la elegancia de un felino, y cuando mis botas de charol tocaron la tarima, miré hacia la penumbra de las mesas VIP.

​Mi corazón se detuvo en seco.

​Sentado en la mesa central, completamente oculta por las sombras de los palcos superiores, había una silueta. No necesitaba que las luces rojas estuvieran encendidas para saber quién era. El corte impecable de sus hombros, la postura recta, la absoluta inmovilidad predatoria.

​Lysander Monroe estaba aquí. En mi club. En mi espacio de trabajo.

​La música siguió sonando, pero mis piernas se volvieron de plomo. Me quedé estática en mitad del escenario, con la respiración entrecortada y el sudor corriéndome por la nuca. Él levantó lentamente una mano, sosteniendo un vaso corto con un líquido ámbar, y me apuntó con él en un brindis silencioso antes de dar un trago largo. Su mirada oscura cruzó la distancia entre nosotros como una soga apretándose alrededor de mi cuello. No me estaba mirando como un cliente mira a una bailarina; me estaba mirando como un coleccionista que contempla su pieza más valiosa tras un cristal.

​La rabia, ese fuego terco que siempre me salvaba de desmoronarme, encendió mis venas. Bajé del escenario a paso firme, ignorando el dolor de mis pies, y caminé directo hacia la zona de palcos. No me importaba quién fuera, no me importaba su maldito apellido o el imperio de sangre que manejara en las sombras. No iba a dejar que me acorralara en mi propio terreno.

​Cuando llegué a su mesa, me detuve a un metro, apoyando una mano en mi cadera, obligándome a sostenerle la mirada inexpresiva.

​—¿Qué carajos haces aquí? —escupí con voz baja pero cargada de veneno.

​Lysander dejó el vaso sobre la mesa con una lentitud exasperante. El cristal tintineó contra la madera. Se inclinó hacia adelante, dejando que la luz tenue del pasillo iluminara sus facciones marcadas y la mandíbula rígida que parecía esculpida en piedra fría.

​—Viendo mi inversión —su voz grave vibró en mi pecho, un arrullo psicótico que me erizó la piel—. Bailas hermoso, Arabella. Pero te falta concentración hoy. Tu mente está en otra parte. Específicamente, en el apartamento de al lado.

​Lysander

​Su furia es la cosa más perfecta que he presenciado en toda mi puta vida.

​La observo de cerca, deleitándome con la forma en que sus puños se aprietan dentro de esos guantes largos de satén negro. Su respiración es rápida, agitando el cuello alto de su body. Está temblando, pero no de miedo; es una rabia pura, una terquedad indomable que desafía toda lógica de supervivencia. Cualquier otra persona en esta ciudad caería de rodillas suplicando clemencia si supiera quién soy, pero ella se planta frente a mí, exigiéndome respuestas. Es una maldita fortaleza que me pide a gritos que la reduzca a cenizas.

​—No soy tu inversión, maldito loco —susurra entre dientes, inclinándose hacia mí, invadiendo mi espacio con ese aroma a flores baratas y sudor que me nubla la cordura—. Vete de mi trabajo. Vete de mi edificio. Si crees que te tengo miedo porque eres un Monroe, estás muy equivocado.

​Siento el zumbido agradable en mis cables ensancharse. Mis dedos juegan con el borde de mi vaso. Mi mente rota procesa sus palabras y las traduce en una sola verdad: está fascinada por el peligro tanto como yo por ella.

​—El miedo es una respuesta inteligente, Arabella —le digo, mi voz siendo un susurro gélido que apenas compite con el bajo de la música de fondo—. Pero la terquedad es más divertida. ¿De verdad crees que podrías trabajar aquí si yo no lo permitiera? ¿Crees que el cerdo que te tocó el viernes simplemente se olvidó de volver?




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