Arabella
Llegué a mi apartamento con la lluvia chorreándome por la ropa y el pulso todavía golpeándome con fuerza en los oídos. La llave me tembló en la mano al meterla en la cerradura, pero logré girarla, meterme a toda prisa y pasar el doble cerrojo con un chasquido seco.
Me apoyé de espaldas contra la madera fría, buscando aire. En la oscuridad de la sala, el silencio se sentía pesado, falso.
Me quité la chaqueta húmeda, tirándola al suelo, y caminé despacio hacia la pared que compartíamos. Me pegué a la superficie de concreto, apoyando la mejilla y la palma de mi mano.
—Sé que estás ahí, infeliz —susurré hacia la pared, con la voz ronca y cargada de furia—. Sé que estás escuchando.
Del otro lado no hubo un solo ruido. Ningún paso, ninguna respiración. Pero esa quietud absoluta era peor que un grito; era la confirmación de que no necesitaba moverse para hacerme sentir que estaba encima de mí.
Pasé la noche en vela, dando vueltas en la cama estrecha, mirando el techo descascarado. Mi terquedad me exigía buscar la forma de zafarme, de juntar cada centavo que ganaba en el club y salir huyendo de este maldito bloque de apartamentos. Pero el miedo, ese veneno frío que me había sembrado en las venas, me recordaba sus palabras: «He comprado cada centímetro de asfalto que pisas. Estás en mi red».
A la mañana siguiente, me vestí con unos pantalones oscuros, una camiseta ajustada y me cubrí con un abrigo largo. Abrí la puerta con cautela, esperando encontrarlo parado en el pasillo, pero la entrada estaba vacía. La luz halógena que él había instalado seguía iluminando el cemento con una frialdad impecable.
Bajé las escaleras del edificio a paso rápido, lista para encarar el día. Al salir a la calle, el aire fresco me dio de lleno en la cara, despejándome la cabeza. Sin embargo, en cuanto puse un pie en la acera, lo vi.
A mitad de la cuadra, estacionado junto al cordón de la acera, había un auto negro blindado con los cristales oscuros. Junto a la puerta del conductor, un hombre alto, vestido con un traje impecable y la postura recta de un soldado, mantenía las manos cruzadas frente a su cuerpo. En cuanto me vio salir, el hombre no se movió, pero su mirada se fijó en mí con una disciplina quirúrgica.
Apreté los dientes. No era Lysander. Era uno de sus peones.
Caminé en dirección a la avenida, pretendiendo ignorarlo, pero el auto avanzó a paso de hombre, manteniéndose exactamente a diez metros detrás de mí, sirviendo como una escolta invisible y asfixiante.
—Maldita sea —murmuré entre dientes, acelerando el paso.
Llegué a la cafetería donde solía comprar mi desayuno. En la esquina previa, un segundo sujeto de traje, apoyado contra una pared simulando leer el periódico, me echó un vistazo rápido y se tocó levemente la oreja, probablemente comunicándose por un auricular. Lysander ni siquiera necesitaba estar presente para tener la ciudad entera como una extensión de sus ojos.
Entré al local, compré un café negro para llevar y salí de inmediato, sintiendo cómo el cerco se cerraba a mi alrededor. Estaba atrapada. No había un solo rincón en este barrio donde pudiera respirar sin que uno de sus hombres registrara mi movimiento.
Lysander
Observo la pantalla de mi teléfono sobre el escritorio de caoba de mi oficina en la zona industrial. En ella, una serie de mensajes de texto en tiempo real se actualizan cada dos minutos:
«La señorita Brynhild salió del edificio a las 09:15.»
«Entró a la cafetería de la 5ª Avenida a las 09:27.»
«Camina en dirección al complejo deportivo. Perímetro limpio.»
Sonrío despacio, recostándome en mi sillón de cuero. Mis dedos rozan el borde de la navaja de barbero que descansa sobre la mesa. Su furia de anoche en el callejón todavía resonaba en los cables sueltos de mi mente, dándole a mi cerebro una estabilidad que ningún fármaco ni ninguna orden de la mafia podría lograr jamás.
La puerta de mi oficina se abre de golpe. Teo entra sin llamar, arrojando una carpeta de cuero sobre mi escritorio. Trae la cara pálida y los ojos inyectados en sangre.
—Los rusos acaban de enviar a un emisor —dice Teo, apoyando las manos sobre la madera y mirándome con desesperación—. Quieren una reunión en el puerto esta noche. Saben que fuiste tú quien eliminó a su contacto. Están pidiendo la cabeza del responsable o van a bloquear todas nuestras rutas de distribución.
Levanto la vista despacio, fijando mis ojos en él con una indiferencia helada.
—Diles que no acepto reuniones —respondo, con voz baja y pausada—. Y si insisten, quémales el barco de carga que tienen atracado en el muelle cuatro.
—¡Lysander, por un demonio! —Teo da un golpe sobre el escritorio, perdiendo el control—. ¿No te das cuenta de lo que estás haciendo? Estás arrastrando a toda la organización a un tiroteo por haber matado a un tipo en un callejón. ¡Todo por mantener limpia la acera de una bailarina! El consejo se va a reunir hoy a las seis. Van a pedir tu destitución si no te presentas y demuestras que tienes el control de las cosas.
Me levanto de la silla con movimientos pausados, abotonándome el saco de la camisa negra. Me acerco a Teo hasta quedar a pocos centímetros de su rostro. Mi presencia lo obliga a dar un paso atrás, tragando saliva con dificultad al notar la absoluta falta de cordura en mi mirada.
—El consejo no decide nada, Teo —le digo al oído, con una dulzura siniestra que le hiela la sangre—. Yo decido quién vive, quién gobierna y quién camina por esas calles. Si alguien en esa mesa abre la boca para cuestionar mis prioridades, asegúrate de que no salga de la habitación con vida.
—Estás demente... —susurra Teo, mirándome como si fuera un desconocido—. Estás destruyendo todo lo que construyó papá por una mujer que ni siquiera sabe lo que eres.