Arabella
La llovizna de la medianoche caía como agujas frías sobre mi chaqueta de cuero, pero yo apenas lo sentía. Tenía la sangre hirviendo y los oídos tapados por el eco de mi propio pulso. Salí por la puerta trasera del Red Velvet dando un portazo que resonó en todo el callejón, decidida a no mirar atrás, decidida a caminar hasta que las piernas se me rompieran si eso significaba alejarme de él.
Pero el aire del callejón apestaba a su presencia. Sabía que estaba ahí. Lo sentía en la boca del estómago, un presentimiento viscoso y oscuro que me decía que sus ojos ya me habían cazado en la penumbra.
Apreté el paso, mis botas altas de charol golpeando el asfalto mojado, distorsionando el reflejo de las luces de neón rojas del club. El callejón parecía más largo, más estrecho, flanqueado por esos muros altos de ladrillo que se me venían encima como las paredes de una celda. Escuché un crujido sutil a mis espaldas. Unos pasos. Firmes, lentos, felinos. Pasos que no intentaban ocultarse, que se deleitaban con el eco de mi propia prisa.
Aceleré el ritmo, casi corriendo, con el bolso apretado contra el pecho. El sonido detrás de mí imitó mi velocidad con una parsimonia exasperante. Estaba jugando conmigo. Me estaba arreando como a un animal herido.
—¡Deja de seguirme! —grité sin frenar, con la voz rota por el frío y la rabia, lanzando las palabras hacia la oscuridad a mis espaldas.
No hubo respuesta, solo el siseo de su suela contra el suelo húmedo, cada vez más cerca. La paranoia me nubló la vista. Doblé la esquina del callejón ciego que conectaba con los contenedores industriales, un error estúpido impulsado por el pánico, y cuando quise dar la vuelta para regresar a la avenida principal, una silueta abrumadora me cortó el paso de golpe.
Lysander.
Apareció de la nada, como una extensión de las mismas sombras. Su camisa negra estaba abierta en los primeros botones y las gotas de lluvia brillaban sobre su cabello oscuro y desordenado. Tenía las facciones rígidas, inexpresivas, pero sus ojos oscuros destellaban con esa fijeza clínica y perturbada que me congelaba la sangre.
Traté de esquivarlo por el lado izquierdo, pero él se movió con una velocidad sobrehumana. Antes de que pudiera siquiera procesarlo, sus manos grandes y frías se apoyaron a ambos lados de mi cabeza, estrellándome la espalda contra el muro de ladrillo húmedo. El impacto me sacó el aire, dejándome atrapada en el espacio asfixiante entre su pecho y la pared. El olor de su loción amaderada, mezclado con el tabaco caro y la lluvia, me invadió los sentidos como una droga pesada.
—¡Suéltame! ¡Déjame en paz, carajo! —rugí, perdiendo los papeles por completo.
Acomodé mis manos cubiertas por los guantes largos de satén negro contra su pecho rígido y lo empujé con todas mis fuerzas. Quería moverlo, quería derribarlo, quería destruir la distancia que me robaba el oxígeno. Pero fue como empujar una puta roca de mármol. Lysander ni se inmutó; recibió el impacto de mis manos contra su camisa sin mover un solo milímetro su cuerpo, sosteniéndome la mirada con una calma que me pareció la cosa más tóxica y enferma del mundo.
—Te dije que entraras a tu casa, Arabella. Te dije que cerraras la puerta —su voz grave fue un arrullo gélido que me rozó los labios, con una lentitud que me revolvió el estómago—. Pero insistes en caminar por mis calles de noche. Te gusta tentar al monstruo.
—¡Estas no son tus calles! ¡Tú no eres el dueño de mi vida! —le espeté, plantándole cara con toda la terquedad que me quedaba, con la barbilla en alto a pesar de que el corazón me saltaba en el pecho—. ¿Qué haces aquí? ¿Qué carajos quieres de mí? ¡Déjame en paz de una maldita vez! No te tengo miedo, Monroe. ¡No eres nada mío!
Lysander se inclinó un poco más, reduciendo la distancia hasta que su respiración caliente chocó contra mi mejilla helada. Levantó una mano despacio y, con una suavidad perturbadora que contrastaba con la violencia de la situación, deslizó el dorso de sus dedos largos por la línea de mi mandíbula. No me tocó con fuerza, pero el peso de su posesión me paralizó.
—Me lo preguntas como si tuvieras opción —murmuró, y una sonrisa torcida, completamente rota y vacía de cordura, apareció en sus labios—. ¿Qué hago en tu vida? Lo soy todo, bombón. Soy el aire que respiras en ese pasillo asqueroso. Soy el tipo que limpia la basura de tu camino para que tus pies perfectos no se ensucien. Soy el que te vigila mientras duermes al otro lado de la pared. No hay una "paz" para ti donde yo no esté involucrado.
—Estás demente... de verdad estás enfermo —susurré, sintiendo una lágrima de pura frustración mezclarse con la lluvia en mi rostro—. Busco una vida normal. Esto no es normal.
—La normalidad es aburrida, Arabella. Tú no naciste para ser normal, por eso bailas bajo mis luces rojas —su mano bajó hasta mi cuello, rodeándolo con una presión levísima, apenas un recordatorio de lo fácil que sería para él romperme—. No voy a dejarte ir. Puedes gritar, puedes empujarme, puedes odiarme con todas tus fuerzas... pero vas a regresar a ese edificio, vas a entrar a tu apartamento y vas a saber que estoy cruzando el pasillo, esperando el momento en que me dejes entrar. Ahora, camina.
Se apartó un paso, rompiendo la barrera física pero dejándome el pecho marcado por su frío. Se metió las manos en los bolsillos del pantalón, observándome con esa fijeza psicótica mientras yo recuperaba el aire, temblando contra el ladrillo.
No dije nada más. Le mantuve la mirada de odio durante tres segundos eternos, me ajusté la chaqueta con rabia y pasé por su lado empujándole el hombro con brusquedad. Caminé hacia la avenida principal sin mirar atrás, con los cables de mi propia cabeza zumbando de una forma que nunca antes había sentido: una mezcla letal de pánico, furia y una extraña, oscura atracción que odiaba admitir.